FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 5
En el agitado mes de Mayo los patriotas debatían el futuro del Virreinato del Río de La Plata en la casa del conocido comerciante Rodriguez Peña, sin obtener resultados positivos.
Manuel Belgrano, un joven periodista y fogoso militar, exhausto por la agotadora vigilia de esos días, irrumpió en la sala donde se debatía acaloradamente. Con la mano sobre su espada exclamó que si el Virrey Cisneros no abdicaba él se encargaría de derribarlo con las armas.
Fue así como el 25 de Mayo de 1810 los vecinos, reunidos en Cabildo Abierto, decidieron destituir a Cisneros y formaron una Junta de Gobierno en nombre del rey Fernando Vll.
En 1813, una Asamblea Constituyente dictó la libertad de vientres de las esclavas y puso fin al tráfico de esclavos, entre otras disposiciones.
Años después, el 9 de Julio de 1816 en Tucumán, los representantes de gran parte de las provincias reunidos en un Congreso decidieron romper los lazos que todavía unían a los pueblos con la Corona española e iniciar el proceso de construir un "Estado independiente" de cualquier dominación extranjera.
Este Congreso General Constituyente declaró la independencia, objetivo demorado desde 1810.
El Río de La Plata sostuvo la revolución, pero en un clima de profundos desacuerdos entre las provincias y Buenos Aires. Las fronteras de esta última provincia eran amenazadas por la contrarrevolución.
Fernando Vll organizó expediciones de reconquista para reprimir a los insurgentes americanos y volverlos a la obediencia.
Por ese motivo, todos los esfuerzos del incipiente Gobierno se orientó a la defensa de las fronteras, destacándose la actuación del General San Martín, reconocido como "el libertador de América".
Buenos Aires, Septiembre de 1817
Felicitas, sentada junto a la ventana, vio a Felipa en el patio regando los malvones de Rosaura. Sonrió al pensar como amaba su madre esas flores y como Felipa las cuidaba con esmero sólo por complacerla.
Desde el año 1813 Pipa ya no era esclava. Rosaura le concedió la libertad y ella, desde entonces, la adoró.
Manuel, por supuesto, se opuso considerando esa decisión un capricho absurdo de su hermana, pero sus objeciones no tuvieron eco y él tuvo que tragarse la rabia.
Rubén también protestó, aunque al sentir la mano de Felicitas sobre la suya pidiendo comprensión, desistió inmediatamente.
Alejo se preocupó, no deseaba que Felipa abandonara la casa...la quería junto a él. Sin embargo, su inquietud se trocó en alegría cuando la muchacha continuó como doncella de Rosaura.
En ese momento, Felicitas se sobresaltó cuando Alejo apareció por detrás de Felipa y le cubrió los ojos susurrándole algo al oído. Ella rió y él, todavía cegándola, la besó en el cuello. Luego la volvió hacia él estrechándola con fuerza mientras la besaba en los labios. Felicitas sonrió.
"¡Cuánto se aman esos dos y cuántos cambios en estos siete años! Ya no somos aquellos niños traviesos para los que la vida era sólo un juego. Salvo para Pipa, claro. ¡Pobrecita! Ella sufrió tanto por culpa de doña Aurelia Torres y después, por el agrio de mi tío. Pero como suele decir ella, su Virgen Morenita nunca la desamparó: primero conoció a Alejo y luego a nosotras.
Recuerdo esa primera Navidad que vivimos juntas cuando mi primo le regaló el gatito. Desde ese momento jamás se despegó de él. ¡Sí , ahí está, ronroneando con su cola enroscada entre las piernas de Pipa! ¡Bribonzuelo! Un tarde casi se come de un zarpazo el pajarito que encontramos mal herido al pie del frondoso urunday. Se había caído del nido que su madre fabricó en las ramas altas del árbol. Rosario lo recogió con cuidado y lo llevamos a nuestra habitación. Allí lo pusimos sobre un pequeño almohadón de plumas cerca de la ventana para que le diera el calorcito del sol. Día y noche nos turnábamos para vigilarlo. Alejo y Lautaro conseguían el alimento, lombrices que desenterraban en el jardín. Felipa le daba de beber agua de a gotitas con un algodón húmedo. Hasta Darío colaboró fabricando una jaula para cuando se recuperara.
