FELIPA EN CARNE VIVA, Capítulo 15

 Un poco más tarde Alejo hizo su aparición en el dormitorio de Rosaura. Se lo veía furioso aunque aparentaba serenidad. Rosaura dejó a un lado el libro que leía, "Meditaciones poéticas" de Alphonse de Lamartine, y clavó la vista en él. Él la miro desafiándola. Ella sonrió.


-- Alejo, ¡qué alegría volver a verte! - Rosaura se acercó a él y lo besó en ambas mejillas -- Ven, siéntate junto a mí -- dijo señalando una banqueta ubicada cerca de la ventana que daba al jardín.

-- Tía, veo que ya se ha recuperado. Me alegro -- Rosaura notó sinceridad en su sobrino a pesar de su parquedad y eso la complació.

-- Gracias al cuidado de mis hijas y de Felipa. Doña Filomena también tuvo mucho que ver en mi recuperación. Le estoy muy agradecida. Y a ti, ¿como te ha ido? -- se interesó.

-- Fue duro, toda batalla es dura...la muerte siempre te acompaña, pero por suerte aquí estoy, sano y salvo -- dijo con dureza. Alejo se mantenía a la defensiva. "Si la tía me pide que no huya con Pipa la mando a la mierda. Estoy cansado de reprimendas y consejos", pensó contrariado.

-- Me imagino querido, pero una nueva etapa se abre para ti. Lautaro me ha dicho que piensas fugarte con Felipa, ¿es así? - Alejo se levantó con ligereza y caminó hacia la puerta y luego volvió a sentarse.

-- Tía, nada podrá hacerme desistir. Estoy decidido...estamos decididos, nos vamos. Siento mucho que la necesite, pero ella es mía -- la mirada acerada del muchacho la conmovió, una mirada desafiante que transmitía valor. Nadie se opondría a su amor por Felipa, él no lo permitiría. Ella era sangre de su sangre.

-- Más errado no puedes estar, querido. Quiero que escapes con Felipa esta misma noche. Tú, ella, Rosario y Lautaro; los cuatro. Aquí corren peligro.

Alejo, impresionado por las palabras de su tía, quedó absorto.

-- Te has quedado mudo. ¿Que piensas? -- lo animó a responder.

-- Tía, nunca imaginé que me pediría semejante cosa. Pensé que debería enfrentarme a usted como lo hago con mi padre para realizar mis planes. Y usted...usted me concedes lo que más anhelo: vivir mi amor con Felipa libre de toda maledicencia. Hoy mi padre me echó de casa por no aceptar las reglas que siempre me impone. No quiero ser como él, un ladrón, un estafador, un hipócrita -- a pesar de las fuertes acusaciones que hacía contra su padre, estas estaban teñidas de tristeza.

-- Mi querido, tú no te pareces a tu padre. La nobleza de tu madre es lo que te distingue dentro de esta familia. Bueno, aunque de tu padre has heredado la terquedad -- Rosario sonrió acariciándole la mejilla hirsuta, la barba de tres días acentuaba su atractivo.

-- ¿Te ha comentado Lautaro  la conversación que mantuve con él y Rori? -- continuó Rosaura.

-- No, sólo me dijo que quería verme. Eso sí, se lo veía muy feliz. Ahora entiendo por qué -- sonrió relajado, la tensión había desaparecido.

-- Alejo, hace bastante que conozco el vínculo que existe entre Lautaro y Rosario. Debo confesar que al principio me resistí a ello. ¿Mi hija con un indio? ¡Imposible! Pero después de su matrimonio con Rubén me di cuenta de lo errada que estaba. Rubén es el salvaje no Lautaro. Ese muchacho la trata con tanta delicadeza que me conmueve. Estoy segura que él la protegerá de cualquier peligro y el peor de ellos es precisamente Rubén. Por eso les pedí que huyeran a Córdoba aprovechando que tu hermano está visitando los saladeros. Allí poseo una finca en un pueblito perdido entre las sierras. Tú y Felipa huyan con ellos - Rosaura quebró en llanto, quería mantenerse calma y fuerte, pero la angustia pudo más.

-- ¡Gracias tía! -- dijo abrazándola _ Y ¿usted? ¿Estará bien? -- se preocupó.

-- Por supuesto querido. Felicitas y Darío están a mi lado. Además tengo a Abelarda -- ambos rieron. La negra era entrometida y curiosa, pero siempre estaba pendiente del menor deseo de su ama -- ¿Sabias que Felicitas está en estado de buena esperanza? -- agregó sonriendo y secándose las lágrimas.

-- ¡No!¡Que gran noticia! Todavía no vi a Darío. Antes de irme lo voy a felicitar. Estoy muy feliz por él, ha pasado por momentos muy duros: su enfermedad, las humillaciones de Rubén, el desamor de papá. Desde la muerte de mamá vivió aislado, sumergido en la tristeza. Sólo Abelarda y yo éramos capaces de romper el cerco de soledad que se impuso. Claro, hasta que apareció Felicitas y el sol volvió a brillar en la vida de mi hermano. Felicitas es su salvación -- exclamó emocionado y Rosaura asintió.

