FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 9
Esa mañana, luego de dejar a Felipa llorando en el galpón, Alejo regresó a la casa malhumorado y decidido a darle una lección. Por supuesto que no se iría solo, la seguiría esperando hasta la eternidad si fuera necesario. Claro, eso ella no lo sabía y Alejo se regodeaba en la incertidumbre que sembró en el corazón de Pipa. "Se lo tiene merecido, ¡que sufra!, así como me hace sufrir a mí", pensó enfadado.
Tan enfrascado estaba en sus pensamientos que pasó distraído por la sala sin percibir la presencia de su padre conversando con un militar. El vozarrón de Manuel lo detuvo antes de poder subir la escalera que lo llevaba al primer piso donde se encontraba su dormitorio.
-- ¡Alejo! Mira quien ha venido a visitarnos -- Manuel se mostraba alegre, actitud que hizo desconfiar al joven. Al acercarse reconoció a la otra persona que permanecía sentada bebiendo jerez.
-- Don Juan Manuel. ¡Que gusto verlo! -- un apretón de manos confirmó la mutua simpatía que se profesaban.
Juan Manuel de Rosas, poderoso estanciero dedicado a la producción agropecuaria, era uno de los líderes militares que se pertrechaba para defender a Buenos Aires de la invasión del caudillo santafesino Estanislao López.
-- ¡Muchacho! Lo mismo digo -- lo saludó con cordialidad.
Alejo tomó asiento en un sillón frente al hombre con el que compartió armas en el Ejercito del Norte al mando del General Belgrano. En ese tiempo eran camaradas, hoy Rosas ostentaba el cargo de Coronel.
-- Don Juan Manuel está aquí para proponerte formar parte del ejército que enfrentará a López -- comenzó con desenfado Manuel.
-- Así es Alejo, junto a Dorrego y a mi amigo Martín Rodriguez rechazaremos la invasión. Una invasión que tiene por objeto apoderarse de Buenos Aires, la provincia que posee las tierras productivas más ricas de nuestra Nación y por supuesto, apoderarse también del puerto, que como saben, concentra el comercio exterior de las provincias restantes -- los ilustró con vehemencia.
-- Será un honor para mí formar parte de sus filas. Estoy a su disposición -- respondió enérgico aunque esto suponía retrasar la fuga. "La Patria me llama, no puedo ni debo negarme", concluyó resuelto.
-- Así se habla muchacho. Don Manuel debe estar muy orgulloso de su hijo. Lamento que Rubén no pueda unírsenos.¡Que contratiempo que se haya fracturado la pierna! -- al escuchar tal afirmación Alejo se atragantó con el jerez que en ese momento bebía. Quiso intervenir para esclarecer el error cuando sintió la mano de hierro de su padre apretándole el hombro.
-- Tiene razón don Juan Manuel, un verdadero incordio. Cuando Rubén se entere del motivo de su visita se pondrá hecho una furia por no poder formar parte de la campaña - dijo con rostro compungido.
"Maldito farsante. ¿qué te proponés viejo?", Alejo comenzó a inquietarse.
-- ¿Cuándo debo partir mi Coronel? -- preguntó quitándose con disimulo la mano de su padre que continuaba presionándolo.
-- Ya mismo, prepará tus cosas que en media hora partimos hacia "Los Cerrillos". Allí nos esperan mis "Colorados del Monte", antes pasaremos por la casa de los Anchorena y de los Ortiz para continuar reclutando -- le aclaró urgiéndolo a partir hacia su estancia de San Miguel.
"Los Colorados del Monte" era un regimiento creado por Rosas para combatir a los indígenas y a los cuatreros de la zona pampeana y ahora Alejo formaba parte de él.
-- ¿Cómo se encuentra su familia? Doña Encarnación y los niños...Manuelita debe tener tres añitos, ¿verdad? -- Alejo escuchó la palabrería lisonjera de su padre mientras se retiraba. Pensó en Felipa.
Debía despedirse de ella, contarle lo sucedido, pero el tiempo lo apremiaba, no podía hacerlo. Buscó a Lautaro en la caballeriza. Lo encontró durmiendo bajo un alero.
-- ¡Lautaro! -- le gritó al oído. El indio pegó un salto que casi derriba a Alejo.
-- ¡Eh!, ¿por qué me dispertás de esa manera? ¡Me vas a matar del susto! -- se quejó restregándose los ojos.
_ Escucha bien lo que voy a decirte. ¡Lautaro!, ¿estás despierto o sigues en babia? -- Alejo lo tomó de los hombros y lo zamarreó con fuerza.
