FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 8
Buenos Aires, Enero de 1819
El calor agobiante la impulsó a abandonar la recámara buscando una brisa fresca a orillas del río. Con sigilo descendió de la cama, él dormía profundamente. Como de costumbre, apenas le dio un frío beso en la mejilla acompañado de un "Buenas noches, querida". Eso era todo, ni una caricia ni una palabra de amor. Casi un año después de la boda, estaban allí, en la quinta de verano, en las afueras de la ciudad, compartiendo con la familia su postergada luna de miel. Rosario lloró su error. "¿Por qué me empeciné en este matrimonio?, ¿por qué no escuché los consejos de mi madre, de mi hermana y Felipa? ¿Por qué fui tan tonta? El profundo amor que le profesaba hoy es un profundo odio".
Rubén expuso decenas de pretextos para no realizar el viaje de bodas, todos sin fundamentos. Ella aceptó la decisión de su marido con sumisión y con la tonta esperanza de hacerlo realidad más adelante.
Felicitas y Darío hicieron un corto viaje a Montevideo. La muchacha no deseaba estar fuera de Buenos Aires mucho tiempo por temor a que Darío sufriera una recaída. Si bien la salud de su marido era buena últimamente, ella era muy precavida y deseaba tener todo bajo control.
Rosario sonrió al recordar el rostro eufórico de su hermana al regresar. Se la veía feliz y agradecida a la vida por haber cruzado su destino con el de Darío, un hombre que la amaba con desesperación.
¡Cuánto envidiaba a Felicitas y a Felipa! Se avergonzó de ese sentimiento egoísta. "Si sufro es exclusivamente por mi culpa, por mi necedad. El nunca me amó".
Se cubrió con un mantón bordado con hilos de seda multicolores, cerró con cuidado la puerta del dormitorio y en puntillas cruzó el comedor encaminándose hacia la cocina. Todo estaba en penumbras. Sus pies desnudos gozaron al ponerse en contacto con el frío piso de piedras. Salió a la intemperie por una puerta trasera. El cielo estrellado le dio la bienvenida y la luna, muy oronda, la tiñó de plata. Corrió como una chiquilla traviesa los pocos metros que separaban la casona de la ribera.
Parecía un hada medieval: el viento cálido golpeaba su rostro haciendo que su largo cabello castaño se desplegara como alas de mariposa. El mantón resbaló por su espalda dejando en evidencia sus suaves curvas a través del camisón de gasa transparente. Toda ella era luz.
Lautaro la observaba de lejos apoyado en el tronco de un sauce que una tormenta de verano arrancó de raíz. No podía apartar su mirada de aquella visión mágica de otra dimensión. Obnubilado, recordó las historias de su abuela, una poderosa "Machi" de su tribu, una curandera capaz de resucitar muertos.
Rosario, bella y etérea, le recordó la leyenda de "Nube Azul", esposa del cacique Melín a quién amaba perdidamente. Cuando él se ausentaba, ella no hablaba con nadie hasta que regresara, y sólo derramaba lágrimas de amor. Cierta vez el ejército de los blancos atacó la toldería en una tristemente célebre campaña para desterrar a los indígenas de las Pampas. El grupo de ranqueles comandado por el cacique Melín fue emboscado y masacrado sin piedad. De la matanza sólo sobrevivió Nube Azul, que a lomo de su caballo huyó hasta llegar a una laguna. Y allí, aterida de dolor, maldijo a los blancos antes de morir.
Las palabras de su abuela flotaban en las sombras de la noche: "Los antiguos aseguran que en las noches de lluvia el espíritu de la india sopla y sopla para que el agua llegue hasta el pueblo de los blancos buscando su aniquilación. Dicen también que hasta que no haya un acto de desagravio por tamaña matanza, su espíritu lleno de furia, dolor y amor por su hombre, seguirá rondando y los males no cesarán para el maldito invasor".
Lautaro apreció el brío de esa india indómita en Rosario. Envuelta en una nube de gasas y sedas, parecía flotar sobre la bruma que se desprendía de las aguas del Plata. La vio detenerse frente a la inmensidad del río y como una paloma herida por un flecha certera, desplomarse en la arena húmeda. Sin pensarlo, salió disparado hacia ella. Debía abrazarla...debía saber que le sucedía.
