FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 4

 




Esa mañana se presentó tormentosa. La lluvia fue un alivio para los habitantes del barrio "El Candombe". Vivir hacinados y en la miseria empeoraba con el calor sofocante del verano.

Filomena, siendo leal a su costumbre, se levantó al alba. Luego de ordeñar la cabra se dispuso a amasar un poco de pan de maíz para el desayuno. Un alboroto inusitado la sobresaltó. Curiosa, abrió la puerta de entrada del rancho limpiándose las manos llenas de harina en el delantal raído. El corazón se le detuvo ante la escena que se dibujó delante de sus ojos.

Un carruaje tirado por cuatro caballos se detuvo frente a la vivienda y la mismísima doña Aurelia Torres bajó majestuosamente de él con la ayuda de un esclavo escuálido, uno de los pocos que aún le quedaba.

Con la repugnancia plasmada en su rostro caminó hacia Filomena con cuidado de no pisar la bosta de la cabra. La anciana la esperaba en ascuas y con un nudo en la garganta.

 – Ama Aurelia, ¿a qué se debe el honor de su visita? – Filomena trató de mostrarse cordial a pesar del temor que la atenazaba. "Esta yarará viene a llevarse a la Felipa", discurrió con certeza y tembló.

– ¿Dónde está el maldito engendro? – atropelló a Filomena y entró intempestivamente en el  rancho. Se cubrió la nariz con un pañuelo de encaje perfumado. “Olor a esclavo. ¡Qué horror!”, el asco le trepó por la garganta. Con gran esfuerzo logró aplacar las náuseas.

– La Felipa está durmiendo, es muy temprano todavía.

– Dejate de pavadas y despertala. Se viene conmigo y apurate que el olor de esta casa me está descomponiendo – la interrumpió con violencia – Abrí esa ventana, ¡me estoy ahogando! – con el pañuelo comenzó a darse aire.

– Pero usté me confió a mi nieta. Le prometió a mi hija que estaría siempre conmigo, pué – la enfrentó con temeridad.

– ¿Prometer? Yo, una "señora", nunca hago promesas a negros inmundos y menos a la puta de tu hija – le escupió con rabia – Y cuidate vos también, porque si se me antoja te pongo a fregar pisos hasta el día de tu muerte.

– Yo no soy su esclava, ya no. Su madre, que en paz descanse, me regaló la libertá. Bien guardado tengo el papel que lo confirma – le enrostró decidida.

– Mi madre fue una sentimental y ¡no me cambies de tema, negra bellaca! Trae a la mocosa que no tengo tiempo para perder – le ordenó bruscamente.

– ¿Pa´dónde la va a llevar? – se atrevió a preguntar.

– ¡Qué te importa, negra metida! ¡Felipa! – la llamó corriendo una cortina de lienzo verde desteñido que ocultaba dos catres desvencijados.

– ¡Por lo menos no estará sola, estará con Andra, su madre, ella la va a cuidar! – se esperanzó la vieja.

– ¡Jajaja! – tronaron las carcajadas – Andra murió.

El impacto de la noticia la golpeó con fuerza, todo se desmoronaba...

– ¿Cómo? ¿Mi hija, muerta? Pero, ¿cómo? – Filomena le imploró.  

– ¿Quién sos para pedirme explicaciones? Murió como lo hacen los animales. Ustedes, negros, son "eso", animales sin alma – mientras despotricaba recorría el pequeño espacio con ahínco.

Encontró a la niña acurrucada en la cabecera de su cama. Estaba aterrada. ¿Había escuchado bien? ¿Su querida mamá, muerta? “No, no, no”, repetía balanceándose de un lado hacia el otro sosteniendo a su querida muñeca contra su pecho. Doña Aurelia la tomó del brazo y con violencia la arrastró fuera de la casa. Felipa gritó resistiendo. Filomena gritó rogando clemencia para su nieta.