¡Darío, mi querido Darío! La primera vez que mis ojos se cruzaron con los suyos supe que sería mi amor. Me dolió su rechazo, pero luego, al aceptar mi amistad fui inmensamente feliz. Y ahora...ahora lo amo y él a mí.
Voy a ser médica. Nadie lo sabe, sólo Pipa y Rosario. Sé que es una locura que una mujer estudie, está mal visto, pero no me importa. ¡Yo seré medica! y encontraré la cura para las crisis de Darío. En los libros prohibidos sobre medicina que le compré a don Gervasio y que leo a escondidas, descubrí que Darío sufre de "epilepsia", una enfermedad del cerebro. El tío Manuel la llama "enfermedad sagrada" porque es considerada como un castigo de Dios...¡Imbécil! En realidad, él es el castigo para esta familia. ¡Ojalá muy pronto nos liberemos de él! Lo noto viejo y agobiado...
Felipa me contó en confidencia que su abuela Filomena es una bruja poderosa, fue ella la que le causó la muerte a la odiosa doña Aurelia, ¡bien hecho!
Me propuse tener una conversación con doña Filo, ella sabe mucho de yuyos, quizás sepa de alguno que ayude a calmar el malestar de Darío. Hipócrates lo denomina "convulsiones", eso fue lo que leí ayer.
Rubén continúa en el ejército del General San Martín muy, muy lejos de aquí. Su acoso me estaba desquiciando. No sé qué le ve Rosario. Vive suspirando por él.
¡Cuánto disfruté cuando Rubén le comunicó al tío su decisión de formar parte del ejército libertador! El viejo casi revienta. Su hijo dilecto por primera vez se enfrentó a él, fiel defensor de los intereses de la corona española. Pero el viejo zorro pronto cambió de parecer al comprobar el avance victorioso de los criollos sobre los realistas. Lo primero para él es resguardar sus bienes y sus inversiones.
Ruego que Rubén permanezca por mucho tiempo en Chile. Me avergüenza reconocerlo, pero deseé con todas mis fuerzas que se cayera del caballo mientras cruzaba la Cordillera de los Andes y se extraviara entre esas cumbres cubiertas de nieve. ¡No, por desgracia no se cristalizó mi deseo! Llegó ileso a Chile y hoy su padre se enorgullece de él y del triunfo del ejército patrio que logró la Independencia del país hermano.
Alejo y Lautaro, siempre juntos, marcharon hacia la provincia de Tucumán con el Ejército del Norte al mando del general Manuel Belgrano. No pudieron realizar una cuarta expedición al Alto Perú como era el sueño de Belgrano, pero fueron enviados hasta Tarija donde obtuvieron pequeñas victorias hasta que fueron derrotados en Chuquisaca teniendo que huir para no ser apresados. Los dos regresaron a principios de junio, fatigados y demacrados. Alejo, herido de bala en una pierna y Lautaro con un ojo menos. El tío Manuel apenas se inmutó delante de su hijo herido. Frío como una lápida mandó llamar al doctor de la familia para que lo atendiera.
Felipa casi se muere del susto cuando vio a Alejo llegar con muletas. Con la ayuda de mi madre, lo cuidó con fervor hasta que pudo caminar por sí solo. "Pipa, no llores, pronto será el mismo Alejo de siempre y lo verás saltar como una cabra salvaje", solía animarla.
A Lautaro lo asistí yo con la ayuda de Rosario. Mi pobre hermana se desmayó cuando le quité la venda y quedó al descubierto la cuenca ocular vacía. Lautaro se avergonzó tanto...creo que está perdidamente enamorado de Rosario".
– ¡Felicitas! – la voz de su enamorado interrumpió sus pensamientos – ¿Qué mirás con tanto interés? – Darío fue hasta ella, le tomó la mano y con delicadeza la acercó a sus labios y la besó. Un fuego exquisito recorrió el cuerpo de Felicitas excitándola.
