FELIPA EN CARNE VIVA -- Capítulo 13
Mientras Alejo discutía con Manuel en la sala, Rosario soportaba en silencio los insultos de su marido.
Rubén se montó sobre ella, estaban en la cama y tomándola por los hombros le susurró al oído con saña.
-- ¡Zorra frígida! ¿Cómo querés que me se me pare? Con vos es imposible -- le gritó con rabia.
Rosario giró la cabeza hacia la pared, no quería ver el rostro desencajado de Rubén. Lo odiaba. Estaba harta de su maltrato. Apenas la tocaba y cuando lo hacía era para humillarla.
-- Andá tu amante, ella seguramente hará que se te pare - exclamó cansada de tanto atropello.
Sorprendido por arrebato de su esposa, Rubén la abofeteó con rabia.
-- ¡Callate! ¿Querés que todos en la casa te escuchen? -- y nuevamente la golpeó, esta vez en la boca del estómago quitándole la respiración -- Y no, no te equivocas, querida, mi amante es una verdadera gata en celo que me complace tremendamente. Por el único motivo que pierdo tiempo con vos es porque mi padre me ha exigido un heredero, pero ¡ni para concebir servís!
Rosario, en posición fetal, lloraba su pérfido destino. Rubén se levantó de la cama y se vistió mirándola con asco.
-- Sos una floja, mujer. Siempre llorando como una chiquilla malcriada. ¡Basta ya, Rosario! Sabés que detesto verte llorar, me exasperás o, ¿es que querés más? -- Rubén rebuscó entre sus cosas hasta dar con el rebenque. Con una expresión malévola se acercó a la joven, arrancó con brusquedad la colcha que la cubría. Con violencia le aplicó dos rebencazos en las piernas desnudas. Rosario mordió la sábana para no gritar. Su madre no debía enterarse, un nuevo enfrentamiento con su tío podría ser fatal. Ya había intentado envenenarla, debía protegerla.
-- ¿Estás contenta Rosario? Lograste sacarme de quicio y recibiste tu merecido -- tiró a un costado el rebenque y continuó vistiéndose -- Parto hacia el saladero, regreso mañana por la noche -- la notificó antes de cerrar de con brusquedad la puerta. Rosario respiró aliviada.
Cuando se sintió con fuerzas, se levantó y llamó a Asunta. La negra se asustó cuando la vio.
-- Señora, ¿qué le pasó? -- los morados del rostro y la piel blanca como la leche que revelaba los golpes del rebenque, pasmaron a la esclava.
-- Nada, Asunta, me resbalé al levantarme de la cama. Prepárame el baño -- Rosario ansiaba sumergirse en el agua tibia para calmar el ardor de sus heridas.
Después del baño se sintió renovada. "Dos días de libertad", pensó entusiasmada. Asunta la ayudó a vestirse, una falda azul acampanada con volados en el ruedo y una blusa de encaje blanco. Con polvo de arroz disimuló el morado de la mejilla y se trenzó el cabello. Unas gotas de esencia de rosas detrás de las orejas y en el nacimiento de los pechos le levantaron el espíritu. Antes de bajar a desayunar pasó por el dormitorio de su madre.
-- Buenos días mamá, ¿cómo te sentís esta mañana? -- Rosaura estaba sentada en la cama con la bandeja del desayuno sobre sus piernas. El aroma del café recién molido la tentó.
-- ¡Qué rico huele ese café! -- expresó con una sonrisa.
-- Querida, ven, siéntate a mi lado y comparte conmigo estos buñuelos de manzana. Abelarda me quiere engordar como lo hace con los pavos para la cena navideña -- se rió y Rosario también lo hizo olvidándose por un momento lo vivido anteriormente.
-- ¡Ay mamita, que cosas decís! _ la joven abrazó a su madre y la llenó de besos.
-- Rori, ¡que cariñosa estás hoy! -- Rosaura volvió a reír abrazando ella también a su hija.
-- Es que te quiero mucho mamita y estoy muy feliz de verte sana -- Rosaura, emocionada, acarició la mejilla de su hija y al hacerlo notó lo que Rosario intentó ocultar.
-- ¡Hija! ¿Qué es esto? -- con dedos ágiles barrió el polvo de arroz quedando al descubierto un marca azulada -- Fue Rubén, ¿verdad? No lo niegues.