La anciana se arrodilló frente a doña Aurelia Torres osando aferrarse a la pollera de seda negra importada de Inglaterra que la mujer lucía con orgullo. Cuando lo hizo le desprendió un trozo de puntilla de la enagua.

– ¡No me toques con tus asquerosas manos! – y con inquina le dio un puntapié en la boca del estómago. Filomena casi pierde el sentido por el dolor. Aurelia, riéndose con malicia, se alejó de ella arrastrando a Felipa que lloraba y gritaba pidiendo auxilio a su abuela, que tirada en el barro, maldecía su mala estrella. Algunos vecinos, impotentes, observaban y callaban sofocando la furia. Otros festejaban, ¡por fin se libraban de esa cría malnacida! a la que consideraban "pájaro de mal agüero".

El cochero sentó a Felipa junto a él en el pescante bajo la lluvia que en ese instante se volvió torrencial.

Doña Aurelia, muy cómoda en el interior del carruaje forrado de terciopelo azul, exclamó:

– A la residencia Gómez Castañón.

Cuando el carruaje desapareció, dos amigas de Filomena corrieron a socorrerla. Entre las dos la llevaron con cuidado hasta la casa y la recostaron en uno de los catres. Filomena no lloraba, tenía el rostro transfigurado. Las mujeres, al verla en ese estado se asustaron. Intentaron hacerla beber un poco de agua, pero Filomena se rehusó. Abatidas, se fueron.

Al quedarse sola se levantó lentamente. Cerró la única ventana quedándose a oscuras. Tanteando encontró una vela y la encendió. Entonces buscó cuatro velas más, pero negras, y las encendió también. Las colocó sobre la mesa. Ella permaneció parada unos minutos, el rostro iluminado por la luz titilante de las velas. Luego fue a la parte trasera del rancho. Debajo del delantal llevaba escondido un puñal. La cabra lo vio y supo su destino.

Filomena, de un solo corte certero, la degolló. Llenó un recipiente de barro con sangre; luego le rajó el vientre y le arrancó el corazón. Regresó a la casa para iniciar el rito.

Tomó el corazón y con cinco clavos oxidados pinchó el trozo de puntilla de la enagua de doña Aurelia que había guardado entre los pliegues de su pollera. Con la sangre de la cabra hizo un círculo sobre la mesa. En el centro colocó el corazón sobre una capa de tierra del cementerio que tenía atesorado para esos casos. Cubrió todo con azufre. Luego dispuso las velas negras alrededor del círculo. Filomena comenzó a cantar contoneándose de un lado a otro, los ojos cerrados, los brazos levantados hacia el cielo.

"Señor de la oscuridá escucha mi llamada,

libérame de mi maldita enemiga,

aliméntate de ella y arráncala de este mundo.

No tengas piedá de ella. Amén, amén, amén".

Finalmente bebió la sangre que quedaba en el vaso de barro.

Mientras tanto, doña Aurelia esperaba en la suntuosa sala de los Gómez Castañón. De su mano, Filipa, tiritando y aferrada a su muñeca de trapo, lloraba en silencio. Manuel apareció muy ufano, junto a él, su primogénito Rubén.

– Buenos días doña Aurelia, ¿así que este es el tesoro del que me ha hablado? Una esclava blanca y muy bonita, por cierto. Aunque se la ve débil y pensándolo bien , ¿qué haré yo con esta niña de diez años? No, me parece que no cerraremos trato doña Aurelia – el muy astuto deseaba bajar el precio, sabía de la urgencia de la mujer por vender y jugaba con ello.

– Pero don Manuel, piense que podrá formarla a su gusto. Los años pasan rápido y llegado el momento, sabrá darle placer, se lo aseguro. La madre de esta criatura en su juventud era una amante experta. Además, a pesar de su corta edad, podrá ser de gran ayuda en la cocina o en la huerta – negoció la mujer, necesitaba el dinero con premura.

– ¿Cómo murió la madre? – preguntó Ruben con curiosidad morbosa.