– Pipa y Alejo merecen ser felices – suspiró Felicitas – Como lo merecemos nosotros – dijo con ardor tirando el libro de poemas del cordobés Tejeda y Guzmán sobre la cama de Darío. Esa soleada tarde primaveral hablaban con libertad. Abelarda que siempre los acompañaba oficiando de chaperona había acudido a la cocina ante el llamado de doña Rosaura. "Esta doñita es muy culta, pero muy bruta cocinando", se quejó mientras dejaba olvidado su tejido sobre la silla que ocupaba.
– Eso va ser difícil mi amor, todo está en nuestra contra: mi enfermedad, mi padre, tu madre, nuestro parentesco...¡además soy un perfecto inútil, Feli, no te merezco! – se lamentó desolado.
– ¡Basta! No digas tonterías. Sos todo para mí. Juntos lucharemos para lograr tu cura...juro que yo la voy a encontrar. Nada ni nadie impedirá que estemos juntos. Pipa y Alejo también lo van aconseguir.
El silencio de la siesta no pudo sosegar la pasión de los dos jóvenes que se entregaron sin pudor a la danza del amor.
En la biblioteca Manuel trazaba planes, escabrosos planes para Felipa. "Hace mucho que te deseo. El tiempo de la siega ha llegado".
La luna resplandecía en su trono de estrellas cuando entró a hurtadillas en el dormitorio. Ella dormía profundamente. Se detuvo al pie de la cama a contemplarla.
"Bella, bellísima", sus ojos acariciaron con veneración la piel sedosa, tentación acuciante; deseó esos labios, tibios y carnosos y anheló enredarse en besos de fuego; sus manos temblaron, ansiosas por sumergirse en ese cuerpo delicado, su manantial de pasión.
Alejo se acercó a ella con cautela, no quería pertubar su sueño, aunque en realidad, ¡sí!... sus sentidos rugían frente a ella.
Felipa sintió su presencia, aún en sueños. Lentamente abrió los ojos, más azules que un cielo de verano y sonrió al verlo. Tendida en la cama, extendió los brazos invitándolo...Alejo no lo pensó dos veces y sin controlarse saltó sobre ella.En ese momento las palabras carecían de valor, sólo las caricias y los besos eran los soberanos. Alejo rozó los labios de Felipa y profundizó el beso mientras se adueñaba de sus pechos turgentes. Felipa gimió de placer. Él se arrodilló entre las piernas de ella y con el pulgar estimuló el clítoris. Felipa sintió que se derretía como la nieve bajo el sol. Él era fuego, el sol de su vida. Él era el artesano y ella, arcilla en sus manos. La penetró con rudeza y ella lo gozó. Lo amaba así, salvaje, indómito.
Felipa lo abrazó experimentando la fortaleza de los músculos viriles. Pasó la lengua sobre ellos, saboreando la fina película de sudor que los cubría. Se aferró a él con desesperación. Él era su ancla, su refugio. Al llegar al orgasmo sofocó el grito, debían ser cautos. Su amor debía permanecer en secreto. Al menos por ahora.
A él nada le importaba, sólo su amor por Felipa y por ese amor estaba dispuesto a todo. El ruego y las lágrimas de ella, siempre temerosa, habían evitado que hasta el momento enfrentara a su padre.
Alejo, extenuado, se tumbó a un lado y Felipa se acurrucó junto a él sin romper el abrazo.
– Te amo – le susurró ella.
– Si eso es cierto permitirás que hable con mi padre. Estoy cansado de amarte a escondidas – sonó hastiado.
– ¡No!, por favor, ¡no!-- empujada por el miedo se levantó de un salto. Su desnudez recortada por la luz de la luna le provocó a Alejo una nueva erección.
Llamado por el deseo fue al encuentro de ella y la tomó por detrás. Esta vez Felipa no pudo ahogar el gemido que brotó desde su vientre. Sintió que por sus venas corría fuego líquido, fuego que la volvía cenizas.