-- ¡Pará, pará! Sí, te escucho, ¿que carajo pasa? -- protestó quitándose de encima al amigo malhumorado.
-- Me voy ya mismo con don Juan Manuel a San Miguel del Monte para unirme a "Los Colorados".
-- ¿Qué? -- Lautaro quedó perplejo ante la noticia -- y, ¿pa´qué?
-- Vamos a luchar contra Estanislao López, el muy ladino quiere apoderarse de Buenos Aires.
-- Voy con vos -- decidió al instante, no iba a permitir que Alejo fuera solo. ¿Quién lo cuidaría mejor que él? Lautaro siempre fue su escudo en las batallas.
-- De ninguna manera, vos te quedas. Cuidá a Felipa y vigilá al malnacido de mi viejo. Seguramente va a aprovechar que no estoy para molestarla. Sólo confío en vos, Lauti, sólo en vos -- le rogó maldiciendo el giro que habían tomado los acontecimientos.
-- No te priocupés, andá tranquilo, yo me encargo. Si es necesario clavarle una lanza a tu viejo, se la clavo con mucho gusto. Hace tiempo que se la tengo jurada -- se despachó con amargura y rabia contenida.
Alejo asintió con un movimiento de cabeza y se dieron un fuerte abrazo.
-- Explícale a Felipa lo sucedido, decile que me perdone por abandonarla pero no tuve opción. Es luchar o ser un traidor. Decile que la quiero y que muy pronto vamos a estar juntos y esta vez para siempre, lo juro por la memoria de mi madre.
Alejo tomó las riendas de su caballo moro y sin volver la vista atrás, caminó al encuentro del Coronel Rosas que lo esperaba en la tranquera. Lágrimas amargas se anudaron en su garganta, sin embargo, no derramó ni una sola.
Felipa estaba devastada. Alejo había partido, la había abandonado. ¿Cómo era eso posible? No, él jamás haría semejante cosa....aunque... "Me lo había advertido. Pero tenía tiempo hasta la medianoche para decidir. ¿Por qué se adelantó? ¿Qué pasó? Alejo, ¿donde estás?".
Felipa bajaba lentamente la escalera, su mente ausente, sus pensamientos volando desesperados hacia su amado. Distraída, tropezó en el último escalón, Abelarda la sostuvo evitando un porrazo certero.
-- Niña, mirá que sos descuidada, pué. Por suerte subía a ver a la doñita, que si no... -- se inquietó la negra
-- Abe, ¿sabes algo de Alejo? ¿Es verdad que se marchó? -- le preguntó atropelladamente mientras se masajeaba el tobillo.
-- Pero si te torcistes el pie. Vamo pa´la cocina que te pongo un trapo con agua fría -- la tomó de la cintura. Felipa, se dejó llevar rengueando. Sus protestas no tuvieron eco en Abelarda.
-- Sentate, pué -- la empujó con suavidad para que se acomodara en una de las sillas -- Ahora poné el pie en este banco -- y comenzó a colocarle paños fríos en el tobillo que comenzaba a hincharse.
-- Abe, estoy bien, de verdad -- insistió Felipa aunque su voz denotaba dolor.
-- Dejate de pavadas. ¿En qué estabas pensando?, ¡te podías haber matado m´hija! -- le dijo con cariño.
-- No exageres, sólo me tropecé. Abe, ¿dónde está Alejo? Don Manuel me dijo que se fue, ¿es verdad? -- preguntó desolada.
-- Sí, hace un rato no má se jue con don Juan Manuel -- le informó enfrascada en la tarea de vendarle el pie.
-- ¡¡Qué!! ¿Cómo qué se fue con don Juan Manuel? ¿A dónde se fue? ¿Para qué lo vino a buscar?
-- No sé Felipa. Yo sólo le preparé algo de ropa pa´ llevar y una bolsa de provisiones. No me dijo nadita el muy bellaco. Estaba mudo como un finao -- Abelarda se asustó de su comparación y enseguida hizo los cuernos para ahuyentar a la Parca -- ¡Cruz diablo! No sé porque dije eso.
-- Tengo que buscar a Lautaro. Él seguramente sabrá algo -- se paró de repente tirando en su arranque el banco. Ahogó un grito al apoyar el pie en el piso. Sin embargo, ni el dolor ni los gritos de Abelarda, la detuvieron.