– Descubrí a la muy zorra fregándole las tetas a mi marido, perdone mi vocabulario don Manuel, pero cuando lo recuerdo me hierve la sangre. Como usted sabe mi marido hace tiempo que está postrado en la cama, los médicos no llegan a un diagnóstico definitivo y él se va apagando lentamente – simuló llorar.

En realidad, el enfermo, cuando Andra lo ayudaba a tomar el caldo de gallina prescripto por el doctor, haciendo un esfuerzo enorme logró romper la blusa de Andra y enterrar su rostro cadavérico entre sus pechos. En aquella posición los descubrió Aurelia que inmediatamente mandó que le dieran a la negra cien latigazos. Andra no lo resistió.

– ¡Bien merecido! – estalló el muchacho. 

Felipa escuchó hablar de su madre como si fuera menos que un animal y su corazón se rompió en mil pedazos.

"¡Gente malvada!", gimió su alma inocente. "Mamita, ya sos libre", se alegró al reflexionar.

– ¿Qué decide don Manuel? – Aurelia rogó en forma velada.

– Está bien, cerremos el trato –  se decidió pensando en su hermana Rosaura, viuda recientemente y en sus dos hijas, Felicitas y Rosario, que pronto vendrían a vivir con ellos. Felipa sería una distracción para las niñas. "Un juguete más", consideró satisfecho.

En ese momento entró Alejo empapado. Cuando se percató de la reunión deseó hacerse invisible pero ya era tarde. El grito de su padre lo paró en seco:

– ¡Alejo!

"¿Alejo?", y el corazón destrozado de Felipa pegó un brinco de alegría y esperanza.

– ¡Alejo!, ¿de dónde vienes chorreando agua? – Alejo temió otro castigo, no le importó. La diversión vivida bien lo valía.

– Fui a pescar. La tormenta me sorprendió de camino – respondió contrito.

Y entonces, por el rabillo del ojo la vio, igual de mojada que él. Así que su padre finalmente había cerrado el trato con la bruja. Su corazón dio un brinco de alegría. El reto ya no importaba, sólo importaba la presencia de Felipa en su casa. "Aquí nadie te va a lastimar amiga", le prometió silenciosamente a través de una amplia sonrisa. Ella lo observaba esperanzada mientras los adultos sellaban la venta.

A la mañana siguiente, cuando doña Aurelia abrió la puerta de su dormitorio que daba al patio, quedó paralizada, un grito quedó atrapado en su garganta. Allí, frente a ella, envuelto en puntilla, la puntilla de su pollera y traspasado por cinco clavos oxidados, yacía un corazón en un charco de sangre coagulada. 

 

Pocos días antes de la Navidad, Rosaura llegó a Buenos Aires y se instaló  con sus dos hijas en la casa de su hermano mayor, Manuel. Luego de seis meses regresaba de Francia, país donde murió su marido de un paro cardíaco. El viaje de placer se había convertido en una travesía lúgubre.

La súbita muerte la dejó atónita. Ella lo amaba y respetaba, conformaban un matrimonio feliz. Las niñas, Felicitas de trece años y Rosario de once, eran ahora la razón de su vida.

Cuando recibió la carta de su hermano invitándola a vivir con él y con sus tres hijos, no dudó. Aceptó gustosa y agradecida.

Rosaura contrajo nupcias a los dieciocho años y desde entonces gozó del amor de un hombre justo y generoso que siempre veló por su bienestar. Fue un padre ejemplar y las pequeñas lo adoraban. Ahora, si bien su situación económica era holgada debía enfrentar la responsabilidad de criar a sus dos hijas sola.

Manuel las recibió con una sonrisa. Deseaba tener otra vez una mujer en su casa haciéndose cargo de la dirección de todas las tareas domésticas. Seguramente ella lo ayudaría a encarrilar a Alejo y a cuidar del enfermizo Darío. Rubén era otro cantar, era un verdadero Gómez Castañón.

– Rosaura, querida, ¡qué placer tenerte entre nosotros! – la abrazó con cariño y luego besó a sus sobrinas – Niñas, ¡que grandes están! – se asombró.

