FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 7
Buenos Aires, Marzo de 1818
Los meses pasaron como un soplo, para algunos, cálido; para otros, gélido.
Felicitas y Rosario, felices e ilusionadas, esperaban el día de su boda. En cambio...
Alejo blasfemaba y rumiaba su furia. La fuga frustrada que planificó con esmero y entusiasmo se vio frustrada por el inminente casamiento de sus primas.
Felipa se opuso rotundamente en abandonar a sus amigas en tan trascendental momento. ¿Acaso no lo amaba con la misma desesperación con la que él lo hacía?
"¡Maldito sea su noble corazón!, siempre anteponiendo las necesidades de los demás a nuestro amor!", pensó aturdido por el dolor. Toda su impotencia la descargó golpeando bruscamente con sus puños el tronco del árbol en que se apoyaba para meditar su desventura. Se encontraba en la estancia que pertenecía a su familia. Aprovechó la urgencia de su padre por entregar una carta al administrador de la estancia, para huir de la casa, de Felipa y de todo el alboroto provocado por los preparativos de las condenadas bodas. Hubiera deseado que Felipa le rogara que no se fuera...pero no, ella lo dejó ir sin más.
"Te comportás como un crio caprichoso", las palabras frías de la mujer que siempre amó eran espinas clavadas en su corazón. Ya se iba a arrepentir de haberlo maltratado. Sí, claro que sí.
Había cabalgado sin descanso durante dos días, apenas unas escasas horas para que los caballos descansaran y se alimentaran. El apenas comió, sólo tomaba vino carlón de la bota.
Lautaro, su inseparable compañero, compartía con Alejo el dolor y el desasosiego. Mientras Alejo se embriaga con vino, él lo hacía con aguardiente. Buscaba aturdirse, sofocar la desesperanza que lo mataba sin compasión.
Amaba hasta la locura a Rosario. Siempre lo hizo, desde la primera vez que la vio llegar asustada a casa de don Manuel tomada de la mano de su madre. La sintió frágil, como los cacharros de arcilla que fabricaba en sus momentos de ocio y que luego vendía en el mercado. Desde ese momento decidió brindarle su protección. Ella no lo sabía, pero él se convirtió en su sombra. Nadie le haría daño, ¡nunca! Mucho menos el tránfuga de Rubén...pero ahora ella sería de ese canalla y ¡su mundo se quebró en mil pedazos! Muchas veces Alejo le aconsejó que se la quitara de la cabeza. De la cabeza podría ser, pero del alma...¡jamás! Si ella era su alma.
Lautaro era consciente de sus desventajas: un indio pobre e ignorante. Nada tenía para ofrecer, sólo un amor infinito. Le dolía que Alejo no lo comprendiera, al fin de cuentas su amigo pasaba por una situación parecida a la de él. Don Manuel nunca permitiría que una esclava, hija de una negra, se casara con uno de sus hijos. Su linaje quedaría manchado con sangre negra.
"Alejo es así, cuando sufre es un egoísta de mierda, pero igual lo quiero", reflexionó y una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.
Esa tarde lo vio salir de la casa alicaído tomando un camino solitario. Lo llamó sin obtener respuesta. Preocupado, lo siguió de lejos. Cuando Alejo comenzó a despotricar y a golpear como un endemoniado el tronco nervudo del quebracho, Lautaro corrió a serenarlo.
-- ¡Alejo!, ¡amigo!, ¡basta ya! -- lo tomó de los hombros apartándolo del árbol.
-- Esa mujer me está matando Lautaro. No sé vivir sin ella -- y como un niño desprotegido, comenzó a llorar. Lentamente se deslizó hasta la hierba húmeda por el rocío y allí, en cuclillas, continuó lamentándose.
-- La amo más allá de todo entendimiento, pero ella se niega a escapar -- gritó colérico atragantándose con las lágrimas.
-- Ella no se negó, sólo te pidió esperar un tiempo. La Felipa está muy unida a tus primas -- intentó consolarlo Lautaro.
-- Ese es el problema Lauti. Pipa siempre antepone a mis adorables primitas a mí -- se quejó irascible.