Rosario sin responder se acurrucó cerca de su madre como cuando era pequeña y buscaba protección en las noches de tormenta.
-- ¡Maldito sea el día en que consentí el casamiento! -- sollozó mientras rozaba los cabellos de su hija -- ¿Por qué no me lo dijiste? ¿No confías en tu madre? -- le reclamó con ternura.
Rosario lentamente se separó de su madre, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y le sonrió con aflicción.
-- Mamá, sos la persona en que más confío, pero no podía confesártelo por miedo y vergüenza.
-- ¿Miedo? ¿Vergüenza? -- Rosaura quedó perpleja ante las afirmaciones de Rosario.
-- Vergüenza por haber sido tan necia que no supe escuchar tus consejos, ni los de Felicitas ni los de Felipa. Hasta doña Filomena me advirtió que estaba cometiendo un terrible error. Y ahora recibo mi castigo...
-- ¿Castigo?, pero que dices criatura. Tu no mereces castigo alguno. Aquí hay un solo culpable y es Rubén. Alcánzame la bata, iré a hablar con Rubén. Esto debe acabar de inmediato - Rosaura intentó levantarse pero Rosario la detuvo.
-- Rubén no está en la casa, acaba de marcharse al saladero.
-- Entonces hablaré con Manuel. Él debe frenar la violencia de su hijo -- ofuscada comenzó a caminar hacia la puerta.
-- Mamita, por favor. No quiero que hables con el tío, tengo miedo -- y comenzó a llorar.
-- ¿Por qué tienes miedo? -- Rosaura tomó la mano de Rosario y juntas se sentaron en una chaise longue que estaba junto al tocador.
-- Tengo miedo que el tío Manuel te haga daño. Ya lo intentó por oponerte a que usurpara las tierras de los ranqueles. ¡No quiero que te haga daño! -- le suplicó angustiada.
-- Tendré cuidado, ahora sé de lo que es capaz mi hermano. Comprende niña, no puedo permitir que tu marido te pegue, me niego a hacerlo -- dijo rotunda, ningún argumento la haría retroceder, debía defender a su hija.
-- Mamá, ellos son capaces de lo peor. Rubén me amenazó con apartarme de vos y de Felicitas encerrándome en la estancia de Capilla del Monte. Por favor mamá, es mejor callar -- volvió a suplicar con la angustia a flor de piel.
-- Entonces, tendrás que huir -- concluyó con firmeza.
-- ¿Y dejarte a merced del tío? Nunca -- dijo con firmeza secándose las lágrimas.
-- No seas terca, nada me sucederá. Ya me siento fuerte y con más energía que nunca. Manuel cree que me tiene en sus manos, pero se equivoca.
-- ¿Qué querés decir? -- preguntó extrañada.
-- Nada, nada , yo me entiendo -- jamás le revelaría a sus hijas que su hermano también la tenía amenazada, no las preocuparía. Ella se defendería y las defendería como lo había hecho desde la muerte de su marido. Felipa también estaba en sus pensamientos, no permitiría que Manuel le arruinara la vida. Por suerte había regresado Alejo. Ellos y Rosario debían huir.
-- Pon atención Rosario. Aprovechando que Rubén ha viajado, debes marcharte esta misma noche.
-- ¿A dónde? ¿Dónde voy a ir sola? Tengo miedo, si Rubén me encuentra me va a matar.
-- No digas pavadas, Rubén no te encontrará. Y deja de decir que tienes miedo, eres una mujer hecha y derecha que debe luchar por su felicidad, ¿entendido? Y ahora ve a buscar a Lautaro.
-- ¿A Lautaro? -- Rosario cada vez entendía menos.
-- Sí, a Lautaro. Y deja de mirarme como si fuera una desquiciada. Sé muy bien lo que digo y hago. No perdamos tiempo y ve por él, ¡ya! -- le ordenó con premura.
Rosaura empujó a Rosario hacia la puerta. La joven bajó las escaleras corriendo, con el corazón agitado y ligero como un pájaro en busca de la libertad. "Lautaro, ¿para qué quiere mi madre a Lautaro? ¿Sabrá ella que lo amo?" Pronto sabría la respuesta.