– Gracias hermano por recibirnos en tu casa. ¡Me siento tan sola! – Rosaura contuvo las lágrimas para no inquietar a sus hijas.

– Tranquila, siempre estaré a tu lado protegiéndote como cuando éramos pequeños.

– Cómo no hacerlo, ¿recuerdas cuándo me libraste de una zurra segura por haber derramado el frasco de miel sobre el mantel preferido de mamá? – rió con nostalgia.

– Mira que eras traviesa. Espero que Felicitas y Rosario no se parezcan a su madre, ¿eh? – dijo mirándolas con el ceño fruncido pero enseguida explotó en carcajadas. Las niñas respiraron aliviadas. "El tío no es tan malo como parece", le susurró al oído Felicitas a Rosario. Sin embargo, Rosario no estaba muy convencida de ello. No le gustaba para nada ese hombre enorme de bigote rizado. Se parecía al ogro del cuento "Pulgarcito" que se alimentaba de niños. "¡Qué horror!", un escalofrío le recorrió el cuerpo.

– Pedro – Manuel llamó al negro que supervisaba a los demás esclavos, un hombre de mediana edad, alto y corpulento – lleva los baúles al primer piso y acomódalos en la habitación que linda con la de Darío. Es una habitación muy amplia, allí estarán cómodas. Me pareció buena idea que estuvieran las tres juntas. Además el ventanal da al jardín, te gustará Rosaura. Por las mañanas el perfume de los jazmines inunda la estancia – dijo con afecto.

– Manuel, ¿todavía recuerdas cuánto me gusta el perfume de los jazmines? ¡Qué detalle! – se emocionó Rosaura. "Sin dudas aquí estaremos cómodas", consideró dichosa.

– Acomódate y luego charlaremos en la biblioteca. Enseguida te envío una esclava para que las ayude.

– ¿Y tus hijos? – preguntó mirando por encima del hombro de Manuel.

– Rubén está con mi administrador recorriendo los campos que tengo en El Retiro. Allí nos trasladaremos después de Año Nuevo huyendo del calor estival. Cerca del Río de la Plata el clima se vuelve más benigno que en la ciudad. Alejo...no sé dónde se habrá metido. Estará enredado con el indio Lautaro, su compinche , en alguna travesura que seguramente me sacará de quicio. Ese niño es un verdadero castigo. Y Darío, encerrado en su dormitorio. Su enfermedad le impide llevar una vida normal. Darío es mi vergüenza – una sombra de impotencia y rencor enturbió la mirada del hombre.

– Manuel, es muy triste que hables así de Alejo y de Darío. Ellos necesitan de tu cariño, no se lo niegues – le aconsejó abrumada por los sentimientos de su hermano.

– Tú no entiendes – respondió con sequedad.

– Entiendo que esas criaturas necesitan del amor de su padre para crecer felices – dijo con suavidad.

– Perdona Rosaura, pero no te he pedido consejo alguno. Sé muy bien cómo tratar a mis hijos – la hosquedad  de las palabras preocupó a la mujer. "El mismo testarudo de siempre".

A Rosaura le complació el dormitorio: espartano, aireado y luminoso. Los muebles eran de algarrobo: el ropero, la cómoda y tres pequeñas mesitas. En cada una de ellas descansaba un candil de terracota. Colchas coloridas cubrían las tres camas, combinando sus colores con el dorado de las cortinas. Una alfombra mullida se extendía sobre el piso de madera y un espejo con marco de plata repujada, que fue la delicia para la coquetería de las pequeñas damitas, adornaba la pared encalada.

Felicitas y Rosario saltaban sobre las camas cantando una melodía que aprendieron en París:

"Mambrú se fue a la guerra, no sé cuando vendrá.

 Vendrá para la Pascua o por la Trinidad

 La Trinidad se acaba,

 Mambrú no viene más".

Un golpe suave en la puerta las detuvo.

“¿Será el tío?", Rosario entró en pánico.