Caminó lo más rápido que pudo hasta la caballeriza. A esa hora, ya eran las dos de la tarde, Lautaro estaría haraganeando como de costumbre. Para su asombro, lo encontró lustrando las monturas y los aparejos. Cuando el indio la vio dejó el ronzal a un lado y la tomó de las manos. Ella temblaba.
-- ¿Y Alejo? -- las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pálidas.
-- Felipa, el Alejo se fue a la guerra -- Felipa sintió que todo giraba a su alrededor. "¡Otra vez no!",el alma se le desgarró en mil pedazos.
-- ¡Felipa! ¡Pipa! -- escuchó los gritos de alarma de su amigo en medio de una oscuridad densa y penetrante.
Cuando volvió en sí, se encontró recostada sobre un colchón de paja y el rostro preocupado de Lautaro.
-- ¿Te sentís mejor? -- y con diligencia se apresuró a ofrecerle un vaso de agua fresca. Ella se negó a beberlo. "Sin Alejo nada tiene sentido".
-- ¿A dónde fue? -- lo increpó con ira y miedo, un miedo que le calaba los huesos.
-- Don Juan Manuel de Rosas está reclutando gente para terminar con el maldito Estanislao López. Me contó el Alejo que el gobernador Dorrego cuenta con las milicias de Rosas y de don Martín Rodríguez para derrotarlo de una vez por todas y mandarlo pa´su provincia con el rabo entre las patas.
Felipa escuchaba y su corazón parecía estallar. Otra vez esa maldita guerra. Hermanos enfrentados en una lucha absurda por el poder. Sangre y más sangre derramada abonando una tierra sedienta de paz.
Nuevamente debía comenzar el rito de encender cada noche una vela a la Morenita pidiendo por Alejo. Nuevamente lloraría hasta quedarse seca por aquel insensato que arriesgaba su vida por un ideal fútil. Pero ellos, ¡los hombres!, sin pensar en la tremenda herida que causaban en sus mujeres, se enfrentaban como lobos rabiosos en una lucha que alegaba buscar lo libertad cuando en realidad los movía la ambición por el poder político y económico.
-- Y nosotras corremos tras ellos, arrastrando hijos y penas. Y mientras ellos calman la sed de nuestra tierra con su sangre, nosotras lo hacemos con nuestras lágrimas -- se lamentó con el corazón desgarrado.
-- Felipa, ¿qué decís? -- Lautaro se acercó a ella y la abrazó -- El Alejo me dijo que lo esperes, que te quiere...
-- Me quiere pero me abandona -- replicó con ojos relampagueantes.
-- Felipa, no digás eso. El Alejo tiene que cumplir con la Patria. ¿Queres que sea un traidor, un cobarde?
-- Por más que te lo explique nunca vas a entender lo que siento -- le respondió apesadumbrada. Se levantó lentamente, se sacudió las ramitas de paja de su pollera y se marchó de la caballeriza. Cuando comenzó a caminar hacia el río la alcanzó el grito de Lautaro.
-- ¡El Alejo te quiere Felipa!
Ella se detuvo, dio media vuelta y lo miró de lejos. Una sonrisa triste asomó en sus labios.
-- Yo también lo quiero -- susurró dolida y continuó su camino.
Al llegar a la casa se encontró con la noticia que a la mañana siguiente regresarían a la ciudad. La novedad la alegró y turbó. La alegró porque la distancia a la casa de su abuela sería menor que estando en el Retiro. Tendría que cabalgar mucho menos. Pero al mismo tiempo la intranquilizó tener que trasladar a doña Rosaura en las condiciones en que se encontraba. El viaje sería difícil y complicado para ella. Su estado era muy frágil para enfrentarlo. Abelarda compartía con ella su preocupación. La negra secaba los platos y murmuraba:
-- Esto no me gusta ni pío. La patrona está muy débil pa´ hacer semejante viajecito. Y vo´, ¿no tenés hambre? No comistes nada.
-- No tengo hambre -- Felipa lo único que deseaba era abrazar a su abuela.
-- No digá pavadas. Dejá esos cacharros -- la joven estaba puliendo unos jarrones de plata -- y comé. Esta carbonada está pa´chuparse los dedos -- La tomó de un brazo y la sentó frente al plato humeante.
Felipa comenzó a comer con desgano. Apenas podía tragar los trozos de papa y zapallo.
-- Estás hecha piel y güesos. Te voy a preparar un caldo de gallina que segurito te va abrir el buche -- le dijo con afecto.
-- Gracias Abe, sos muy buena conmigo -- y comenzó a llorar.