Se arrodilló a su lado, ella ni se movió. Notó que lloraba y se atrevió a tomarla entre sus brazos. Era la primera vez que tocaba su piel. Lo quemó. ¡Cuánto la deseaba! Desde pequeño la deseaba...la amaba en secreto. Sólo Alejo sabía de su sufrimiento.
Ella no se opuso al contacto, todo lo contrario, descansó en su cuerpo. Rosario lentamente levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron. Ella sonrió con timidez, él la imitó. Permanecieron en silencio...enlazados... descubriéndose.
Sin meditarlo, la besó. El, el indio bastardo, nieto de "Chamanes", besó con codicia y pasión a la princesa blanca, la niña de sus sueños...y ella, no sólo lo permitió sino que le correspondió.
-- Rori -- se escuchó decir mientras saboreaba el dulzor de su boca.
"Soychu ha premiado mi paciente espera", pensó agradecido al dios Sol por el tesoro que tenía entre sus brazos. La tendió con delicadeza sobre la arena y él se recostó a su lado sin dejar de besarla. Conteniendo sus tremendas ansias de ella, desabrochó uno por uno los diminutos botones de la pechera del camisón. Temblando, dejó al descubierto los pechos níveos, turgentes, que lo invitaban a saciar su sed. Se apoderó de ellos, no con rudeza como lo hacía Rubén, sino con ternura, con reverencia.
Rosario jadeó y él, envalentonado, recorrió con sus manos ásperas y callosas la piel sedosa y fragante de su amada. Olía a moras silvestres, dulces y frescas.
-- Te quiero, Rori, siempre te quise, en silencio y sufriendo por creerte inalcanzable -- le confesó.
-- Lautaro, fui una tonta. Persiguiendo un espejismo, no advertí el verdadero amor. Ahora lo sé...estoy segura. Yo también te amo, siempre lo supe, pero me negué a aceptarlo -- Lautaro la escuchaba sorprendido.
-- ¿Cómo ibas a querer a un indio inorante y encima tuerto? Vos sos una princesa, como esas de los cuentos que Alejo nos leía en nuestro refugio de la ribera cuando éramos chicos, ¿te acordás?-- hablaba sin interrumpir sus caricias, cada vez más atrevidas.
-- ¡Shh! -- Rosario lo silenció poniendo un dedo sobre sus labios, él inmediatamente, lo atrapó entre sus dientes y lo saboreó como si fuera azúcar.
-- Jamás vuelvas a repetir eso de "indio ignorante y tuerto". Perdiste el ojo en una batalla defendiendo la libertad de nuestra Patria. Te respeto y admiro por eso. Y si no acepté mi amor por vos fue por miedo al rechazo social. Soy muy cobarde...terca, necia y cobarde. Perdón Lauti -- al usar el diminutivo con el que cariñosamente se llamaban en la infancia, lo desarmó. La apretó contra su corazón y la penetró con urgencia. Ella sintió fuego corriendo por sus venas.
Se amaron con intensidad. Por primera vez Rosario gozó. Rubén la ultrajaba, la humillaba; en cambio Lautaro la elevó hasta el séptimo cielo.
Rosario llegó primero al orgasmo, una explosión de sentidos que la hizo volar hasta alcanzar las estrellas. Lautaro creyó que su corazón iba a estallar, tan acelerado estaba. Estar dentro de ella era la gloria. Cuando la tormenta de sentimientos amainó, Rosario se acurrucó junto al muchacho y suspiró.
-- Lo odio -- dijo en voz baja.
-- ¿Te maltrata? Porque si eso hace lo mata ya mesmo -- se enfureció Lautaro.
-- No, sólo me ignora -- respondió para tranquilizarlo revelando sólo una parte de la verdad. Rubén la despreciaba, se burlaba de su inocencia comparándola siempre con su amante, una francesa que conoció en el burdel que solía frecuentar y que luego acomodó en una coqueta residencia en las afueras de la ciudad. Por vergüenza nunca se lo contó ni a su hermana ni a Felipa, menos a su madre. No quería que sufrieran por ella.
-- Rosario prometeme que si ese mal nacido te pone una mano encima me lo vas a contar enseguida -- ante el silencio de la joven volvió a insistir con vehemencia -- ¡Prometémelo!