-- Darío es lo mejor que le pasó a mi Felicitas. La hace inmensamente feliz. Ellos están en San Ignacio. Fueron a agradecerle a Dios por esta bendición. Tu padre cuando lo supo se quedó pasmado, luego abrazó a Darío...creo que es la primera vez desde que nos instalamos en esta casa que lo veo hacer semejante demostración de afecto y luego descorchó una botella de su mejor vino y brindamos -- Alejo escuchaba estupefacto, su padre nunca abrazó a Darío, es más, apenas se le acercaba.

-- Fue un momento feliz, uno de los pocos que hemos vivido en estos meses. Todos lo disfrutamos salvo Rubén que al escuchar la noticia abandonó el salón como una flecha, una flecha envenenada, te diré -- concluyó Rosaura con seriedad -- Rosario lo vio ir y los ojos se le llenaron de lágrimas. Aunque ella trató de disimular su amargura, todos nos dimos cuenta. Rubén no ama a mi hija, la maltrata, por eso debe huir. Y Felipa también, ella ya no puede permanecer más en esta casa -- afirmó con rotundez.

Alejo quedó petrificado, ¿a qué se refería su tía?, ¿qué había sucedido mientras él estaba luchando por la patria?

-- Tía, ¿qué me intenta decir? -- preguntó temeroso de la respuesta.

-- Como te dije antes, Felipa corre peligro aquí, debes llevártela. No te diré más.

-- ¡Ah, no, tía! No me deje con ese entripado.¿ A que se refiere? ¿Por qué Pipa está en peligro? Es mi padre, ¿verdad? ¿Qué le hizo? _ hecho un león comenzó a caminar por toda la habitación.

-- No es hora de revancha, Alejo. Es hora de marcharse sin mirar hacia atrás, ¿de acuerdo? -- intentó disuadirlo sabiendo que sería muy dificultoso. Alejo era vengativo.

-- No, tía, no estoy de acuerdo. ¿Qué le hizo mi padre a Pipa? - repitió con agresividad. Rosaura que lo estaba siguiendo de cerca retrocedió asustada por la reacción de su sobrino.

-- Perdón tía, no quise asustarte pero estoy como loco. Necesito saber que le hizo mi padre a la mujer que amo -- dijo devastado apaciguada la furia anterior.

-- No me explico que sucede con Manuel. Mi hermano nunca se comportó así...

-- Así cómo -- la interrumpió impaciente.

-- Tu padre acosa a Felipa y yo tengo miedo por ella - finalmente le reveló la oscura verdad.

Alejo sintió que el corazón le estallaba. Sus manos en forma de puños marcaron las uñas en las palmas hasta hacerlas sangrar.

-- ¡Maldito viejo de mierda! ¡Lo voy a matar! -- Rosaura intentó detenerlo, pero él, desquiciado, la empujó con fuerza y ella cayó sobre la cama.

-- ¡Alejo, Alejo! No cometas una locura -- le suplicó Rosaura ahora asomada en la puerta de su dormitorio.

-- La locura la cometió él, tía -- le gritó bajando la escalera.

Al bajar el último escalón se encontró con Abelarda que salía de la biblioteca."El jerez de la tarde", pensó al ver que llevaba una pequeña bandeja de plata vacía.

-- Mi padre, ¿está en la biblioteca? -- preguntó destilando furia.

-- Sí, ¿qué pasa Alejo? Parecés un demonio recién salido del infierno -- se inquietó la negra haciéndose a un lado ante el paso raudo del joven.

-- No parezco, ¡lo soy! -- dijo dirigiéndose al encuentro de su padre. La negra se santiguó invocando a San La Muerte.

Entró como un vendaval en la biblioteca. Manuel, sentado en el escritorio, levantó la vista de unos documentos que estaba firmando para enfocarla en su hijo.

-- Creo haberte echado esta mañana. ¿Que haces aún aquí? ¡Lárgate de una buena vez! -- al gritar, el monóculo que acostumbraba usar cayó sobre los papeles que estudiaba.

-- Alejo se tiró sobre el escritorio y tomó a su padre de las solapas del gabán. Lo tironeó con rabia.

-- ¡Cómo se atrevió! ¡Cómo! -- Alejo sentía que la sangre le hervía. Su cuerpo clamaba venganza...muerte.

Manuel, lejos de amedrentarse, empujó con fuerza a su hijo, rodeó el escritorio y sin perder un segundo le lanzó una trompada directa a la nariz. No la fracturó, pero le provocó una hemorragia. La reacción de su padre no lo intimidó, se pasó el antebrazo por la nariz para secar el chorro de sangre que bajaba hasta su boca. Los dos medían su fuerza y astucia como dos pumas machos que buscan marcar su territorio.