Alejo la embestía como un toro bravío y ella, con los ojos cerrados, arañaba la pared que los contenía mientras repetía: "más...más...así, así...más amor mío".
Terminaron en el suelo hechos dos guiñapos. En el silencio de la noche la respiración entrecortada de los amantes competía con el canto de los grillos. El sueño los venció quedándose dormidos sobre una alfombra raída con sus cuerpos enlazados. Antes del amanecer un lamento desgarrador la despertó.
– ¡Alejo! – lo zamarreó con el corazón desbocado por el miedo.
El forcejeó maldiciendo. Pasados unos segundos recuperó la conciencia, sintiéndose aturdido.
– ¿Otra vez la misma pesadilla? – la mirada de la joven lo perforó llegándole hasta el alma.
– Si – dijo cubriéndose los ojos con una mano – No quiero hablar de ello.
– Los que se aman no tienen secretos. Me callé, no insistí, pero ahora quiero saber. ¿Qué pasó en aquella batalla?¿Acaso no confiás en mí? – insistió Felipa.
– Claro que confío, solo que no quiero preocuparte.
– Tu silencio me duele, siento que me apartás de tu vida – las primeras luces del alba resaltaban el brillo de sus ojos, tan dulces, tan hechiceros.
Él, finalmente, comenzó a desgranar la historia que le oprimía el corazón.
– Eramos 400 soldados encomendados por el General Belgrano a Lamadrid para avanzar hasta Oruro, distrayendo así al enemigo. En territorio tarijeño se nos unió un ejército de montoneros redoblando nuestras fuerzas. En la batalla de "La Tablada" conseguimos liberar Tarija. Este triunfo significó la captura de armas, municiones, víveres y prisioneros. Luego, ebrios de gloria, marchamos hacia Chuquisaca, y fue allí donde...
Alejo se interrumpió, la vista perdida en un pasado plagado de fantasmas, de espíritus sedientos de venganza. Felipa presionó su mano sobre la de él instándolo a continuar. Él la miró perplejo, otra vez estaba en el infierno.
– El enemigo nos sorprendió a medianoche. Casi no combatimos. En un momento conversaba con Lautaro recordando viejos tiempos, tiempos de nuestra infancia, el tiempo en que te conocí; y en otro momento luchaba cuerpo a cuerpo por mi vida. Los gritos de dolor de mis compañeros atravesados por las bayonetas, me aturdían. Los relinchos de los caballos desorientados en la contienda, las descargas de los fusiles y los cadáveres, cientos de cadáveres, Pipa, todos amigos, personas con las que luché por dos años, con las que compartí sueños, ideales, confidencias...¡muertos! No sentí la bala que me atravesó la pierna. ¡No!, sólo sentía dolor por lo que me rodeaba. Y después lo ví. Lautaro apuntando a un realista y antes de que pudiera disparar, otro se le tiró encima y le aplastó la cara con una piedra y después, después ya no tenía un ojo, ¡se lo habían reventado!...¡Dios! y yo no pude hacer nada, no pude ayudarlo, ¡no pude! – exclamó desgarrado.
Felipa lo acunó en sus brazos transmitiéndole todo su amor.
_ No pudiste ayudarlo porque estabas impedido, amor, no podías moverte. Tenías la pierna destrozada y Lautaro lo sabe – le recordó entre sollozos.
– Pensé que me moría sin volver a verte y eso me hirió más que cualquier bala.
– Pero eso no sucedió. Estamos juntos ahora y siempre lo estaremos – se unieron en un beso, eco de la pasión que los consumía.
– Pipa, es necesario que le cuente a mi padre este amor que sentimos. No alarguemos este tormento. Te necesito conmigo.
– No lo hagas Alejo, todavía no – fue una súplica queda, aterciopelada.
– Sufrimos demasiado Pipa, merecemos ser felices – le dijo pasándole un dedo por la mejilla arrebolada.
– Lo sé, pero tu padre no permitirá lo nuestro. Nos separará, estoy segura – mortificada se colgó del cuello del joven y comenzó a llorar angustiada.
– Entonces escaparemos... – decidió.