Ella acarició con ternura el parche que ocultaba la cuenca vacía. El se lo permitió, a ella se lo permitiría todo porque ella era su dueña.
-- Si, mi amor, te lo prometo -- mintió, jamás lo pondría en peligro.
"Mi amor", esas palabras pronunciadas por Rosario y dirigidas a él, lo emocionaron. Nunca, ni en su más loco sueño, creyó escucharlas alguna vez.
-- Tonce, ¿soy tu amor? -- preguntó apocado.
-- Claro que sí, siempre has sido mi amor. Yo fui una tonta que no lo supo ver -- contestó divertida por la turbación de su hombre -- Lauti, debo regresar antes de que Rubén se despierte y no me encuentre.
La ayudó a sacudirse la arena del camisón y del cabello. Pero al tocarla la tentación lo asaltó y sin resistirse volvió a besarla.
-- Debo regresar... -- le repitió apenas convencida. Ella también deseaba prolongar ese momento fascinante y singular.
A regañadientes se separaron. La acompañó tomados de la mano hasta la entrada de la cocina. Un último beso y la promesa de encontrarse al atardecer siguiente sirvió de consuelo para despedirse.
Rosario, con el alma ligera, regresó a la cama. Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Recordó los besos brujos de Lautaro y sonrió ilusionada.
Rubén, a su lado, en sueños añoraba los besos con sabor a opio de su amante.
Lautaro caminó reflexionando sobre lo sucedido hasta su rancho, una pobre edificación en los linderos de la propiedad de su patrón, don Manuel. Al pensar en él se enfureció; lo odiaba y a Rubén, también. "Hijo de puta, si me entero que la hacés sufrir te despellejo vivo".
Al llegar se tiró en el catre, puso los brazos detrás de la nuca y clavó la mirada en el techo de paja. Se distrajo por un segundo con una araña que tejía meticulosa su elaborada tela, trampa para algún insecto distraído.
"¿Y aura?, ¿qué hago? Quiero a la Rosario con mi vida, pero no tengo nada pa´ofrecerle. Vivo en este rancho de mierda, y encima no es mío, es de don Manuel. ¡Todo es de él hasta yo mesmo le pertenezco, carajo! Ella se merece lo mejor y yo no tengo nada, sólo mi amor. De una cosa estoy seguro, no la voy dejar en manos de ese bellaco. Rosario me mintió, sé muy bien que Rubén la trata como si juera un trapo y yo no lo voy permitir. ¡Maldito marica! Me la voy llevar lejos de acá...sí, eso voy hacer. Antes tengo que hablar con el Alejo, él es mi amigo, mi único amigo. El me va a aconsejar, confío en él". Al llegar a esta conclusión cayó en un sueño profundo y tranquilo. Por fin su deseo inalcanzable se había hecho realidad.
Mientras Lautaro cavilaba sobre su situación sentimental, Alejo planeaba la fuga. Ya no esperaría más. Felipa debía acceder. Sus primas ya habían decidido su destino, en cambio ellos... Sí, ese era el momento para huir. No le iba a conceder dilatar la decisión. Se marcharían a la medianoche del día siguiente, sólo le concedería el tiempo suficiente para despedirse de su abuela Filomena y de Felicitas y Rosario. Satisfecho con su determinación, consiguió dormir.
El canto del gallo lo despertó. Se levantó con prisa y fue hasta el río. Zambullirse en las aguas del Plata le sentaría bien, esa mañana debía tener las ideas claras. Se mantendría firme ante Felipa, ella tendría que aceptar sino..."¡Mal rayo la parta si se niega, estoy harto de que siempre anteponga a mis primas o a mi tía mi amor por ella! Esta vez seré duro, sus lágrimas no me conmoverán, sus miedos no me doblegarán. Hoy mismo nos iremos, hoy comenzaremos a amarnos libremente lejos de mi padre y sus amenazas".
Más tarde, regresó a la casa y entró por la cocina. Allí se encontró con Abelarda, que como de costumbre estaba junto al fogón dispuesta a freír decenas de pastelitos de membrillo. Una negra alta y delgada como un junco acompañada por otra, petacona y regordeta, entraban y salían llevando fuentes y tazas hacia el comedor donde estaban preparando la mesa para el desayuno.
