FELIPA EN CARNE VIVA -- Capítulo 12
Buenos Aires, septiembre de 1820
Alejo entró a la casa por la cocina precedido por el canto del gallo rojo que dominaba en el gallinero de Abelarda. Era de madrugada, el sol apenas se desperezaba.
Se despojó del grueso poncho de lana de vicuña que dejó tirado sobre un banco de caderas y cuero de vaca. Se sentó cerca del fogón ya encendido. Abelarda pronto aparecería, seguramente con una canasta llena de huevos.
-- Y usté, ¿quién e´? -- se sobresaltó Asunta. Tomó la escoba que estaba cerca de la puerta y se dispuso a golpear al desconocido.
-- Quieta negrita, soy yo, Alejo, ¿no me reconoces? -- el muchacho se paró de un salto y tomándola de la cintura la hizo girar. La negra, sorprendida, comenzó a reír.
-- Abájeme pué, patroncito, flor de susto me dio apareciéndose así de sopetón. La Felipa, ¿sabe que llegó? -- le preguntó mientras se arreglaba el delantal y ajustaba el moño del pañuelo rojo que sujetaba su cabello crespo.
-- No, recién llego. ¿Y Abe?
-- ¿Quién pregunta por mi? -- Abelarda apareció con dos canastas cargadas de hortalizas y huevos -- ¡Noo!¿Alejo so´vo´? -- exclamó eufórica -- Mi niño , por fin, por fin, estás con nosotros de güelta -- canturreó abrazándolo con fuerza, las canastas olvidadas en el piso de ladrillo.
-- Tené cuidado Abelarda, me estas asfixiando -- rió Alejo correspondiendo el abrazo.
-- Y, ¿cómo estás? ¿Te hirieron? ¿Comiste bien? ¡ Qué va!, si estás hecho un palo. Ahora mesmo te preparo unas tortas fritas con unos huevos pasados por agua, ah...y unos güenos pedazos de panceta.
-- Suena apetitoso -- Alejo se sentó a la mesa mientras las negras corrían de un lado al otro preparando el suculento desayuno.
Media hora más tarde, cuando Alejo daba cuenta de su segundo plato de mazamorra con canela, una voz detuvo su corazón.
-- Buenos días Abelarda, ¿está preparado el té para doña Ro...? -- Felipa se interrumpió al quedar frente a frente con Alejo.
-- Pipa, mi amor -- se acercó a ella y la apretó contra su pecho. La fragancia de la muchacha lo encendió. La besó en el cuello, detrás de la oreja. Felipa sintió como si un millar de hormigas corrieran por su piel --Te extrañé hasta el delirio.
-- ¡Alejo! ¡Mi amor! ¡Por fin, por fin! -- Felipa lloraba colgada del cuello de Alejo -- Prometeme que nunca más vas a dejarme. ¡Basta de guerras! -- le suplicó feliz de tenerlo nuevamente junto a ella.
-- Te lo prometo -- y cuando intentó besarla en la boca, Abelarda los detuvo.
-- Bueno, bueno...basta de arrumacos que la están ruborizando a la Asunta. Alejo, corré a bañarte que tenés un olor a bosta de caballo que apesta. No sé como lo aguantás Felipa...y afeitate. Esa barba pinchuda da impresión -- despotricó Abelarda conteniendo la risa. Alejo se olió la ropa y se pasó la mano por la tupida barba.
-- Es verdad, huelo a agua estancada. Felipa te espero en nuestro lugar dentro de una hora, allí estaremos a salvo de estas moscas molestas -- dijo dirijiendo una mirada intencionada a las negras. Abelarda, escandalizada, lo amenazó con el palo de amasar y Asunta, avergonzada, agachó la cabeza. Felipa rió divertida y luego de darle un ligero beso en los labios, se apresuró en llevarle el desayuno a doña Rosaura. Ese día le pertenecía por entero a Alejo y ella lo disfrutaría.
El buen humor de Alejo cambió drásticamente al pasar por la sala. Ver a su padre fue como un golpe directo al estómago.
-- Bueno, bueno, mira quien ha llegado -- dijo con sarcasmo - Combatir no hace mella en ti. A ver...pero si no has recibido rasguño alguno -- inspeccionó de arriba hacia abajo a su hijo con mirada de zorro.
-- ¡Que pena!, ¿no?, padre. Hubiera preferido que muriera en batalla, ¿verdad? Soy un estorbo para usted, siempre lo fui - expresó con dolor y enojo.
-- Pamplinas, son tontas ideas tuyas. Aunque debo ser franco contigo. Si no fuera porque eres mi hijo y te quiero, esa esclava que amas ya sería mía hace rato. Como ves respeto tus posesiones -- el cinismo de sus palabras impactaron en Alejo con más salvajismo que una bala.
Sin poder controlar su impulso, se arrojó sobre Manuel y tomándole de las solapas de su gabán le escupió con furia:
-- Si se atreves a tocarla, le juro que le arrancaré el corazón. No es una amenaza, es un juramento, padre.