Al día siguiente Felipa despertó feliz. Estaba a punto de alcanzar su sueño más preciado: amar libremente a Alejo.
Él le propuso escapar y ella estaba dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo. Saltó de la cama con el corazón exultante. Se sentó frente al espejo, regalo de doña Rosaura cuando cumplió quince años. hacía dos años ya, y comenzó a trenzarse el cabello, brillante y oscuro como una noche sin luna.
De pronto, la sonrisa de satisfacción que le devolvía amigablemente el espejo, se borró con brusquedad. Un negro pensamiento como un pájaro de mal agüero se posó en su alma: don Manuel. El peine de madera cayó de su mano. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y un escalofrío le recorrió la espalda.
El recuerdo de aquella tarde nunca la abandonaba. Ella estaba sola en el saloncito de costura. Allí solía reunirse por las tardes luego de la siesta con doña Rosaura, Felicitas y Rosario. Ese día, las jóvenes y su madre estaban haciendo compras en la Recova: telas recién llegadas de Europa.
Felipa no lo sintió llegar, tan concentraba estaba en su bordado. Se le acercó con la cautela de un depredador para no asustar a su presa. Con delicadeza inusitada, pasó sus manos por el cuello de Felipa. Ella, sorprendida y asustada, tiró su labor y se puso de pie de un salto.
– ¿Qué se le ofrece don Manuel? – balbuceó Felipa mientras los latidos del corazón le retumbaban en las sienes.
– A ti – le contestó exudando lujuria.
Felipa intentó huir, pero él, adelantándose a su intención, la tomó por la cintura y la apretó contra su pecho. Estampó su boca en la de ella ahogando el grito de auxilio. Felipa sintió náuseas al saborear la saliva del hombre, se retorció entre los brazos de hierro que la aprisionaban excitándolo aún más.
– Una fierecilla, así me gustas – le dijo al oído interrumpiendo el beso.
–¡Suélteme! – primero le suplicó, luego se lo ordenó – ¡Suélteme, bestia! – en un impulso le dio un rodillazo en la entrepierna. El hombre la soltó entre maldiciones.
– ¡Puta!, eso es lo que eres, una asquerosa puta. Acaso piensas que no sé que te revuelcas todas las noches con el imbécil de mi hijo. Pues bien, eso se acabó, de ahora en adelante calentarás mi cama...serás mía, sólo mía, ¿has entendido? – vociferó perdiendo los estribos.
– Nunca, me escucha, ¡nunca! Antes muerta – le escupió con rabia e impotencia.
– Muy bien, si así lo quieres…– Manuel, con un movimiento rápido, desenfundó el facón que siempre llevaba consigo y apoyó su filo en el cuello de la joven.
Ella no se resistió. "Que termine esta locura de una vez", pensó entregada. De repente alguien, ella no sabía quién porque las lágrimas desdibujaban su entorno, llegó en su rescate.
– ¡Desquiciado! ¿Qué te propones? ¡Déjala!-- Rosaura lo golpeó furiosa con los puños en las costillas.
Felicitas y Rosario presenciaban la escena aleladas.
– Niñas, ¡fuera! – ordenó Rosaura sobrepasada por la inesperada situación.
– Ya no somos niñas, madre. Y comprendemos perfectamente que tío Manuel está caliente con Pipa. Somos testigos del acoso que le inflige día a día – Felicitas se desbordó.
– ¡Hija!, ya basta. Llévate a Felipa, debo hablar con mi hermano...¡a solas! – Rosaura estaba perpleja. Felicitas y Rosario estaban al tanto del atroz comportamiento de Manuel y ella, no. "¡Ciega!, ciega y necia", se repitió con amargura.
Las jóvenes abrazaron a Felipa y la condujeron hacia la cocina. Felipa lloraba. Rosario le preparó un té sedante de manzanilla y valeriana mientras Felicitas la consolaba con palabras dulces, llenas de afecto.
– Por favor muchachas, no le cuenten lo que pasó a Alejo. Mataría a su padre, estoy segura – les rogó. Sus ojos, irritados de tanto llorar.