-- No digás pavadas, la Pipa te adora. Vas a ver que cuando lo del casorio termine se escapa con vos. En cambio yo...
-- En cambio vos, ¿qué? -- Alejo por primera vez rompió el cascarón de su sufrimiento para notar la amarga tristeza de su amigo.
-- Nunca voy a tener a la mujer que quiero -- dijo derrumbándose.
-- Lautaro no te imaginas cuánto lo siento. Me duele no poder ayudarte...aunque...¡si huimos los cuatro! -- exclamó asombrado de su propia idea.
-- El problema es que la Rosario no me quiere, Alejo. Ella quiere al malnacido de tu hermano -- le aclaró quebrado.
-- ¿Alguna vez le declaraste tus sentimientos? -- la mirada desafiante de Lautaro lo intimidó _ Sí, sí, yo siempre te aconsejé no hacerlo. ¡Me equivoqué!, ¡carajo!, ¡me equivoqué!
-- Igual no me hubiera animado. Una señorita de su clase qué se va a fijar en un indio pordiosero como yo -- se lamentó -- Además ya es tarde, esta noche se casa con el Rubén.
-- Lautaro, lo siento tanto. Perdón por no haberte comprendido, soy un egoísta hijo de mierda que sólo mira su puto ombligo. Perdóname hermano.
Se dieron un abrazo fuerte, cálido, un abrazo que reafirmaba la gran amistad que los unía.
- Y ahora basta de mariconadas y volvamos pa´la casas. Seguro que la Pipa te está esperando -- lo alentó Lautaro secándose las lágrimas con la manga de la camisa -- Y yo...yo le voy a decir adiós a mi sueño.
-- Sos un gran tipo Lautaro -- le expresó con sincero cariño.
Con gran prisa partieron hacia la ciudad a pesar del aguacero que se desató. Ninguna tormenta impediría que esa misma noche Alejo durmiera en los brazos de su amada.
El dormitorio de Felicitas y Rosario era un verdadero desastre. Vestidos, enaguas, medias de seda y corsets tirados por todas partes. Y en medio de aquel alboroto, dos bellas jóvenes se descubrían ilusionadas en el enorme espejo veneciano.
-- ¡Están preciosas hijitas! -- Rosaura emocionada no pudo contener el llanto.
-- Mamita no llore -- dijeron al unísono las dos muchachas abrazando a su madre,
-- Lo único que le ruego al Cielo es que sean felices. Ustedes son lo más preciado para mí, si las viera sufrir mi corazón no lo soportaría -- continuó diciendo entre lágrimas.
-- ¡Como no ser feliz con Darío! Es el hombre que amo desde pequeña. Él lo es todo para mí -- declaró Felicitas alborozada.
-- Pero su enfermedad...-- se angustió Rosaura.
-- ¡Su enfermedad está controlada! ¡Yo la tengo bajo control! - se enfadó
-- ¡Felicitas!, ¿qué sabes tú del mal que aqueja a Darío? Hace años que está bajo el cuidado del doctor Albarracín y aún hoy no pudo hallar la cura -- las tristeza le nubló la mirada a la mujer.
-- Mamá, el amor que nos une es la mejor cura -- nunca le revelaría todo cuanto había investigado sobre la epilepsia en los libros prohibidos que de contrabando adquirió en la librería de don Manuel García Blanco; menos aún le confiaría sus visitas a doña Filomena para que la asesorara sobre yuyos medicinales, yuyos que obraron milagros para mitigar las convulciones de Darío.
-- ¡Ojalá así sea querida! -- Rosaura omitió decirle sus dudas, no quiso oscurecer la alegría de su hija. "Siempre estaré a tu lado, seré tu sostén en los malos momentos que seguramente deberás atravesar", pensó con pesimismo.
-- Mamita, por mí tampoco se preocupe. Soy inmensamente feliz -- expresó rozagante Rosario.
-- Espero que Rubén sepa apreciar el tesoro que se lleva, mi querida Rosario. ¿Estás segura de tu decisión? Todavía estás a tiempo de desistir -- Rosaura temía por su hija menor. Nunca le gustó la idea de casarla con ese muchacho agresivo y altanero. Tampoco comprendió el cambio repentino de Rubén: hoy decía amar a Felicitas y de pronto se casaba con Rosario.