-- Calma, calma, hijo. Veo que la violencia que has vivido en el campo de batalla te ha trastornado. Consultaré con el doctor Arriaga, seguramente él te recetará alguno de sus potajes que tranquilizarán tus nervios -- Manuel apartó a su hijo de él de un tirón. Luego acomodó su chaqueta con una sonrisa ficticia, en sus ojos había odio.
-- No estoy enfermo, padre y no necesito al doctor Arriaga ni las porquerías que prepara. Son puro veneno y Darío es testigo de ello -- se exaltó.
-- No calumnies al querido doctor. Desde hace un tiempo tu hermano está mucho mejor. Rara vez sufre esas patéticas...¿cómo es que las llama Felicitas? ¡Ah, sí!, convulsiones - Manuel se sentó en uno de los sillones, cruzó las piernas y miró con descaro a Alejo.
-- Si Darío está mejor es por Felicitas y el gran amor que los une. Ella consultó con otros médicos que echaron por tierra el diagnóstico de Arriaga y han cambiado el tratamiento obsoleto de su gran amigo Arriaga. Hasta comienzo a sospechar si acaso sus arcaicos conocimientos mataron a mamá -- enfrentó con audacia a su padre sacando a la luz un interrogante que lo atormentaba desde que Felicitas comenzó a dudar de la sapiencia del doctor.
-- ¡Basta de tonterías! Hasta aquí ha llegado mi paciencia contigo -- el hombre se paró con rapidez y se plantó frente a su hijo. Alejo le sostuvo la mirada. Finalmente Manuel se relajó disminuyendo la tensión entre ambos.
-- Y yo que te esperaba ansioso con una excelente noticia...
-- ¿Una noticia? Qué noticia? -- se alarmó el joven. Las buenas noticias para el padre, eran un desastre para la familia, exceptuando a Rubén, claro.
-- ¿Por qué esa cara? Ven, siéntate y toma una taza de café mientras te cuento -- Manuel lo tomó del brazo y lo condujo hasta un sillón, luego le sirvió la aromática infusión.
Tanta gentileza desconcertó al muchacho. "Aquí hay gato encerrado", pensó bebiendo el café que le calentó las entrañas.
Manuel también tomó asiento y también se sirvió una taza de humeante café. Era necesario poner a Alejo de su lado sino se vería obligado a hacerlo desaparecer. Nada ni nadie entorpecería sus planes y esta vez no fracasaría. Rosaura salvó su vida, pero afortunadamente las tierras ya le pertenecían cuando logró recuperarse y ahora ya era tarde para cualquier molesta intervención de su parte. Su hermana tuvo que aceptar su derrota y mantenerse callada por el bien de sus hijas.
-- ¿Qué has hecho Manuel? ¡Aniquilar un pueblo entero por esas malditas tierras! ¡Estás loco! Más que eso, ¡eres un asesino! Te desconozco -- le gritó descontrolada cuando se enteró de la tragedia.
En complicidad con el doctor Arriaga Manuel sembró el virus de la varicela entre los ranqueles. En menos de una semana muchos murieron y los que pudieron salvarse de la fulminante enfermedad huyeron hacia otras tierras.
-- Tranquila hermanita, cuida tu salud. El doctor Arriaga ha dicho que necesitas recuperar fuerzas y para eso debes descansar y no sobresaltarte. ¿Has comido? Veo que no has tocado tu almuerzo. Recuerda que el guiso de lentejas te dará la energía que necesitas para tu total recuperación.
-- ¡Me importa un carajo el maldito guiso de lentejas! -- y de un manotazo tiró el plato de loza derramando su contenido sobre la alfombra de su dormitorio.
-- Rosaura, que modo de hablar es ese... Yo sólo quiero tu bienestar y el de tus hijas. Doy gracias a Dios que aún estés con vida... aún hermanita, aún...recuérdalo -- Manuel clavó sus ojos con saña en ella. Rosaura intuyó con tristeza a que se refería : él había intentado envenenarla, su propio hermano, sangre de su sangre, por unos míseros terrenos -- Somos socios, Rosi -- la llamó como lo hacía cuando eran niños -- Lo que es mío es tuyo y viceversa. Si yo progreso, tú progresas. Compartimos la misma fortuna y las mismas culpas.
-- Pero yo me opuse a semejante locura, matar a tanta gente...- se esforzó por no llorar delante de ese monstruo pero no pudo.
-- ¿Gente? Pero si son indígenas, animales sin alma, parásitos de nuestra sociedad que se dedican a emborracharse y a robar. Créeme Rosi, le hemos hecho un bien a la Patria. Hazme caso, no pienses más en ello y disfruta que estás viva. ¡Ah!, y te recomiendo que no comentes lo que hemos conversado con tus queridas hijas ni con Felipa. Ellas deben permanecer al margen, si lo haces tendré que tomar medidas drásticas, ¿entendido? - la amenazó sin perder la sonrisa.