Felicitas corrió a abrir y se encontró con la cara de terror de Felipa.

– Y vos, ¿quién sos? – le preguntó intrigada. Las niñas, a pesar de tener padres españoles, empleaban el voseo para comunicarse con otras personas.

– Felipa, soy la esclava que el amo manda para que las atienda – contestó a punto de llorar.

– ¡Una esclava blanca! Pero, ¿dónde se vio tal cosa? – se escandalizó Rosaura y la hizo pasar tomándola de la mano.– ¿Cómo es eso de que eres esclava? ¿Cuántos años tienes? ¡Si eres blanca, Virgen Santa! – volvió a protestar Rosaura.

– Mi mamá era esclava y se enamoró de un blanco, entonces nací yo...y tengo diez años – explicó con inocencia y timidez Felipa.

– Preciosa, no temas, nunca te haré daño – le dijo con ternura la mujer, consternada por el destino de esa pobre criatura. 

– Nosotras seremos tus amigas – dictaminó Felicitas y Rosario asintió presurosa.

– Y ahora, manos a la obra. Entre las cuatro ordenaremos la ropa y luego iremos por un rico chocolate caliente.

Las tres niñas aceptaron encantadas, aunque Felipa temió que don Manuel la azotara por confianzuda. El chocolate, el sabroso chocolate de Abelarda estaba prohibido para ella.


 

 Diciembre de 1809

La Navidad, como acontecimiento fundamental del calendario litúrgico cristiano, dio lugar a fiestas populares espontáneas, encendido de fogatas, encuentros familiares y reuniones de vecinos donde se cantaba y brindaba.

La residencia de la familia Gómez Castañón vivió intensamente los preparativos del "nacimiento del Niño Jesús". Hacía tiempo, primero por la enfermedad de Carmen y luego por su muerte, que los festejos quedaron arrumbados en el rincón de la melancolía.

Pero con la llegada de Rosaura y las niñas, la alegría y el entusiasmo brillaron nuevamente y sobre todo en los días anteriores a la Navidad.

La servidumbre se dedicó a dejar la casa impecable y Rosaura junto a Abelarda confeccionaron meticulosamente la cena de Nochebuena que se serviría después de la Misa de Gallo.

Felicitas, Rosario y Felipa, se volvieron inseparables. Alejo estaba furioso, Felipa era su amiga y no tenía intención de compartirla con sus tontas primas. Manuel tampoco estaba feliz con esa inesperada amistad. Felipa estaba para servir, no para compartir juegos.

– Rosaura no estoy de acuerdo con el modo en que tratas a la esclava – encaró crispado a su hermana.

– ¿A quién te refieres querido? – simuló no entender mientras extraía de una gran caja de madera pequeñas estatuillas y las depositaba sobre la mesa del comedor.

– ¡A Felipa, a quién más! – estalló furibundo.

– ¡Por los clavos de Cristo, Manuel! Trata de no alterarte o te dará un síncope – aconsejó con suavidad y sin dejar de sonreír.

– Te lo advierto Rosaura, Felipa es una esclava y debe ser tratada como tal – se acercó a ella y con determinación le tomó la mano que sostenía un pastorcito esmaltado – Detente con ese nacimiento y préstame atención – le ordenó.

– Manuel, ya no soy la niñita estúpida que manejabas a tu antojo. Soy una mujer madura que ha enfrentado profundas tribulaciones de las que tú ni tienes idea. Esto me ha endurecido, me ha fortalecido; así que hermanito mío no te atrevas a levantarme la voz, tampoco a darme órdenes. Si no estás de acuerdo con mi proceder hoy mismo las niñas y yo nos vamos de tu casa – Rosaura le plantó cara exudando dignidad.

– No es para que te pongas así, mujer. Perdona si te agravie, no fue mi intención, sólo que no quiero que esa pequeña se tome atribuciones que no le corresponden. Puede convertirse en un mal ejemplo para los demás esclavos, ya sabes como son…– reculó sorprendido de la actitud firme de su hermana.