"Estaba confundido tía. La belleza avasallante de Felicitas me perturbó, no me permitió apreciar la bondad y la dulzura de Rosario. Es a ella a quien amo", le declaró el joven con seguridad una tarde del mes de enero durante la merienda en la quinta del Retiro.
Ella trató de dilatar el tema todo lo que pudo. No deseaba a ese hombre junto a su pequeña Rosario. Sin embargo, la muchacha saltó de alegría cuando le contó la proposición de su primo.
-- ¡Ay mamá!, ¡qué felicidad! -- la vio girar por toda la habitación celebrando la noticia que a ella le quebraba el alma.
-- Mamá estoy completamente segura. Lo amo -- la rotundez de las palabras de su hija la trajeron al presente diluyendo las imágenes de un pasado reciente.
-- Entonces no tengo más que agregar. ¡Las quiero! -- las abrazó otra vez, pero con mayor intensidad. Su corazón de madre le advertía que oscuros nubarrones se avecinaban, pero también sabía que ella estaría firme junto a sus hijas, como bastión en la tormenta.
-- Aquí traigo los ramos...¡uy!, ¿interrumpo? -- Felipa permaneció en la puerta del dormitorio presenciando el tierno cuadro familiar. En ese momento añoró más que nunca a su madre. "¡Cuánto daría por sentir la calidez de tu abrazo! ¡Te extraño tanto mamita!".
-- Pasa, pasa Felipa. ¡Que bonitos han quedado los ramos! -- se asombró Rosaura.
Felipa, ahogando sus lágrimas se acercó a las mujeres con una sonrisa.
-- Muchachas, ¡que lindas están! -- Felipa admiró sin envidia a sus amigas. Parecían dos hadas, como las del cuento que una noche de lluvia Darío les leyó después de la cena. "Undine", un hada del agua, se casaba con un hidalgo caballero para ganar un alma inmortal. A Felipa le encantaban esas historias llenas de magia y misterio. Le hacían recordar los relatos de su madre.
"Cuando conocí a tu padre se me cortó la respiración. Era tan buen mozo y gentil...¡gentil conmigo una pobre esclava! El, un hombre importante, se fijó en una negra ignorante y tonta. Nunca entendí que vio en mí, pero me amó y yo lo amé a él con la misma pasión. Jamás dudes del amor de tu padre, Pipa. Phillip prometió regresar por mí y hasta el final de mis días lo voy a esperar. Sigo creyendo en su promesa".
Su madre era un hada de ébano enamorada de un caballero inglés, un aristócrata que le robó el corazón. Muchas veces durante las largas noches de invierno, cuando aún vivían juntas en la casa de don Alfredo Torres, la escuchaba llorar ocultando la cara en la almohada para no perturbar su sueño.
-- ¿Por qué llorás mamita?
-- Por nada, tesoro. Me duele un poco la cabeza, una pavada - solía responder, pero ella, a pesar de ser pequeña, sabía que su madre lloraba por aquel hidalgo caballero y sus besos de fuego.
Y ahora, delante de ella, Felicitas y Rosario, etéreas en sus vestidos de novia, flotaban entre tules y encajes, níveos como copos de algodón.
-- ¡Están preciosos, Pipa! -- Felicitas tomó con delicadeza el ramo de peonias y orquídeas. Rosario la imitó, aceptando el ramo de rosas y azahares.
-- Los hice poniendo en ellos todo el cariño que siento por ustedes, mis amigas del alma. Ruego a la Virgen Morenita que sean inmensamente felices -- las tres se abrazaron. Siempre estarían unidas para ayudarse y consolarse.
-- Somos más que amigas, Pipa, somos hermanas -- prorrumpió conmovida Felicitas.
-- ¡Hermanas! -- repitió Rosario dando un beso sonoro en la mejilla a Felipa.
Todas rieron, incluída Rosaura. Si sus hijas eran felices, ella también lo era. Los reparos a aquellas bodas los guardó en un rincón de su corazón, hoy debían disfrutar; mañana, Dios diría...