-- ¿De adónde vení vo todo mojao? Siguro que te juiste a meter en el río. No te dije que ese río es muy traicionero -- se alarmó Abelarda.
-- Negra quejona, sé nadar y muy bien -- le respondió aireado Alejo. Se sentó a la mesa y comenzó a cebarse unos mates -- No me retes más y dame un pastelito que me muero de hambre.
-- ¡Ja!, vo siempre te morís de hambre. ¿Y por dónde anda el otro hambreao?, el Lautaro. Es raro no verlos juntos a estas horas.
-- Que sé yo, por ahí andará. ¿Acaso soy su niñera? -- le contestó enfadado. Ese día sólo tenía un problema: convencer a Felipa.
-- Parece que hoy te levantastes con la pata izquierda. Ponele azúcar a ese mate a ver si te endulza un poco ese caráter amargo que tené -- lo regañó fastidiada Abelarda.
-- ¿Dónde está Felipa? -- le preguntó suavizando el tono.
-- Está en el dormitorio de doña Rosaura. Sigue indispuesta la doña así que...
-- ¡Puta madre! ¿Y ahora que le pasa a mi tía? -- estalló Alejo presintiendo una nueva negativa de Felipa a huir.
-- ¡Epa! ¡Qué manera es esa de hablar de tu tía! La pobrecita hace ya unos días que se siente mal. Ayer vino el dotor y...
-- ¡¿Qué mierda tiene la tía Rosaura?! ¿Qué carajos dijo el médico? -- Alejo interrumpió a la negra fuera de sí. Siempre sucedía algo que se interponía en sus planes. Pero, ¡basta! Si Felipa se negaba a seguirlo...él se moriría.
-- Algo del estómago, no entendí lo que me dijo la Felipa. Siguro ella te lo va a esplicar mejor que yo. Y tomá -- Abelarda le alcanzó un tarro de barro cocido con yuyos.
-- ¿Qué me das?
-- Ponele al mate unas hojitas de melisa. A ver si con eso te tranquilizas un poco. Hoy estás que te lleva el diablo, muchacho - dicho esto, la negra hizo cuernos con la mano para alejar a Mandinga.
-- No tengo tiempo para tus tonterías, me voy. ¡Asunta! -- llamó a los gritos a la negra regordeta.
-- ¿Qué necesita patroncito? -- la muchacha apareció rápida como un rayo.
-- Busca a Felipa y dicile que la espero en nuestro lugar en media hora -- le ordenó tajante.
-- Ya mesmo voy patroncito -- y secándose las manos en el delantal almidonado desapareció con la misma rapidez con que apareció.
-- Vos tendrías que aprender de ella, negra confianzuda, no pregunta, no averigua, sólo obedece -- Alejo amonestó a Abelarda antes de abandonar la cocina dejando a la negra con la boca abierta.
-- ¿Qué le andará pasando a este mocito? Ni comió...¡qué raro! Y con lo rico que me salieron los pastelitos... -- Abelarda se quedó mirando la puerta por donde salió Alejo mientras masticaba pensativa la deliciosa confitura.
Felipa estaba muy preocupada. En el transcurso de una semana la salud de doña Rosaura declinó abruptamente. No toleraba los alimentos sólidos, sólo jugos de fruta y caldos de verdura o pollo. El doctor diagnosticó indigestión, pero Felipa dudaba. Debía consultar con su abuela, ella sabría que hacer. Esa misma noche iría a verla.
Doña Rosaura dormía, un sueño agitado, por momentos deliraba llamando a sus hijas.
-- Rori, querida, ten cuidado -- suplicó al borde del llanto.
-- Doña Rosaura, tranquila. Rosario está bien -- le susurró y con un paño embebido en vinagre le humedeció la frente. Unos golpecitos en la puerta la sobresaltaron.
-- Soy yo, Felipa, la Asunta. ¿Puedo pasar? -- preguntó con timidez la negra.
-- Pasá, pasá -- respondió la joven sin apartarse de la enferma.
-- ¿Cómo está? -- se interesó señalando a la mujer -- ¡Está más blanca que la leche! -- se asombró llevándose una mano a la boca.
-- ¡Baja la voz Asunta! Me temo que está peor que ayer. ¿Qué querés? -- se impacientó.