Cuando Alejo dejó a su padre con la palabra en la boca, furioso y a la vez perplejo por sus sentimientos para con su hijo menor, salió con la velocidad de un rayo en busca de Felipa. Sólo ella tenía la capacidad de darle sosiego, sólo ella le daba sentido a la vida. Estaría inquieta esperándolo en su refugio secreto, ya había pasado media hora de la cita propuesta en el desayuno.
Alejo apuró el paso. Atravesó todos los patios hasta llegar al último en donde estaban las caballerizas. Respiró con alivio por no encontrarse con Abelarda, no tenía ganas de dar explicaciones. La muy chismosa seguramente habría escuchado con la oreja pegada en la puerta de la sala el enfrentamiento que había tenido con su padre. Su racha no duró mucho, Lautaro le salió al encuentro.
-- ¡Alejo!, ¿cuándo volviste, amigo? -- le dijo dándole un abrazo que Alejo correspondió con alegría a pesar de su apuro.
-- Esta mañana, bien temprano. ¿Cómo estás Lauti? Estos días con el viejo se te habrán hecho insoportables, ¿no? Reconocé que sin mí, todo es peor -- los dos rieron aunque la afirmación de Alejo no se alejaba de la verdad.
-- No quiero amargarte Alejo, recién llegás, pero tu viejo es un gran hijo de puta -- comenzó el indio mientras salían de la casa, atravesaban las calles en las que pululaban los distintos vendedores ambulantes y se encaminaban hacia el Paseo de la Alameda. A pocos metros de allí, a orillas del Plata y tras unos árboles centenarios se ocultaba el refugio de los amantes.
-- Eso no es ninguna novedad. ¿Qué hizo ahora? ¡Felipa! ¿Le hizo algo a Pipa? -- Alejo se detuvo bruscamente y zamarreó a Lautaro sintiendo que la ira lo consumía.
-- ¡No, no! Calmate. A la Pipa no le pasó nada. Como me pediste, nunca le saqué los ojos de encima -- lo tranquilizó. Lautaro no imaginó en ese momento cuanto se equivocaba.
-- Y entonces, ¿qué carajo pasó? -- dijo retomando la marcha y liando un cigarro de chala. Se lo ofreció al indio y luego se hizo otro para él.
-- Se apropió de las Salinas Grandes. Mi pueblo tuvo que huir hacia las sierras de Córdoba, bueno los pocos que quedaban - expresó con tristeza y rabia.
-- ¿Cómo los pocos que quedaban? ¿Qué significa eso? -- Alejo volvió a detenerse. Miró fijo a su amigo esperando una explicación, aunque temía oírla.
-- Sobre mi gente se desató una epidemia de varicela. Muchos murieron y como te dije, los pocos que se salvaron de la enfermedá abandonaron todo y escaparon -- Lautaro dio una pitada una última al cigarro y tiró con fuerza la colilla entre los matorrales que los rodeaban.
-- ¿Varicela? Pero, ¿cómo pasó? ¿Cómo se produjo el brote? - reanudaron la marcha, Alejo pasó su brazo sobre los hombros del indio como muestra de afecto y condolencia por lo sucedido.
-- El negro Chamorro me contó que en "El Candombe" muchos murieron por la varicela. Y eso fue anterior a lo de mi pueblo.
-- Ahí vive doña Filomena... ella, ¿está bien? -- preguntó con temor.
-- Si, si, ella está bien. Gracias a doña Rosaura muchas familias se salvaron. Esa sí que es una gran dama. La pobrecita entuavía se estaba recuperando y le pidió a la Felicitas y a la Felipa que la llevaran al Cabildo. Ahí armó un alboroto de la gran puta, le tiró de los huevos a los consejales para que se ocuparan de esos infelices. ¡Mirá que tiene poder tu tía! -- expresó con regosijo.
-- El poder del dinero y el de un apellido con estirpe - respondió con sequedad.
-- Lo que sea, pero gracias a eso mesmo que decís se ordenó aislar a los enfermos, se fumigó con un no sé que ácido y se hicieron hogueras en las que se quemó pólvora. Felicitas le pidió al dotor O´Gorman que pinchara a los negros con esa vacuna que cura la enfermedá...
-- Que la evita -- Alejo lo corrigió aunque sus pensamientos corrían por otro derrotero. "¡Y Pipa sola! Sola en semejante desastre. ¡Maldita sea la hora en que me fui!"