Al romper el abrazo notaron que Felipa lloraba.
-- Niña, ¿qué te sucede? -- se preocupó la madre de las jovenes. La tomó de la cintura obligándola a sentarse en una de las camas. Ella se acomodó a su lado sosteniéndole las manos, las tenía heladas. Rosario y Felicitas las rodearon espectantes.
-- Vamos Felipa, ¡cuéntanos! -- la alentó doña Rosaura.
-- No quiero traer tristeza en este día especial -- respondió sin levantar la mirada. Sus lágrimas, como perlas, caían sobre su regazo.
-- ¡Tonterías! Habla de una buena vez. ¿Es por el terco de Alejo, verdad? -- presionó alterada la mujer -- Pues claro, ¿quién más puede hacerte llorar? -- adivinó Rosaura ante el silencio de Felipa. Sólo Alejo era capaz de hacerla sufrir con tanta intensidad -- Cuando regrese me va a escuchar. Pero dime, ¿por qué se pelearon esta vez?
Felipa no podía revelarle el verdadero motivo del enojo de Alejo. No podía confesar que deseaban fugarse, que Alejo se enfureció cuando ella se negó a partir justo en la boda de sus amigas y que por eso mismo huyó exasperado a la quinta de Retiro dejándola sola y alterada.
"Te vas a arrepentir de tu estúpida decisión Pipa. Siempre hay otro antes que yo. Muy bien quedate con tus amiguitas, yo me voy...¡Adiós!", al recordar las hirientes palabras se le crispó la piel.
-- Está bien, no me lo digas. Seguramente fue por sus tontos celos -- escuchó decir a doña Rosaura -- No llores querida, no vale la pena. Cuando ese muchacho necio regrese, se las verá conmigo.¡Habrase visto!, hacer sufrir a nuestra hermosa Pipa ---- y en el abrazo que le dio la mujer sintió la ternura de su madre.
Rosario, solícita, le acercó un vaso de agua.
-- Vas a ver como regresa mansito, con el rabo entre las patas suplicando tu perdón -- le dijo convencida Felicitas.
"¡Ojalá!", rogó Felipa mientras el agua fresca sofocaba el temor de su corazón.
La ceremonia matrimonial fue breve, pero sumamente emotiva. Se realizó en la amplia sala de los Gómez Castañón. Abelarda, al mando de las cinco esclavas que se desempeñaban en la casa, se encargó de los arreglos florales. Enormes ramos de jacintos, rosas color té y peonias blancas engalanaron cada rincón. Una guirnalda de helechos, musgo y azahares, se desplegaba sobra la mesa que ofició de altar. Allí el padre Agustín unió a las parejas "hasta que la muerte los separe".
Al oír aquellas palabras, Felicitas sintió un gusto amargo en la boca, parecía una profecía lúgubre. "Señor que la maldita Parca tarde muchísimo en irrumpir en nuestras vidas", rezó apretando con fuerza el rosario de nácar que dormía en su mano. Al levantar la mirada, los ojos color caramelo de Darío entibiaron su corazón. "Todo saldrá bien querida, ni la mezquina muerte podré separarnos", el mensaje de la mirada de su marido le dio paz. "Te amo", los labios dibujaron la declaración en forma silenciosa mientras se acercaban para sellar el pacto con un beso dulce como la miel.
Rosario fijó su vista en el anillo que coronaba su dedo anular. Una alianza de oro con un pequeño diamante rodeado por dos rubíes. ¡Por fin era la mujer de Rubén!, y sin embargo experimentó un vacío que no supo comprender. Amaba a ese hombre, pero no debía engañarse, también le temía. Ese era el secreto que guardaba en su corazón, si lo hubiera revelado, su madre habría impedido el enlace. "¡No! todo saldrá bien...eso espero", pensó con angustia. Observó a su flamante marido y lo notó distante, frío. De repente la beso en los labios y el beso le resultó soso. Inspiró profundamente y sonrió, debía fingir felicidad.
-- ¡Un brindis por los recién casados! -- gritó Manuel contagiando su entusiasmo a los pocos invitados, amigos íntimos de la familia. Todos levantaron sus copas rebosantes de vino rojo exclamando deseos de bienaventuranza para los jóvenes.