-- ¿Qué medidas? -- Rosaura tragó saliva con dificultad.
-- Las enviaré de viaje a Europa por tiempo indeterminado, lejos de ti, quizás nunca vuelvas a verlas. Dinero tendré de sobra con los saladeros que estoy, perdón, que estamos construyendo en los terrenos que adquirimos gracias a la generosidad de los ranqueles -- al decir esto Manuel rió como un desaforado.
-- Ellas nunca se irán -- lo enfrentó.
-- ¿Eso piensas? ¡Qué incrédula eres! Basta con que le haga creer a Felicitas que en Francia o en Inglaterra hay un médico capaz de curar a Darío y no dudará en hacer las maletas. Y Rosario, bueno, ella siempre hace lo que le ordena su marido - expresó con displicencia -- En cuanto a ti, el doctor Arriaga me ha propuesto enviarte a Córdoba, al convento de Santa Catalina. Allí, el aire saludable de las sierras y el cariño de las monjas ayudarán en tu recuperación. Felipa, por supuesto, se quedará en esta casa para mi atención personal. Por Alejo no te preocupes, el coronel Rosas tiene planes para él. Ya puse todas mis cartas sobre la mesa, ahora todo depende de ti, hermanita. ¿Seguirás poniéndote en mi contra o continuaremos viviendo todos juntos en armonía y disfrutando de los dividendos que nos darán los saladeros? -- Manuel, al concluir, observó satisfecho el rostro devastado de Rosaura. Había triunfado, su hermana ya no sería un obstáculo. La tenía controlada a ella y a su fortuna.
-- ¡Padre! ¿Cuál es la noticia? -- insistió impaciente Alejo al notar a Manuel abstraído en sus pensamientos.
-- Ya, ya -- dijo volviendo al presente -- Pondré a funcionar un saladero en el sudoeste de la provincia. Además de explotar las salinas proyecto crear una ruta que permita trasladar las planchas de sal hasta los diferentes saladeros que se establecen en Buenos Aires. "La Higueritas", de Rosas y Juan Terrero, es uno de mis clientes. Además acabo de pactar mi primera exportación de carne salada en buques ingleses a Cuba, ¿qué te parece? -- expresó orgulloso.
-- ¿Y cómo fue que te apropiaste de esas tierras? Y los ranqueles que vivían en esa zona, ¿dónde están? -- se alteró Alejo.
-- Me ofendes, Alejo. Yo no me apropié de las tierras, se las compré al gobierno -- respondió indignado.
-- ¿Y qué tiene que ver el gobierno si esas tierras pertenecen a los ranqueles? -- retrucó con igual indignación Alejo.
-- A esos pobres diablos se les permitió vivir allí para calmar sus ánimos y para que nos dejaran en paz, a nosotros, gente de buena cepa. El gobierno se las concedió a condición de que cesaran los malones y las incursiones en las estancias de los alrededores. ¿O por qué crees que don Juan Manuel se vio en la necesidad de organizar a sus "Colorados del Monte? Porque estaba harto de esos salvajes sanguinarios.
-- Ellos reclaman lo que desde un principio les perteneció: las tierras que nosotros de a poco nos fuimos apropiando -- Alejo se sentía derrotado, sabía que discutir con su padre era inútil, nunca comprendería su postura, el sólo pensaba en aumentar el contenido de sus arcas.
-- No digas sandeces, cada vez que te escucho recuerdo a a tu madre, la gran samaritana. Siempre preocupándose por los todos menos por mí. ¡Vete!, desaparece de mi vista. Fui un necio al suponer que te alegrarías con la noticia. A ver si te enteras, gracias a mi esfuerzo y al de tu hermano hemos impedido que esta familia terminara comiendo bellotas como los cerdos. ¡Lárgate!, me avergüenza que seas mi hijo - Manuel estaba fuera de sí, rojo como la grana. Una vena, asomada en su cuello, le latía acelerada.
-- Yo lo avergüenzo padre, yo, que usted mismo ha dicho, me parezco a mi madre, una mujer recta y generosa, que siempre veló por todos nosotros; y en cambio se enorgulleces de Rubén, un hombre egoísta, violento y embustero. De él sí se enorgullece, ¿verdad, padre? -- exclamó con ira. Alejo apretó con fuerza sus manos formando puños. Un deseo intenso de trompear a su padre se había apoderado de él, pero debía contenerse, si lo hacía nunca se lo perdonaría porque a pesar de sí mismo, lo amaba.
-- Rubén es un verdadero Gómez Castañón, en cambio tú... - Alejo leía la decepción en los ojos de su padre.
-- Me voy padre. Ya no tendrá que avergonzarse de mí, me voy de esta casa y de su vida. Supongo que mi decisión lo hará feliz.
-- Muy feliz... -- sin embargo una puntada de dolor en las vísceras sorprendió a Manuel

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