-- El buen dotor hasta les dio naranjete mezclado con...con... pucha no me acuerdo. Pero eso sí, esa mezcla le bajó la fiebre a los enfermos -- concluyó -- ¡Lástima que no hubo oportunidá de hacer lo mesmo con mi pueblo! Todo pasó tan rápido -- suspiró contrariado -- Tu tía ni se enteró y cuando lo hizo ya era tarde. Además, dispué de lo del Candombe, tuvo una recaída pero por suerte ya está bien. ¿La viste?
-- No, no tuve tiempo -- respondió parco.
-- Pero Alejo, es tu tía y te quiere mucho. Siempre se preocupa por vos -- Lautaro se sorprendió del desinterés de Alejo por la salud de doña Rosaura.
-- No me vengas con reprimendas que ya tengo suficiente con mi padre. Ahora lo único que quiero es estar a solas con Pipa... Decime Lautaro, ¿creés que mi padre tuvo algo que ver con la epidemia que arrasó a tu pueblo? -- dijo saltando de un tema a otro.
-- Estoy seguro -- respondió sin vacilar -- y en complicidad con el dotor Arriaga.
-- ¿Cómo lo sabés? -- Alejo se sintió como un caldero gigante en donde su sangre comenzaba a bullir.
-- Me lo contó la Candela -- dijo mirando el suelo mientras pateaba una piedra fuera del camino.
-- ¿Quién?...¡Ah!, la negra liberta con la que te revolcaste un par de veces -- recordó y al hacerlo dio un empujón al indio en gesto de camaradería.
-- Sí, esa mesma -- respondió cabizbajo.
-- Si, si. Mucho querer a Rori pero...
-- Pero la calentura puede más. Sí, y estoy avergonzado. VoS sabés Alejo que la Rosario es todo para mí -- Alejo sonrió ante la mirada de carnero degollado de su amigo.
-- Te comprendo y ahora contame lo que te dijo Candela.
-- Ella es amiga de una negra que tuvo la varicela. En realidá, toda la familia murió : los padres de la mujer y el marido, salvo el hijito recién nacido que también estaba enfermo y el hermano de la parturienta. Y fue el hermano, que es esclavo del dotor Arriaga, el que una noche se llevó al crío. La Candela lo vio cuando volvía al Candombe a la medianoche. Ella trabaja para doña Carlota, la dueña del prostíbulo que está en el Riachuelo. Seguro abandonó al crío en el tolderío y así se desparramó la enfermedá entre mi gente.
-- Puede ser pero no lo podemos probar...¿Y el hermano de esa mujer? -- la idea alentó a Alejo.
-- A ese negro parece que se lo comió la tierra. Un día me acerqué a la casa del dotor y le pregunté a una de las negritas que llegaba del mercado por el Jacinto, ese es el nombre del negro. Ella me dijo que hacía tiempo había desaparecido. "Se habrá escapado", me confió con esperanza y miedo.
-- Esto me huele mal, muy mal. Si mi padre y ese doctor tienen algo que ver, la van a pagar. Te lo juro amigo -- Lautaro sabía que Alejo no mentía, nunca mentía y la venganza los unió aún más -- Luego hablaremos más tendido sobre el tema. Debemos investigar, pero ahora voy con Felipa, me espera. Una cosa más, Lautaro, mi viejo me echó de casa así que me voy a hospedar en el Hotel Comercial, ese que está en el puerto, el dueño es un español que me conoce de niño y no congenia con mi padre. Eso es lo que más me gusta de él. Igualmente durante el día me podés encontrar en nuestra guarida. Eso será por unos días, nada más, porque pienso huir con Felipa -- declaró con entusiasmo, por fin se haría realidad su sueño: vivir su amor lejos de toda su familia, una familia opresiva y demandante. Felipa sería sólo para él.
-- Yo también me marcho, Alejo. Estoy cansado de esta vida, no soy esclavo y me tratan como si lo fuera. ¡No doy más! - confesó abatido. Detuvieron una vez más la marcha y Alejo arrastró de un brazo a Lautaro hacia la sombra de un álamo. El sol del mediodía picaba la piel.
-- ¿Qué decís? ¿Y Rosario? -- le gritó alarmado por la decisión de su amigo, tonta y temeraria para su opinión.