-- ¡Hijitas! ¡Hijitas! -- Rosaura se acercó a las muchachas abrazándolas con amor y temor.
-- Mamita, tranquila, seremos felices...¡somos inmensamente felices!, ¿verdad Rori? -- aseveró Felicitas persiguiendo con su mirada al hombre de sus sueños.
-- Claro, claro -- la apoyó Rosario aunque las dudas la asaltaban insidiosas. Quiso ir junto a Rubén, pero lo descubrió conversando animadamente con el abogado de su tío. Resolvió quedarse junto a su madre y esperar a que él la buscara.
Felipa lo observaba todo con sus enormes ojos azules anegados de lágrimas. Era feliz por sus amigas, pero su corazón estaba lejos, muy lejos...con Alejo. "¿Volveré a verte?", y ese pensamiento sombrío terminó por derrumbarla. Tomó coraje, se secó las lágrimas y corrió donde Felicitas y Rosario.
-- Les deseo lo mejor, ustedes se lo merecen.
-- Vos también merecés ser feliz, Pipa. Seguro que ese testarudo de Alejo aparece en cualquier momento. Si todos sabemos que no puede vivir sin vos -- trató de consolarla Felicitas.
-- Y hablando de Roma... -- remató con picardía Rosario al ver a su primo muy elegante asomándose en la recepción.
El corazón de Felipa pegó un brinco. Giró lentamente y lo vio entre los invitados. Sus miradas se cruzaron y un rayo cruzó sus almas. Y entonces, ya nada existió en torno a ellos, todos desaparecieron. Sólo eran él y ella.
Manuel carraspeó con nerviosismo al ser testigo del sorpresivo encuentro. No toleraba la relación entre su hijo menor y la esclava. La codiciaba con locura. Muchas veces, por las noches, un fuego voraz se encendía dentro de él volviéndolo cenizas, el fuego del deseo. "Disfruta de su cuerpo hijo mientras puedas, porque te juro que esa puta será mía", rumió malhumorado. Verla pasar a su lado con movimientos gráciles le provocó una erección que disimuló sentándose rápidamente detrás de la mesa de las confituras. La fragancia de Felipa lo enajenaba, despertaba sus más bajos instintos. Ahogó su rabia en una copa de jerez al verlos marcharse tomados de la mano. "Pronto, pronto, serás mía".
Los enamorados, ajenos a la rabia de don Manuel, se perdieron en la noche estrellada, noche de luna llena. No se dirigieron la palabra hasta llegar a su refugio, el galpón abandonado en las cercanías del río. Alejo la tomó con desesperación, con apetito salvaje. Ella se entregó sin reparos, con ansias de ser devorada por esa pasión transgresora.
-- Alejo no vuelvas a dejarme, tu abandono me dejó en carne viva -- lloró mientras él la comía a besos.
-- Nunca más, te lo juro -- le dijo sin apartar los labios del cuello tibio de la joven.
Hasta la luna se sonrojó al presenciar la sensualidad y el erotismo de los malabares sexuales que desplegaban los amantes. Felipa y Alejo, perdidos en un mar de caricias infinitas, disfrutaban de su unión. Yacieron sobre un colchón de paja. Para ellos, precioso tálamo, y una vez saciados, continuaron tocándose, respirándose.
-- Perdón -- murmuró con vergüenza, arrepentido por haberla hecho sufrir -- Soy un egoísta. Perdón mi amor.
-- ¡Shh! Lo importante es que ahora estamos juntos. Te amo más que a mi propia vida Alejo. Jamás dudes de mi amor. Se me desgarra el alma cuando lo hacés -- le dijo con la voz impregnada de tristeza.
El no respondió. La cubrió con su cuerpo y la pasión volvió a estallar.
En su habitación, Darío y Felicitas también disfrutaban de sus cuerpos.
-- Sos tan hermosa -- Estaban desnudos sobre la cama. Un dosel de tul los cobijaba. Darío pasaba una pluma de faisán sobre la tersa piel de su mujer. Ella, con los ojos cerrados disfrutaba del exótico masaje. La excitación se apoderó de ellos y ebrios de pasión se extraviaron uno en el otro.