-- Me manda el patroncito Alejo. Quiere que vayás dentro de media hora al lugar que vo ya sabé.
-- Está bien. ¿Podés quedarte con doña Rosaura? Sólo tenés que refrescarla con estos paños y darle de beber agua cada tanto con una cuchara -- le pidió con una sonrisa.
-- Claro, andá no ma´pué -- Asunta siempre estaba dispuesta a ayudar a Felipa porque muchas veces la defendió del acoso de Rubén. En una oportunidad hasta recibió diez latigazos por protegerla. Aún hoy recordaba el estallido de locura que tuvo Alejo al descubrir el castigo que su hermano le impuso a Felipa. Como un enajenado se lanzó sobre Rubén. Si no hubiese intervenido el padre Agustín que estaba de visita, Alejo lo hubiera golpeado hasta desmayarlo. Rosario, al enterarse, se encerró en un silencio absoluto que duró una semana.
"¡Nunca!, entendés, ¡nunca más vuelvas a poner tus mugrosas manos encima de Felipa! ¡Nunca!" lo dijo con tal ferocidad que Rubén, el prepotente, quedó paralizado ante la reacción de su hermano. El recuerdo la hizo estremecer y sin más empujó a Felipa hacia la puerta.
-- Andá, andá, no lo hagás esperar. Voy a cuidar muy bien a la patrona, no te priocupés -- la animó con una sonrisa desdentada.
Por el camino, Felipa, volvió a trenzar su cabello lustroso, ajustó el moño de seda roja que lo adornaba y se acomodó la blusa de encaje blanco.
A medida que se acercaba al galpón donde solían encontrarse para hacer planes y amarse, el corazón le comenzó a galopar como un potro desbocado. ¡Cuánto lo amaba! Por las mañanas se despertaba ansiando verlo y por las noches se dormía soñando con sus besos posesivos.
Alejo la vio llegar por la orilla del río y corrió a su encuentro. La espera lo estaba matando. Ella lo esperó con los brazos abiertos. Se fundieron en un abrazo coronado por un beso de fuego.
-- ¿Qué pasa Alejo? -- preguntó cuando recuperó el aliento.
-- ¿Es que tiene que pasar algo para que quiera verte? Quiero verte porque sos el aire que respiro, ¿todavía no lo sabes?--volvió a besarla, con violencia...con ardor desmedido.
-- Alejo -- suspiró. Ella lo amaba tal cual era: posesivo, iracundo aunque también, generoso y desinteresado. Él la amaba entregando todo de sí, la protegía, la consolaba, la escuchaba, la respetaba y la hacía reír.
-- ¡Vamos! Tengo que decirte algo importante -- la tomó de la mano y corrieron hasta el galpón. La sentó, como cuando era una niñita, sobre una parva de alfalfa seca y mirándola fijamente le dijo:
-- Esta noche nos fugamos.
-- ¿Esta noche? -- el temblor que Alejo percibió en la voz de Felipa lo alarmó y enojó.
-- Sí, a la medianoche te espero aca -- Felipa lo escuchaba boquiabierta. ¿Cómo decirle que eso era imposible? No podía abandonar a doña Rosaura.
-- Alejo -- comenzó _ No podem...-- no pudo continuar porque él le tapó la boca con la mano. Su mirada fiera la asustó.
-- ¿Por qué no? ¿Cuál es el nuevo motivo para que posterguemos nuestra huida? ¡Estoy harto Felipa, harto! ¿Me oís? ¡Harto! Si no estás aca a la medianoche, parto solo y no me vas a volver a ver -- explotó con violencia.
-- Comprendé Alejo, tu tía está enferma, me necesita... -- Felipa no pudo frenar el llanto, lo perdería, estaba segura.
-- Mi tía tiene dos hijas para que la cuiden -- Alejo le daba la espalda, no soportaba verla llorar, no quería transigir...esta vez ¡no!
-- Le debo mucho a doña Rosaura. Ella me protegió, me dio la misma educación que a Felicitas y Rosario. Y lo que es más importante, me dio su cariño, la libertad. No puedo abandonarla -- dijo secándose las lágrimas que persistían en derramarse descontroladas.
-- ¡Y a mí sí podés abandonarme!, ¿verdad? -- Alejo giró y la encaró con vehemencia -- Basta de mentiras Pipa, vos no me querés.