Alejo se abalanzó sobre su padre trenzándose en una lucha cuerpo a cuerpo. Finalmente el joven sometió al viejo y agotado, se detuvo.

Alejo, como despertando de una pesadilla, se vio sobre su padre que lo observaba con el rostro  desfigurado por los golpes. La culpa sobrevino y Alejo cargó al padre hasta uno de los sillones. El viejo respiraba con dificultad.

-- Padre, ¿por qué me has empujado a esto? ¿Por qué busca mi destrucción? -- balbuceó consternado - Pipa es lo que más quiero en este mundo, lo más sagrado para mi, padre. ¿Por qué trata siempre de quitarme todo lo que amo? Mi madre, mis amigos...¡Pipa! Ella es mi tesoro, padre. ¿Tanto me odia? ¿Por qué, padre?, ¿qué mal he hecho para que me castigue con Su desprecio? Quisiera odiarlo pero lo quiero , padre. Desde niño lo único que quise de usted fue una pequeña muestra de afecto, sólo eso padre, sólo eso -- Alejo, furioso consigo mismo por no poder doblegar sus más profundos sentimientos, no fue capaz de contener  las lágrimas, que rebeldes se desgranaban por sus mejillas.

-- Perdón , hijo. Tengo un demonio que me impulsa a hacer cosas que en realidad me asquean y no lo puedo contener. Sólo tu madre me ayudaba a controlarlo, pero ahora ella no está...¡Vete hijo, vete ya, por tu bien y el mio , vete! Y no te sientas culpable, me merezco esta paliza. Pídele perdón a Felipa por mi, ella es maravillosa, cuídala...Alejo... -- Manuel haciendo un tremendo esfuerzo se incorporó apenas en el sillón -- Hijo, te quiero y ahora, vete -- confesó con los ojos llenos de lágrimas.

Alejo, emocionado por la revelación de su padre, se arrodilló frente a él y con cuidado de no provocarle dolor, lo abrazó por primera vez en su vida.

-- Gracias, padre --  y con el alma aligerada fue en busca de su destino.

Manuel permaneció en la biblioteca hasta el anochecer.

Antes de la cena, adelantando su regreso, llegó Rubén. Estaba de buen humor, los ingresos obtenidos en el comercio de carne salada iban prosperando a pasos agigantados. Fue directo a la biblioteca, allí encontraría a su padre y le daría las buenas nuevas. Celebrarían con un excelente jerez. Más tarde se deleitaría entre las piernas de su amante. Sonriendo entró en la biblioteca y lo que encontró lo dejó pasmado.

-- ¡Padre! ¿Qué le ocurrió? -- gritó al verlo en un estado catastrófico.

-- Tranquilo Rubén, acabo de tener un intercambio de opiniones con Alejo -- expresó con tranquilidad.

-- ¡Maldito gusano! Mire como lo ha dejado. ¿Cómo se siente? _ dijo con preocupación.

-- Bien, bien. Olvidemos el asunto, ¿quieres? Y dime, ¿como fue la inspección al saladero? --  preguntó con dificultad al hablar debido a los golpes recibidos.

-- Excelente, mejor imposible -- respondió ufano.

-- Me alegro, hijo. Ahora quiero que prestes atención a lo que voy a decirte porque no lo voy a repetir. Quiero que busques al cacique Carripilun. Creo que después de la epidemia de varicela guió a los sobrevivientes de su tribu a Córdoba, a un paraje cercano a Yacanto. Búscalo y entrégale las escrituras del saladero, le pertenece a los ranqueles, yo robé sus tierras con malas artes -- dijo tranquilizando su conciencia. Muchos habían muerto por su avaricia, incluso había intentado asesinar a su propia hermana.

-- ¿Qué dice padre? ¡Se ha vuelto loco! Jamás voy a hacer semejante disparate -- se exasperó.

-- Rubén no te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando -- dijo Manuel alzando la voz y una puntada en el costado izquierdo lo hizo callar.

-- Padre, necesitamos ese dinero. Son muchas las deudas que debemos cubrir. Si hago lo que ordena estaremos en la ruina, usted bien lo sabe -- Rubén, manteniendo la calma, trató de hacer entrar en razón a su padre.

-- Haz lo que te dije -- Mnuel estaba resuelto a enmendar sus errores.

Rubén lo miró fijamente sopesando una decisión. Entonces, tomó el cortapapeles que estaba sobre el escritorio y sin dudarlo lo clavó en el cuello de Manuel. Luego encendió un cigarro, los preferidos de su padre, se apoyó contra el escritorio y se dispuso a esperar a que este muriera desangrado.

Mientras se le iba la vida, Manuel, miró a su hijo dilecto con tristeza. "¡Que necio fui! ¡Cuánto me equivoqué!".

Cuando Rubén se aseguró que su padre había muerto abrió la puerta de la biblioteca gritando:

-- ¡Ayuda!¡Alejo mató a nuestro padre!


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