FELIPA EN CARNE VIVA -- Capítulo 14

 Alejo llegó al refugio con la respiración acelerada. Ansiaba estrechar entre sus brazos a la mujer que le provocaba insomnio. Y allí estaba ella tan bella como la llevaba grabada en cada una de sus células. La amaba por encima de todo, hasta de su propia vida.  Ella era su alma.

Felipa estaba de espaldas a la puerta principal. Miraba a través de la ventana el oleaje calmo del río. Hacia más de una hora que lo esperaba y sin embargo su espíritu estaba en paz. Alejo había regresado y su mundo recobraba sentido. Lo había escuchado discutir con su padre y por un momento pensó que el viejo se jactaría del abuso que le infirió aquella tarde. ¡Sería un desastre! Sin duda, correría sangre y aquella posibilidad la hizo temblar. Pero la discusión fue tomando otros derroteros y ya más aliviada se alejó de ellos. Ahora todo lo que le importaba era descansar sobre el cuerpo tibio de Alejo, que la hiciera suya con la vehemencia que tanto la excitaba. Él caminó lentamente hacia ella. Felipa lo sintió llegar, pero no se volvió, se quedó quieta...esperándolo. Alejo la abrazó por detrás. La apretó contra su cuerpo. Ella sonrió cuando la erección se manifestó en toda su plenitud.

-- No te imaginás cuanto extrañé tenerte de esta manera, extrañé tu aroma, extrañé pasar mi lengua por la calidez de tu cuello, extrañé perderme entre tus pechos -- a medida que describía lo iba haciendo. Felipa, con los ojos cerrados, dejaba que él la recorriera a su antojo. Ella también lo deseaba.

-- Pero sobre todo , extrañé estar dentro tuyo, penetrarte hasta las entrañas -- dicho esto la volvió hacia sí y con un solo movimiento le arrancó la pollera y le bajó los calzones. Ella apenas emitió un suave chillido que Alejo aprovechó para meter su lengua en esa boca que lo enloquecía. La saboreó enfebrecido por la excitación. Ella le quitó la camisa y deslizó sus manos por la espalda, una espalda musculosa, atravesada por cicatrices de heridas recibidas en el campo de batalla, una espalda sudorosa y el olor a sudor la excitó aún más.

Alejo la apoyó contra la pared y sujetándola por la cintura la levantó. Ella lo envolvió con las piernas y él la penetró con un solo embate con furia, con hambre, con devoción. El orgasmo los aniquiló. Cayeron sin despegarse sobre un catre desvencijado que los contuvo como si fuera el nido más preciado. Los besos no cesaron, las caricias se multiplicaron. Las palabras sobraban, las miradas lo decían todo. Desnudos, entrelazados, bañados por el sol de la tarde, se amaron con desesperación hasta ser sorprendidos por las sombras de la noche.


-- Alejo, te amo -- balbuceó Felipa -- No vuelvas a dejarme o voy a enloquecer -- las lágrimas comenzaron a correr como perlas por sus mejillas arreboladas.

-- Nunca más, te lo prometo -- y selló su promesa con un beso profundo en el nacimiento de los pechos. Felipa gimió de placer.

Alejo comenzó a vestirla con lentitud, devorándola con los ojos. Ella hizo lo mismo con él.

-- Pipa vayámonos de aquí, lejos...muy lejos. No te niegues, por favor -- el ruego de Alejo la hizo temblar. "¡Dios cuánto lo amo!", pensó asolada por ese amor irreverente, atronador y devoto que la atravesaba como una espada.

-- Cuando quieras --  al escuchar la respuesta, Alejo, abrazándola, la hizo girar por toda la estancia riendo y gritando: "¡Te quiero, te quiero!".

Lautaro y Rosario entraron por separado a la casa. El sol del mediodía comenzaba a caldear. Manuel no debía verlos juntos, sospecharía. Lautaro entró por la cocina.

-- ¡Por fin aparecés! -- Abelarda lo atajó en la puerta -- Tu porción de locro está más fría que beso e´suegra.

-- Igual no tengo hambre -- dijo lacónico.

-- ¿Cóoomooo? ¿Qué bicho te pico? ¿Estás enfermo, pué? -- se asombró la negra. El apetito del indio ya era leyenda. Una noche, en la festividad de la virgen Morena, se devoró medio novillo asado a la cruz para asombro de los negros que lo acompañaban. Por supuesto, todo regado con un buen tinto.

-- No, no. Me tengo que ir Abe, doña Rosaura me mandó llamar -- y con el apuro casi se la lleva por delante.

-- ¡Epa, m´hijo! -- dijo haciéndose a un lado -- Casi me tirás, indio retobao -- se quejó.

-- Perdón, perdón -- le gritó mientras se alejaba.

-- ¿Y pa´que te llamó la doña? -- le gritó ella a su vez. La curiosidad era su talón de Aquiles. Lautaro no le respondió, no la escuchaba, ya estaba corriendo por el zaguán que lo llevaba a la sala.

Respiró con alivio al encontrar el salón desierto. Subió las escaleras con rapidez y sin aminorar el paso alcanzó el dormitorio de doña Rosaura. Golpeó la puerta con suavidad, la mano le sudaba. "¿Qué me irá a decir?", mascullaba con miedo y ansiedad.

-- Lautaro, pasa por favor -- el tono cordial en la voz de Rosaura lo alentó a no pensar en lo peor, separarlo de Rosario.

La mujer estaba sentada cómodamente en un sillón de terciopelo rojo. Vestía elegantemente. A su lado, Rosario permanecía expectante. Ella también era ajena a los planes de su madre.

-- Siéntate Lautaro -- dijo señalando una silla con el mismo tapizado del sillón.