-- ¡Cómo se te ocurre! Claro que te quiero , sólo que...
-- Sólo que antes que yo están Felicitas, Rosario, mi tía...¿quién más? A sí, tu gato...y quizás algún esclavo al que le das algo más que tu compasión -- ni bien lo dijo se arrepintió pero ya era tarde, la herida estaba hecha. Felipa lo abofeteó con ira.
-- Sos un...un... -- Alejo aferró los brazos de la joven que no cesaban de golpearlo en el pecho.
-- Decilo, un loco. Pero loco de amor por vos y no soporto que me dejes a un lado. Siempre los demás son más importante que yo. Hasta cuando vamos a vivir de esta forma, escondiéndonos, besándonos a hurtadillas sin poder declarar nuestro amor abiertamente. Te quiero Pipa y quiero vivir a tu lado libremente. Hacé lo que quieras, si esta noche no estás aca, me voy solo y jamás vas a saber de mí -- la soltó con delicadeza, volteó hacia la puerta y cabizbajo desapareció por el sendero del río.
Felipa quedó de rodillas llorando desconsoladamente. "Lo perdí", se repetía.
Al mediodía se presentó en el dormitorio de doña Rosaura, ojerosa y pálida. Los ojos irritados de tanto llorar. Asunta se sorprendió al verla en ese estado.
-- ¿Qué te pasó, pué? -- se inquietó la negra bajando la voz para no despertar a la enferma.
-- Después te cuento, ¿cómo está? -- preguntó acercándose a la cama y tomando una mano de la mujer.
-- Bien, duerme tranquila. Le bajó la fiebre, pero vomita todo el agua que le doy.
-- Ya no sé que hacer. Se va a deshidratar. ¿Felicitas vino a verla?
-- La niña Felicitas se jue con el marido pa´la ciudá -- le informó muy seria.
-- ¿Regresó a la ciudad? ¿Por qué? -- se extrañó Felipa de la decisión de Felicitas encontrándose la madre en grave estado.
-- Ah, no sé. No me preguntés porque no sé nada má. Y ahora me voy pa´la cocina que la Abe debe estar que arde porque me desaparecí en el pior momento. Dispué me contás que pasó con el Alejo, ¿eh?
-- Sí, sí, a la tardecita te busco y te cuento. Y...muchas gracias Asunta por cuidar a doña Rosaura.
Una vez sola, tomó asiento cerca de la cama, pegada a la cabecera. Rosaura abrió los ojos y los enfocó en ella. Con mano trémula, le acarició una mejilla.
-- Querida, ¿qué te sucede? -- balbuceó la mujer.
-- Nada doña Rosaura. ¿Cómo se siente?
-- Mal -- fue la breve respuesta teñida de tristeza.
-- Esta noche iré a casa de mi abuela Filomena. Ella sabrá qué hacer. Va a ver como prontito se recupera. Confiemos en la Virgen Morenita -- dijo tratando de infundir optimismo no sólo a la enferma sino a ella misma. Rosaura le sonrió mientras una lágrima rodaba por su mejilla ajada.
Alguien golpeó la puerta. Era don Manuel. Felipa tembló, odiaba estar cerca de él. Siempre se escabullía para no toparse con ese viejo libidinoso que aprovechaba toda ocasión para manosearla o intentar besarla. Nunca se lo contó a Alejo, temía que al enterarse matara a su padre. Sus únicas confidentes eran Felicitas y Rosario, ellas eran su escudo...la protegían interponiéndose siempre a los avances del ladino. Doña Rosaura ahora poco podía hacer por Felipa, su extrema debilidad se lo impedía. Lejos quedó la mujer impetuosa y enérgica que una vez fue.
-- ¿Cómo se encuentra mi hermana? _ preguntó con frialdad mirándola fijamente.
Felipa retrocedió hasta casi chocar contra la pared. Él la siguió lentamente hasta casi pegarse a ella. Felipa giró la cabeza hacia doña Rosaura que permanecía inmóvil en la cama.
Manuel tomó entre sus dedos la trenza de Felipa que le colgaba a un costado del rostro y que le llegaba hasta la cintura. Adrede le rozó uno de los pechos y ella pegó un salto. Él sonrió con sorna.