– Sí, sé cómo son, personas que sufren y se ilusionan. Personas que buscan ser felices en medio de la miseria...personas como nosotros – lo enfrentó con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de impotencia – Esa niña, Felipa, ha sufrido lo indecible: repudiada por negros y blancos, arrancada de los brazos de su madre y luego, de su abuela; vendida al mejor postor con sólo diez años por esa horrible mujer, esa Aurelia Torres que en paz descanse, una pequeña obligada a realizar tareas pesadas que ni yo podría hacer...Esa niña, Manuel, merece mi respeto y todo mi afecto. Si la has puesto a mi servicio y al servicio de mis hijas, deja que yo decida cómo tratarla. Por favor hermano, concédeme esa gracia – su mirada mansa y su voz aterciopelada terminaron por ablandar al hombre de piedra.

Sin mediar palabra, Manuel con sus manos nudosas le acarició la mejilla, como cuando eran niños luego de una trifulca, dando su consentimiento. Ella lo vio abandonar la sala y sonrió victoriosa.

Felicitas y Rosario entraron corriendo. Venían agitadas y rozagantes del jardín donde improvisaron rondas y jugaron a la rayuela luego de la siesta. Felipa las seguía angustiada y Rosaura enseguida notó el ánimo amargo de la pequeña.

– ¡Mamá! ¡Mamá!, ¿que hacés? – gritaron al unísono alborotando y desordenando la tarea prolija de su madre.

– ¡Niñas!, ¡quietas! Deben tener cuidado con estas estatuillas o las romperán.

– ¿Podemos ayudarte?¿Verdad que sí? – imploró Felicitas uniendo las palmas de sus manos como si estuviera rezando.

Rosario no habló, no era necesario, sus enormes ojos azules lo decían todo, ella también deseaba participar en el armado del pesebre.

– Muy bien, pero deben ser muy cuidadosas. Estas figurillas son delicadas y pueden partirse ante la menor negligencia, ¿de acuerdo? – las apremió.

Las niñas comenzaron a disponer los personajes: pastores, animales, ángeles, San José, la Virgen María. Con sumo cuidado fueron armando una conmovedora escena del nacimiento del "Niño Dios".

Al ver que Felipa permanecía parada aferrada a su muñeca y lejos de la algarabía, Rosaura la llamó con ternura.

– Felipa, ven.¿Qué te sucede? – Rosaura se conmovió al notar las lágrimas que rodaban por el rostro de la niña.

– Nada, ama Rosaura, nada – balbuceó limpiándose la nariz en la manga de su sencillo vestido, tan desteñido que apenas se podía adivinar el color.

– No mientas Pipa, yo sé que le pasa mamá – intervino Felicitas olvidándose del pesebre.

– Nosotras sabemos – se atrevió a intervenir Rosario, siempre temerosa.

Rosaura, sentada en uno de los sillones de la sala con Felipa a su lado, las miró intrigada. Las niñas la rodearon y en forma atropellada comenzaron a parlotear con gran aspaviento.

– Si hablan las dos a la vez no comprendo absolutamente nada. Felicitas, empieza tú _ esas niñas como de costumbre, la estaban enloqueciendo.

– Estábamos divirtiéndonos saltando la soga. ¡Mamá!, no te imaginás lo bien que salta Rosario, ¿verdad Pipa? Con decirte que saltó mucho más tiempo que yo – la carita de Rosario se iluminó por los elogios de su hermana.

– Me alegro, pero no te vayas por las ramas Felicitas – la apuró su madre.

– Claro, claro. Todo es culpa de Alejo – sentenció con un mohín de enojo.

– ¿Alejo? ¿Qué ha hecho Alejo? – exclamó sorprendida. "Si ese niño adora a Felipa", pensó desconcertada.

– Alejo no quiere que Pipa juegue con nosotras. Dice que desde nuestra llegada, ella ya no le hace tanto caso como antes.

– Está celoso – remató con seriedad Rosario.

– Felipa, y tú, ¿qué dices? – se interesó Rosaura.