-- No llore mi niña bonita. Vas a ver como ese sinvergüenza vuelve prontito y te juro que cuando lo vea le retuerzo el cogote -- explotó describiendo la amenaza con sus manos regordetas. Felipa, sin ganas, rió.
-- Así me gusta, basta de llorar y comé que se te enfría la carbonada -- la animó.
El viaje de regreso fue engorroso. Los peones ubicaron a doña Rosaura en una carreta para que pudiera viajar cómoda. Un colchón de plumas intentó vanamente disimular el continuo traqueteo que martirizaba el cuerpo débil de la mujer. Su rostro macilento y las quejas que silenciaba eran el testimonio de la incomodidad cruenta que resistía con valor. A su lado, Felipa y Rosario, la asistían con esmero. Una, le hacía viento con un abanico y la otra, le colocaba paños fríos en la frente.
-- ¿Qué te sucede Rosario? Hace unos días que te noto apagada. Ademas, esas ojeras...-- las amigas estaban frente a frente a ambos costados de la enferma. Felipa extendió el brazo y le acarició el rostro demacrado.
-- Nada, sencillamente que estoy muy cansada, Felipa. Lo de mamá me deprime y encima Felicitas que no está. Menos mal que te tengo a vos -- y con cariño le sujetó la mano que acariciaba sus mejillas.
-- Comprendo que estés angustiada por tu madre, pero hay algo más, no me engañás Rori -- Felipa intuía que el matrimonio de Rosario se desbarrancaba. En varias oportunidades durante ese verano había sido testigo de la brusquedad e indiferencia con que la trataba Rubén. Una noche lo vio salir a hurtadillas y dirigirse hacia el establo. Al rato, lo escuchó alejarse al galope. "¿A dónde irá a estas horas?", se preguntó con inquietud. La respuesta la tuvo a la mañana siguiente cuando por casualidad escuchó una conversación del esclavo personal de Rubén con una de las negras encargadas de la cocina. Estaban muy juntos. El negro la apoyaba por detrás y ella reía mientras él le tocaba los pechos debajo de la blusa.
-- ¿Te calienta? -- le decía al oído. La respiración de la negra se aceleró -- Así el amo Rubén calienta a su amante antes de penetrarla.
-- Negro mentiroso, ¿como sabés eso? -- Felipa los interrumpió asqueada. La pareja se separó al instante intimidados por la aparición inesperada de Felipa.
-- No miento, me lo dijo el amo -- el negro la enfrentó con altanería mientras trataba de esconder la erección.
Nunca se le mencionó a Rosario, pero intuía que su amiga estaba al tanto de los deslices de su marido.
-- No me engañás Rori -- insistió Pipa recordando aquel momento embarazoso -- Sé que Rubén es un hijo de puta, no me lo ocultes más. ¿Acaso no confiás en mí? -- hablaba en voz baja. No quería despertar a doña Rosaura. Ella debía mantenerse al margen de esa nefasta situación, al menos hasta su total recuperación.
Rosario se mantuvo callada, las lágrimas pugnaban por derramarse hasta que finalmente la contención se quebró y comenzó a llorar quedamente para no perturbar a su madre.
-- Es verdad Pipa, Rubén me maltrata. Nunca me quiso y yo fui una necia que no aceptó los consejos de los que realmente me quieren. Perdón, perdón -- se desarmó.
-- Voy a hablar con Felicitas. Juntas lo vamos a solucionar, vas a ver. ¡Ese malnacido va a pagar caro hacerte sufrir! Pero ahora tenés que serenarte. Primero es necesario encontrar el remedio para sanar a tu madre. Esta noche voy a lo de mi abuela, ella sabrá que hacer, no tengo dudas -- exclamó con convicción.
-- Rubén está en la estancia de Dolores supervisando la cosecha de trigo, de modo que eso es un alivio para mí -- suspiró Rosario secándose las lágrimas.
-- Sí, un verdadero alivio. Prometeme que si ese cerdo llega a violentarse me lo decís sin pérdida de tiempo. Lautaro nos va a ayudar. Él no no va a permitir que te golpeé.
-- No, Pipa, no. A Lauti nada de esto. No debe enterarse. Rubén lo mataría. Por favor, no se lo cuentes -- le imploró desesperada.
-- Calmate Rori, no se lo voy a contar aunque no estoy de acuerdo. Y ahora trata de dormir un poco. Necesitamos estar fuertes para tu madre y a Rubén...¡ojalá lo parta un rayo!
Rosario sonrió con tristeza anhelando que el deseo de Felipa se hiciera realidad.


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