-- Ya no tienes a nadie que te proteja de mí. Mi pobre hermana yace en la cama. Felicitas y Darío viajaron a la ciudad en busca de un médico recién llegado al país que dice tener la cura para Darío...¡ilusos! Y Rosario...bueno, que puede hacer esa pusilánime. Me dirás entonces que tienes a Alejo, tu amante. Lamento contrariarte, mi pequeña putita, Alejo se ha ido. ¿Por qué esa cara de sorpresa? ¿Acaso no se ha despedido? ¡Qué pena! Eso sí, me recomendó que te cuidara. Y yo pondré especial celo en hacerlo.
-- ¡Mentiroso! -- gritó descontrolada y su grito despertó a Rosaura.
-- Felipa, ¿eres tú? -- trató de incorporarse pero en el intento cayó pesadamente sobre la almohada.
La joven empujó a don Manuel sacándolo de su camino y se apresuró a ayudar a doña Rosaura.
-- ¿Por qué gritas? ¿Manuel?, ¿que haces aquí? -- apenas pudo pronunciar las palabras, su voz era pastosa.
-- ¡Cómo que hago! He venido a saber como te encuentras. Estoy muy preocupado por ti, hermanita -- parecía sincero.
-- Felipa, déjame con él. Tú vete a comer algo -- le pidió forzando una sonrisa. Todo era un esfuerzo para ella.
-- Pero... -- si bien deseaba huir de esa habitación, no quería dejarla con don Manuel. Intuía que el hombre tenía algo que ver con la enfermedad de doña Rosaura. Y sus presentimientos nunca fallaban.
-- Por favor, querida -- insistió con tono desfalleciente. Felipa accedió inquieta y sin advertir la mirada lasciva de don Manuel, se marchó. Rosaura sí interpretó a su hermano.
-- Déjala en paz -- susurró.
-- ¿A qué te refieres? No comprendo -- dijo con inocencia.
-- Bien lo sabes. Ellos se aman. No te interpongas.
-- Sigo sin comprender -- se obstinó Manuel. Jamás aceptaría la unión de su hijo con una esclava, además una esclava que le calentaba la sangre. Ella le pertenecía y soñaba con montarla como a una yegua salvaje.
-- Hazlo por mí. Concédeme este último deseo. Felipa no es una esclava, no te pertenece, es libre -- Rosaura empleó los restos de su fuerza para convencer a ese hombre más duro que el pedernal.
-- Querida, no digas eso. No vas a morir. Ya sé que que le has regalado la libertad a pesar mío, pero a los ojos de la sociedad siempre será una esclava -- expresó con altivez.
-- Manuel no la persigas, no intentes someterla -- le suplicó y un ataque de tos le impidió continuar hablando. Gotas de sangre mancharon el lienzo blanco que Rosaura se llevó a la boca. Manuel no se sorprendió.
-- Ves lo que consigues esforzándote, debes descansar y dejarte de preocupar por tonterías. Ahora lo importante es que te recuperes. El doctor Arriaga confía que sanarás -- mintió. "No puedo hacer más por su hermana. Ni la sangría ni los emplastos han dado resultado. Solamente la quinina ha logrado bajar la fiebre, sin embargo mi diagnóstico es pesimista".
Rosaura no pudo insistir, se sentía devastada. "¿Por qué me sucede esto justo ahora? Mis niñas me necesitan, sobre todo Rosario. Aunque trate de ocultármelo, sé que está sufriendo, no es feliz y temo que Rubén la esté maltratando. Y Felipa, la pobrecita, la más desamparada...¿qué será de ella sin mi protección?", reflexionó con el espíritu quebrado. El grito de Manuel pidiendo ayuda la sobresaltó.
-- Asunta, rápido, ven a atender a tu señora -- la negra llegó inmediatamente y el patrón abandonó la habitación sin mirar a su hermana.
"Te queda poco tiempo hermanita. Ya me deshice de Alejo. Ninguno de los dos estorbará los planes que he trazado para expandir mis campos. Si es necesario aniquilar una población entera de indios para obtenerlos, lo haré, cuento con la ayuda de Rubén y de mi amigo, el doctor Arriaga. Y lo mejor de todo, en esos planes estás incluida tú, mi pequeña Felipa. Pronto serás mía, sólo mía".

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