En el dormitorio vecino Rosario respiraba aliviada. Rubén dormía profundamente. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas mojando la almohada de suave seda. Una vez finalizado el banquete nupcial, Rubén la llevó a la habitación. La desnudó con rapidez, la tiró sobre la cama y sin contemplaciones, la desvirgó. Besos vacíos. Nada de caricias, nada de palabras románticas, sólo sexo...un sexo yermo.
-- Ahora dormite -- le dijo con sequedad -- Mañana muy temprano parto para la estancia. Tengo unos asuntos que arreglar -- en realidad debía encontrarse con su amante que lo esperaba en un pueblo cercano a la zona del Retiro.
-- Te acompaño -- Rosario luchaba por no llorar, por no gritar de dolor.
-- No es necesario. Es mejor que te quedes a descansar. Estos últimos días han sido de mucho trajín. Cuando regrese prometo llevarte a Córdoba -- mintió -- Allí tenemos una casa entre las sierras. Estoy seguro que te va a gustar -- Rubén no soportaba a Rosario, apenas lo atraía. La orden de su padre retumbó en sus sentidos:
--Urge que te cases con Rosario. Con sus dos hijas atadas a nuestra familia Rosaura no me quitará su apoyo económico.
-- Padre, no la amo -- lo enfrentó por primera vez en su vida, él, el hijo obediente.
-- ¡Maldito sea Rubén! Si no lo haces nos iremos a la ruina. Debo mucho dinero. La cosecha de trigo fue desastrosa, tú lo sabes. Tuve que pedir varios préstamos para enfrentar la situación y ahora mis acreedores me están acorralando, amenazan con embargar la estancia.
-- Darío se casará con Felicitas. ¿No es eso suficiente para que la tía no te de la espalda? -- intentó hacerlo cambiar de opinión. Casarse con esa remilgada era un verdadero estropicio.
-- ¡Mierda Rubén! Te casarás con Rosario y punto. Darío y Felicitas me importan un carajo. El enfermo de tu hermano es un inepto para los negocios, vive entre remedios y doctores. Además no quiero que meta sus narices en mis asuntos delicados...
-- Querrás decir ilegales, porque el contrabando es ilegal - Manuel lo abofeteó con violencia por su impertinencia.
-- Esos negocios ilegales son los que te dan de comer y permiten que mantengas a tu amante -- le escupió fuera de sí -- No me contradigas Rubén, estamos pasando por una situación límite. Te necesito, tú eres fuerte y astuto, en cambio tu hermano es un pusilánime. Seguramente pronto morirá...
-- Entonces yo me caso con la viuda y se solucionan todos los problemas -- sonrió satisfecho por encontrar una salida más placentera.
-- ¡Puta madre! ¡Basta de sandeces!Te casarás con la boba de Rosario, fin de la discusión.
No podía defraudar a su padre, corría el riesgo de perder su afecto y de ser desheredado. Jamás permitiría que la Iglesia, como ave carroñera, se abalanzara sobre su patrimonio. ¡Curas réprobos, ávidos de riquezas!
"Como cordero al matadero", pensaba en el momento en que repetía con repulsión las promesas matrimoniales: "hasta que la muerte nos separe". "Me encargaré de que eso suceda muy pronto", juró ante la cruz de Cristo que presidía la ceremonia.
La hizo suya despojado de todo sentimiento. La erección la logró pensando en Felicitas, en su rostro perfecto, en su boca carnosa, en sus pechos turgentes, en sus curvas apetitosas. Y luego de desfogar su lujuria, cayó rendido en un sueño profundo, mientras Rosario humillada, lloraba.
La noche cayó sobre la casona de los Gómez Castañón como un velo de ilusión para algunos, como el filo de una guillotina para otros.
Felicitas y Darío, dormían entrelazados...como una sola carne.
Rosario y Rubén, en una misma cama, pero separados por una muralla de hielo.
Felipa y Alejo, cuerpos sudorosos ávidos de placer, encadenados a un amor más fuerte que la muerte.

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