– Seremos una tumba, ¿verdad Rosario?
– Claro – y con una sonrisa le acercó el té.
– Qué sería de mí sin ustedes y su madre. Junto a mi abuelita Filomena son mis ángeles guardianes.
Más tarde, sus amigas le contaron la feroz conversación que se desató entre doña Rosaura y su hermano.
– En definitiva, Pipa, mi madre lo vapuleó de tal manera que lo dejó hecho un saco de huesos. Lo amenazó con quitar el capital que invirtió en la sociedad que los une, algo sobre propiedades o campos, no sé, no entiendo, si no deja de hostigarte. Lo que sí entiendo es que el viejo decrépito se meó encima cuando mamá lo amedrentó, parece que su economía tambalea. Amiga mía, ya puedes respirar tranquila.
De repente Rosario, hecha un vendaval, la volvió al presente arrancándola de sus recuerdos tenebrosos. Felipa se sobresaltó. “Y ahora, ¿qué?”.
– ¡Felipa!, ¡Felipa estoy desesperada! – llorando se arrojó en sus brazos.
– Rori, ¿qué pasa? – preguntó consternada.
– El tío Manuel quiere que Felicitas se case con Rubén – respondió mientras una cascada de lágrimas bañaba sus mejillas.
– ¿Rubén? ¿Acaso regresó ya? -- preguntó sorprendida.
-- Sí, anoche pasadas las once. Y está más guapo que nunca -- suspiró. Felipa la miró sintiendo pena por ella. ¿Cómo una joven tan bondadosa pudo haber puesto sus ojos en un ser tan bellaco?
-- Y Felicitas, ¿cómo reaccionó?
– Lo mandó a la mierda – dijo fregándose los ojos.
Felipa la miró asombrada conteniendo una carcajada que no tardó en surgir. Ambas comenzaron a reír..
En eso estaban cuando la puerta volvió a abrirse de forma violenta. Felicitas entró despotricando.
– Viejo hijo de puta, ¿quién se cree qué es? No tiene ningún derecho para obligarme a casar con su estúpido hijo – estalló colérica.
– Rubén no es estúpido – lo defendió tímidamente Rosario.
– No te entiendo Rori, ¿qué le ves a ese pedazo de mierda? Es altanero, vanidoso, egoísta...
– Yo lo quiero…– dijo con timidez.
– ¡Entonces casate vos con él! – le gritó desaforada con los brazos en jarra.
Rosario estalló en llanto nuevamente.
– Felicitas no seas tan dura con Rori – intercedió entre las hermanas Felipa – Calmate y sentate entre nosotras – la invitó corriéndose a un lado. El viejo sillón apenas las contenía.
– Es que me duele que le hayas entregado el corazón a un pérfido – expresó con tristeza mientras acariciaba el gato de Felipa que saltó sobre su regazo.
– Yo lo amo, sólo sé eso – la mirada cálida de Rosario, preñada de inocencia las conmocionó.
– Rori, pequeña, él te va a hacer sufrir. Es peor que el tío Manuel – trató de hacerla entrar en razón su hermana.
– Felicitas quiere lo mejor para vos...yo también, y Rubén no lo es – agregó Felipa.
– Mi razón lo entiende, pero mi corazón, no – tartamudeó entre lágrimas.
– Bueno, bueno, chiquita, si amás a ese energúmeno, nosotras te vamos a ayudar a conquistarlo – determinó Felicitas limpiándole la respingada nariz con un delicado pañuelo de encaje blanco.
– Pe-pero yo no existo para él, él te quiere a vos – se lamentó como una niña a la que le roban un dulce.
– Yo ya lo rechacé. Le grité en la cara que estoy enamorada de Darío. Que se entere de una buena vez y de paso el tío también.
– ¡Santa María! Y ¿cómo reaccionaron? – se espantó Felipa.
– El tío me pegó un bofetón que me hizo ver las estrellas – alterada se pasó la mano por la mejilla aún enrojecida – Y Rubén me gritó contrariado: "Te vas a casar conmigo, maldita mal criada. Si hubiese sido por mí te hubiera tomado a los quince años. Al carajo los remilgos, esta misma noche vas a ser mía"-- lo remedó con grandes aspavientos.