El indio se sentó con timidez. Nunca había estado allí, le estaba vedado acceder al primer piso de la casa. Al observar la riqueza que lo rodeaba sintió vergüenza. ¿Qué podría ofrecer él a Rosario? Si ella era una princesa y él, un indio harapiento. Era una locura escapar con Rori, sin embargo era lo que más deseaba en la vida.

-- Lautaro, esta misma noche tienes que llevarte de aquí a Rosario...lo más lejos posible -- lo apremió.

El joven no podía creer lo que escuchaba. "Sin duda estoy soñando", se dijo.

-- Rubén está en el saladero y yo me ocuparé de distraer a mi hermano. Luego de la cena, deberán huir. Tengo una casa en Córdoba, al pie del cerro Champaquí en Yacanto. Es un pueblito perdido entre las sierras. Manuel y Rubén no saben que poseo esa propiedad. Antes de irnos a Francia mi marido se la compró a un lord inglés que fue socio de Alfredo Torres, el miserable que asedió por años a Andra, la madre de Felipa. Si mal no recuerdo el lord se llamaba Phillip Alvey. Lo conocimos en una tertulia. Una persona muy agradable.

-- ¿Phillip Alvey? -- saltó impresionada Rosario.

-- Sí, Phillip Alvey, ¿por qué lo preguntas? -- Rosaura interrogó perpleja a su hija.

-- Porque ese es el nombre del padre de Pipa. Siendo niñas ella nos contó la historia de amor que hubo entre sus padres. El se marchó a su país prometiéndole a Andra que regresaría por ella. Ella se enteró que estaba encinta tiempo después de su partida. La pobrecita se murió esperándolo -- Rosario estaba anonadada por el descubrimiento al igual que Rosaura y Lautaro.

-- Esa casa la mandó construir mister Phillips. Cierta vez, mi marido y yo, viajamos con él a Córdoba y al pasar por Yocanto quedó cautivado por el paisaje y el clima. Parece que el buen señor sufría de los bronquios y el aire puro de las sierras beneficiaba su salud. Hoy como ayer, el pueblito está formado por unas pocas chozas de adobe y los lugareños son gente sencilla y hospitalaria sin ser entrometidos. Allí estarán seguros. Y en cuanto a lo que me acabas de decir sobre Felipa...yo hablaré con ella, debe saber esto que acabo de contarles -- determinó Rosaura.

-- Doña Rosaura tengo que ser sincero con usté. Quiero a su hija, la quiero desde que éramos niños. Ya sé que soy un pobre indio que no tiene donde caerse muerto pero le prometo que me voy a deslomar trabajando para que a la Rori no le falte nada, se lo juro -- Lautaro se sentía en la obligación de confesarse ante esa señora valiente y gentil que jamás lo despreció.

-- Ya lo sé Lautaro, siempre lo supe. Lo descubrí en como mirabas a mi hija, en el tono de tu voz al hablarle. No soy tonta, yo también amé y fui amada. Estoy segura que la cuidarás...

-- Con mi propia vida -- la interrumpió con ímpetu.

-- Por eso te la confío, Lautaro. Y no te preocupes, no les faltará nada. Toma -- Rosaura le entregó un cofre lleno de reales que sacó de un cajón de la cómoda -- Este dinero es una ayuda para que se instalen en Yocanto y pongan en funcionamiento la finca. La tierra es fértil, podrán cultivarla y criar ganado si lo desean.

-- Mamita, gracias, ¡gracias! -- Rosario abrazó a su madre sin poder contener las lágrimas. Su madre comprendía y aceptaba el amor que la unía a Lautaro. Era inmensamente feliz.

-- Doña Rosaura, esto es demasiado yo no... -- Lautaro, cohibido por la generosidad de la mujer, intentó rechazar el regalo.

-- Aceptarás mi ayuda y no se hable más. Has trabajado desde pequeño para esta familia sufriendo injusticias y humillaciones. Manuel te ha tratado como un burro de carga. Muchas veces me opuse a ello, pero mi opinión siempre cayó en el vacío. Así que acepta este pago como resarcimiento por todos los años de abusos que has debido padecer -- Rosaura se levantó del sillón y se acercó a Lautaro, le tomó las manos y lo besó en ambas mejilla.

-- Gra-gra-gracias doña Rosaura -- tartamudeó emocionado, jamás lo habían tratado con tanto cariño.

-- Bueno, bueno y ahora, a prepararse. Lautaro, ve a la despensa y recoje víveres para el viaje, que no te vea Abelarda. Es mejor que por ahora permanezca ajena a nuestros planes, confío en ella pero suele tener la lengua floja y entonces...

-- No se preocupe doña Rosaura voy a tener cuidado de que no me vea. Aprovecho que seguro está en el último patio colgando la ropa y busco las provisiones y las escuendo en la caballeriza. Doña Rosaura... -- Lautaro no podía callar, debía decírselo.

-- ¿Qué pasa Lautaro? Basta de escrúpulos y acepta mi ayuda - se impacientó.

-- No, no es eso. Lo que pasa es que el Alejo y la Felipa se van a escapar con nosotros -- lo dijo de un tirón, no creía estar traicionando a su amigo, no con esta señora dispuesta a enfrentarse a la cólera del patrón por ellos.

-- Mejor aún. Dile a Alejo que necesito verlo, ¡ya! -- lo apremió, no había tiempo que perder.

Lautaro, sin poder controlar el impulso, besó en los labios a Rosario, un beso ligero como el aleteo de una mariposa pero que encerraba el fuego de una fragua.

Rosario se sonrojó al alzar la vista hacia su madre. Rosaura sonrió y Lautaro, con el corazón rebozante, se despidió con un leve gesto de cabeza.


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