-- Me voy para Córdoba siguiendo a mi pueblo. Mi tiempo con los blancos terminó -- expresó con determinación.
-- ¿Y Rori? ¿Y yo? Te necesito Lautaro.
-- Vos no me necesitás, vos tenés a la Felipa. Sin embargo, mi amistad la tenés hasta mi muerte -- dijo con los ojos humedecidos. No iba a llorar, él era un guerrero aunque hasta ese momento había vivido como un sirviente y de esa vida ya estaba asqueado.
-- Claro que te necesito, vos sos mi único amigo, el que me conoce como nadie, ni siquiera Felipa me conoce como vos. No quiero perderte Lautaro y creo firmemente que Rosario, tampoco. ¿Le dijiste que te vas?
-- ¿Para qué? Sé su respuesta: "Lautaro te quiero pero no puedo huir...mi marido...mi madre...mi hermana..."-- el pesar se traducía en las palabras.
-- Te comprendo. Pretextos y más pretextos. Lo mismo ocurre con Felipa, pero esta vez no se lo voy a permitir. Me voy con ella, esté de acuerdo o no. Y vos vas a hacer lo mismo con Rosario. Si no quieren venir con nosotros las secuestramos. Está resuelto -- los ojos de Alejo despedían chispas. El incendio se había iniciado y absolutamente nadie lo sofocaría y de eso Lautaro era consciente -- Felipa, Rosario y yo te seguimos a Córdoba. Nos ocultaremos en tu pueblo hasta que decida donde establecerme con Felipa. Vos y Rosario por fin serán libres de amarse como les venga en ganas. ¿Estás de acuerdo? - concluyó con firmeza.
Lautaro, sorprendido por la declaración de Alejo, apenas atinó a afirmar con la cabeza. En ese mismo momento una voz cantarina pronunció el nombre de Lautaro. Era Rosario que corría a su encuentro.
Alejo fijó la vista en el indio, le palmeó la espalda y con una sonrisa cómplice lo animó a llevar adelante el plan que acababan de idear.
-- ¡Alejo, qué alegría verte! -- Rosario abrazó a su primo aliviada de tenerlo de vuelta luego de tantas batallas.
-- Lo mismo digo Rori y si me perdonás debo ir con Felipa -- y con un ligero ademán se despidió de su prima y de Lautaro.
-- Lauti, tenemos que hablar -- expresó ruborizada por la carrera.
-- Vení -- Lautaro la tomó de la mano y se sentaron sobre la hierba fresca amparados por la sombra del álamo.
-- ¡Huyamos, mi amor! Odio a Rubén, ya no lo soporto. ¡Huyamos esta misma noche! -- Lautaro disfrutó del sabor de las lágrimas de Rosario cuando ella se arrojó a sus brazos y comenzó a besarlo como nunca lo había hecho. Él, aturdido por la emoción, le respondió con la misma pasión.
-- Mi madre quiere verte. Ella nos ayudará a fugarnos -- con esta afirmación sorprendió aún más a Lautaro. Si esto era un sueño, no deseaba despertar jamás.
-- ¿Cómo? ¿Doña Rosaura sabe que nos queremos y está de acuerdo? -- Lautaro se sentía flotar en una pompa de jabón a punto de estallar.
-- Imagino que sí, sino por qué, entonces, me pediría que te buscara cuando le conté sobre la violencia de Rubén - mencionó con angustia.
-- Rubén, ¿te pegó? ¿Ese malnacido te pegó? -- Lautaro se enfureció, mataría a ese animal.
-- Sí, ya no puedo seguir mintiendo. Rubén me golpea y me humilla, es su diversión. Pero ahora eso no es lo importante, lo importante es nuestra huida, escaparnos para nunca regresar -- Rosario se abrazó con fuerza a Lautaro apoyando su cabeza en el pecho del indio. Los latidos del corazón de Lautaro retumbaban con la energía de los tambores de guerra. "Le voy a cortar la verga a esa mierda y se la voy a poner en la boca mientras lo deshollo vivo", repetía en cada beso que depositaba en la piel tersa de Rosario.
-- Vamos con doña Rosario -- le dijo mientras la ayudaba a ponerse de pie -- No la hagamos esperar.

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