– Yo...yo...yo quiero mucho a Alejo, pero prefiero estar con Feli y Rosario. Me gusta jugar con ellas más que con Alejo y Lautaro. Ellos son...son brutos y siempre se meten en líos buscando que don Manuel los castigue. Y yo ya no quiero que don Manuel me castigue. La última vez me quitó mi muñeca y por un tiempo largo no la tuve. Alejo la recuperó para mí, él es muy bueno conmigo por eso lo quiero – confesó sonrojándose – Pero es muy, muy travieso.

Rosaura la abrazó y la besó en la frente. "Preciosa mía", murmuró.

– Pipa, contale que le hizo el tío Manuel a Alejo por devolverte a Margarita – Felicitas se refería a la muñeca.

– Le pegó con un rebenque. Le dejó el culo rojo. Eso me contó Alejo – dijo consternada.

Rosario pegó un brinco al escuchar a Felipa y se aferró al cuello de su madre.

– ¡Por los clavos de Cristo! ¡Cuánta violencia! Aunque esté en desacuerdo, no puedo inmiscuirme en la forma de educar de mi hermano a sus hijos. Pero en cuanto a ti Felipa, te aseguro que mi hermano nunca más te castigará, desde hoy estás bajo mi protección – proclamó con convicción.

– ¡Gracias mamita, sos un ángel! -- gritaron las niñas arrojándose sobre la mujer. Entre risas, Rosaura invitó a Felipa a unirse al abrazo que agradecida y desconcertada aceptó emocionada.

 

La Familia Gómez Castañón en pleno asistió a la misa de Gallo que se celebró en la iglesia de San Ignacio. Escucharon con reverencia las palabras del Evangelio de San Juan y con respeto la homilía del padre Agustín. Todos comulgaron bajo la mirada atenta del párroco.

Al finalizar la liturgia regresaron a la casa para dar cuenta de la suculenta cena de Nochebuena. El padre Agustín aceptó gustoso la invitación de Rosaura para participar del festín.

Un grupo de vecinos, amigos de Manuel, pasaron a saludar y asombrados, alabaron el pesebre para orgullo de Rosaura.

Felicitas y Rosario lucían hermosas. En sus vestidos rosas parecían dos exquisitas muñecas de porcelana.

Rubén no apartó su mirada de Felicitas durante toda la noche. Lo atraía su cabello castaño de rizos rebeldes, rebeldes como ella y sus ojos verdes como un vergel.

Sin embargo, Felicitas admiraba a Darío. En las tardes solía visitarlo en su dormitorio y juntos leían los relatos de Charles Perrault en su idioma original. Darío y Felicitas hablaban el francés a la perfección. "Piel de asno" y "Barba Azul", eran sus preferidos. Abelarda gozaba al verlos juntos. "Ella es el sol de mi niño", pensaba agradecida a su "Virgen Morenita" por la alegría del muchacho, siempre solitario y taciturno. Al principio Darío se mostró huraño y antipático, pero finalmente la vivacidad arrolladora de Felicitas lo desarmó y terminó adorándola. Esa noche especial Felicitas lloraba en secreto la ausencia de su primo. Su tío no lo autorizó a compartir la mesa con ellos, debía permanecer como siempre en el dormitorio.

Sentados a la mesa y después de una breve oración a cargo del padre Agustín, comenzaron a deleitarse con las exquisiteces que iban sirviendo Abelarda y Esperanza, una negra más delgada que un junco y algo jorobada.

Rosario ocupó su lugar frente a Rubén. Estaba fascinada, su inocente corazoncito latía con fuerza cada vez que él la miraba. Rubén no la soportaba, le fastidiaba su torpeza y su timidez desmedida. "Esta niña es un incordio, tan distinta a su hermana", pensó antes de chocar su copa de vino con la copa de agua de ella en el momento del brindis.