Felipa y Rosario la miraban boquiabiertas admirando la valentía de Felicitas y escandalizadas por la actitud de Rubén.
– Imagino que doña Rosaura salió en tu defensa.
– Por supuesto. Se interpuso entre Rubén y yo tratando de calmar las aguas mientras el ogro del tío fumaba un cigarro tras otro – Felicitas, me dijo mamá, ya tienes veinte años...casi eres una solterona, debes casarte.
– Por supuesto que me voy a casa, pero con Darío. Hace tiempo que soy su mujer – les confesé con serenidad.
– Y mamá, ¿qué dijo? – se asustó Rosario.
– Mamá se desmayó – Felipa y Rosario pusieron los ojos como platos – Abelarda que escuchaba escondida detrás de la puerta de la sala, corrió a buscar las sales; el tío se atoró con el humo de su cigarro y Rubén estrelló contra el piso uno de los jarrones preferidos de la tía Carmen. Alejo, que llegaba del establo, trompeó a Rubén por romper uno de los recuerdos de su madre. Y en medio de esa catástrofe apareció Darío. Me tomó del brazo y enfrentó a su padre con hidalguía: "Ella es y será mi mujer, le pese a quien le pese. Felicitas está dispuesta a compartir conmigo la cruz de mi enfermedad. Dios sabe cuánto me negué, pero su amor doblegó mis miedos y hoy la amo con todas mis fuerzas y estoy dispuesto a enfrentar cualquier peligro por ella".
– ¿Eso dijo? – Rosario estaba sorprendida; su primo enfermizo, en apariencia pusilánime, presentando armas con una hombría avasallante...¡Increíble!.
Felipa era consciente de los valores de Darío: tímido, pero no cobarde; inteligente, bondadoso. Y, sobre todo, amaba a Felicitas con una entrega total. Recordó que cierta vez le confió: " Pipa, tengo miedo...miedo de amarla. Me avergüenza esta cruel enfermedad que me tiene prisionero desde la infancia. Ella no se merece estar al lado de un hombre inútil, pero este sentimiento que me brota de los huesos me tortura y me llena de esperanzas a la vez. Estoy enloqueciendo, Pipa...¡estoy loco de amor por ella!".
– Entonces, el tío Manuel – continuó Felicitas – pálido como la luna, se acercó a Darío y... ¡prepárense para lo mejor!, lo miró a los ojos y le dijo : "Mereces ser feliz, hijo. Tienes mi bendición". Lo abrazó y luego se esfumó dejándonos atontados. Alejo fue el más asombrado de todos, enseguida buscó una botella de vino blanco y brindamos. Mamá nos abrazó y nos prometió su ayuda. Eso es todo – concluyó con una sonrisa triunfal.
– Mamá es una reina, siempre nos da su apoyo – aseveró emocionada Rosario.
– ¿Y Rubén? – Felipa no creía que el orgulloso joven aceptara la situación tan mansamente.
– ¿Rubén? Me grito: "¡Zorra mal cojida!" y desapareció blasfemando – la sonrisa se transformó en risa y la risa, en estruendosas carcajadas contagiando a las otras dos, que estaban estupefactas por el colorido relato – ¡Ay chicas!, ¡soy tremendamente feliz! – concluyó levantándose del sillón y con algarabía comenzó a girar como un trompo por toda la habitación. Agotada cayó a los pies de Felipa y Rosario que, alegres, aplaudían.
– Y ahora tracemos nuestro próximo plan – jadeando clavó sus ojos en ellas con picardía.
– ¿Plan? – Rosario tembló imaginando la próxima locura de su hermana.
– Campaña: "Enamorar a Rubén". ¿Qué te parece Rori? – sin permitir una negativa de parte de su asustadiza hermana le consultó a Felipa – ¿Tu abuela Filomena sabe hacer hechizos de amor?
¡Y comenzó el aquelarre!

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