Alejo comía sin ganas. Ni la excelente carbonada, ni el pato asado con legumbres, ni los pastelitos de membrillo bañados con miel, ni la sabrosa natilla, lograron mejorarle el ánimo. Contuvo una maldición cuando sintió que alguien lo pateaba por debajo de la mesa. Era Felicitas. Le sacó la lengua sin temer ser atrapado por su padre, cosa que no sucedió por estar éste enfrascado en una animada conversación sobre política con el padre Agustín. Ya se percibían aires de cambios en el Río de la Plata.

– ¿Extrañás a Pipa? – le preguntó

– ¡Qué te importa! -- contestó fastidiado mientras engullía de un bocado una cucharada de ambrosía.

– ¡Niños!, en la mesa no deben hablar – les recriminó Manuel interrumpiendo una opinión de Rosaura sobre una supuesta revolución.

Cuando los adultos dejaron de prestarles atención, Felicitas le dijo en voz baja:

– Al término de la cena te espera en en el establo – y luego de guiñarle un ojo continuó saboreando su postre.

La expresión de Alejo cambió en un santiamén. Una amplia sonrisa cruzó su rostro.

– Gracias Felicitas – dijo deponiendo su encono – Pero te recuerdo que sólo yo puedo llamarla Pipa, ¿estamos?

Felicitas asintió con un leve movimiento de cabeza, aunque su sonrisa quedó congelada al notar cómo la observaba Rubén. Una mirada intensa que la molestó.

Rosaura anunció la entrega de regalos, una costumbre arraigada en Europa que ella quiso continuar entre los suyos. Todos se entusiasmaron, menos Alejo que desapareció disimuladamente. Pasó por la despensa, allí lo tenía escondido. Un obsequio especial para una niña especial. Tomó la caja y salió disparado hacia el establo.

Ella lo esperaba sentada sobre una montaña de alfalfa seca. La luz de la luna la recorría impregnándole una serena luminosidad. Felipa, su queridísima amiga.

– ¡Pipa! – la llamó.

Ella lo miró y corrió hacia él.

– ¿Todavía estás enojado conmigo Alejo? Felicitas y Rosario son muy buenas conmigo... son mis amigas... yo nunca tuve amigas…– se atropelló con explicaciones.

– No, no estoy enojado. Ya se me pasó.

– Podemos jugar todos juntos, ¿qué te parece? Doña Rosaura me permite jugar con sus hijas – le aclaró sin necesidad. Alejo odiaba verla con sus primas porque eso significaba menos tiempo con él – Y hasta me regaló este vestido, ¿no es lindo? Nunca soñé con tener uno así.

Felipa comenzó a girar levantando briznas de paja a su paso. El vestido de muselina azul resaltaba el tono alabastrino de su piel y acentuaba el color de sus ojos, tan parecidos a la flor "No me olvides" que la madre de Alejo cultivaba en el jardín antes de enfermar. 

– Estás muy linda – afirmó  sin avergonzarse. En ese momento no estaba Lautaro para burlarse de él. "Aunque varias veces lo atrapé mirando embobado a mi prima Rosarito", especuló con satisfacción.

– Gracias. ¿Qué escondés? – preguntó con curiosidad tratando de descubrir lo que Alejo se empeñaba en ocultar debajo de su camisa.

– Un regalo – contestó con picardía.

– ¿Para mí?, ¡Alejo!, ¿para mí? – repitió conmovida.

El niño extendió los brazos y apareció una caja de cartón pequeña con manchas de aceite. Ella se la arrebató entusiasmada. Al ver el interior, chilló con algarabía.

– ¡Un gatito! Es precioso, gracias Alejo, gracias – y ante la sorpresa del chico le estampó un beso en la mejilla. Alejo quedó turulato.

– E-e-es ma-machito – tartamudeó alelado por la reacción de Felipa.

– Entonces lo voy a llamar Ale, en honor al niño que me lo regaló – determinó radiante mientras estrechaba al gatito color chocolate contra su pecho.

Esa fue la Navidad más feliz que vivieron Felipa y Alejo en mucho tiempo. Momentos borrascosos se avecinaban.



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