FELIPA EN CARNE VIVA -- Capítulo 10

 



Arribaron a la casa de la ciudad poco después del mediodía. Trasladaron a doña Rosaura a su habitación con sumo cuidado. Ella apenas se quejó. Una vez bien arropada en su cama y luego de tomar un caldo de verduras que toleró bien, durmió hasta bien entrada la tarde.

Rosario picoteó algo del guiso de liebre que se esmeró en cocinar Abelarda. Don Manuel estaba de buen humor. Algo inusual en él. Luego de almorzar se encerró en la biblioteca con el pretexto de estudiar algunas escrituras. Felipa comió en el dormitorio de doña Rosaura. Estaba inapetente pero se forzó a comer, debía tener energía para cuidar de Rosaura y Rosario. La puerta se abrió y Felipa pegó un respingo.

-- No te asustes, soy yo -- al ver a Felicitas casi se desmaya del alivio. Por un segundo pensó que era don Manuel.

-- ¡Felicitas!, ¡que alegría verte! -- dejó el plato de guiso sobre la cómoda y fue a su encuentro. Se abrazaron.

-- ¡Ey! Te alegras como si no me hubieras visto por años, ¿pasó algo en mi breve ausencia? -- remarcó con ironía.

-- Nada, nada, sólo que estoy muy preocupada por tu mamá. El médico que la atendió en el Retiro es un inepto, no logro que mejorara. Siento decir esto, pero la veo peor -- dijo con tristeza.

-- No me asustes Pipa. ¿Qué podemos hacer? -- Felicitas se sentó en la cama junto a su madre y la besó en la frente. Rosaura continuó durmiendo -- Al menos no tiene fiebre -- expresó con sosiego.

-- Durante todo el viaje Rosario la refrescó con paños húmedos. La mezcla de agua y vinagre resultó maravillosa para bajarle la fiebre y cuando llegamos le preparé una infusión de canela y miel que ayudó también.

-- Y hablando de Rosario, ¿dónde se metió? Pensé que la encontraría aquí -- se sorprendió Felicitas.

-- Estará descansando. Felicitas, debo contarte algo sobre Rori y Rubén -- al decir esto Felipa bajó aún más la voz.

-- ¡Uy Dios!, ¿que más sucedió? ¿Es que no puedo ausentarme que se cae el cielo cuando lo hago? -- explotó contrariada, ella también tenía problemas.

-- Baja la voz, no quiero que se despierte tu madre. Rubén le pega a Rosario. Debemos detenerlo.

-- ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Te lo contó ella? -- Felicitas comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación restregándose las manos.

-- Ella me dijo que la maltrata pero yo le vi varios moretones en el brazo. Rosario los oculta usando mantillas a pesar del calor. ¿Cómo lo detenemos Felicitas? -- Felipa perseguía a su amiga en su descontrolado caminar.

-- Matándolo -- aseveró con determinación.

-- Pero ¿que dices? Estas loca -- se asustó.

-- ¿Loca? La loca soy yo y ese hijo de puta, ¿qué es entonces? Le pega a mi hermana, a mi hermanita que es un ángel. ¡Maldito bastardo! Yo misma lo voy a matar, alimaña rastrera -- la rabia la asfixiaba y el dolor le comprimía el corazón.

-- ¿Felicitas? ¿Has vuelto? -- la voz frágil de Rosaura detuvo el peligroso diálogo.

-- Sí mamita, acá estoy. ¿Cómo te sentís? -- Felicitas hizo su mayor esfuerzo por calmarse y con una sonrisa luminosa se acercó a su madre.

-- Te noto nerviosa, ¿por qué? -- se inquietó.

-- No estoy nerviosa, un poco angustiada, sólo eso.

-- ¿Por mí?

-- No mamita, por Darío. El médico que consultamos no nos dio esperanza de cura -- Felicitas y Darío dos días antes habían regresado a la ciudad desde el Retiro para entrevistarse con el doctor Miguel O´Gorman recién llegado al país. En París había investigado sobre las causas que provocaban las crisis de Darío pero sin llegar a resultados contundentes. La droga que descubrió estaba en su fase experimental y se negaba a usar a Darío como conejillo de indias. Una desilusión más.

-- No pierdas la esperanza, querida  -- balbuceó. ¿Por qué se sentía tan débil? Sus hijas la necesitaban y ella así...

-- Claro que no mamita. Soy una guerrera como vos -- Felicitas apoyó la cabeza en el pecho de su madre. Escuchar los latidos de su corazón la confortaron.

 

Esa noche, cuando constataron que todos dormían, especialmente Manuel, salieron con sigilo de la casa. La luz de la luna llena guió sus pasos hasta las caballerizas. Allí montaron en tres pingos briosos. Llegaron al camino principal y de ahí a galope tendido se dirigieron hasta el barrio de El Candombe. Filomena las esperaba. Las tres jinetes desmontaron y entraron con rapidez a la choza.


-- ¿Alguien las vio? -- preguntó con avidez la vieja.

-- Nadie, abuela. Todos dormían -- Felipa la abrazo y besó.

-- Felicitas, Rosario, ¡tanto tiempo sin verlas! -- las jóvenes se adelantaron y también ellas besaron a la negra.

-- Doña Filomena, ¿podrá curar a mi mamá? El médico la desahució -- comenzó Felicitas mientras Rosario lloraba.

-- Claro que sí, a doña Rosaura la están envenenando de a poco -- contestó categórica.

-- ¿Qué dice abuela? ¿Envenenando? -- Felipa estaba alelada. Felicitas y Rosario la miraban con ojos desorbitados. Todas se desplomaron sobre unas sillas desvencijadas.

-- ¿Qu...quién la está en..envenenando? -- tartamudeó Felicitas.

-- Tu tío, don Manuel -- expresó categórica.

-- ¿Cómo lo sabe abuela? -- preguntó con sorpresa.

-- Primero se toman este té de tilo que las va a tranquilizar. Es necesario que conversemos con calma -- inmediatamente les sirvió una taza a cada una que lo bebieron en silencio, reflexionando. Hasta Felicitas, siempre arrebatada, no opuso resistencia a la orden de Filomena.

-- Ya nos terminamos la infusión. Ahora díganos como sabe que a mi madre la está envenenando el tío Manuel. ¡Es su hermano, por Dios santo! -- explotó Felicitas.

-- ¡Es un monstruo!... como su hijo -- completó la frase Rosario. Todas las miradas se centraron en ella -- Ustedes me advirtieron sobre Rubén y yo no les hice caso. Doña Filo usted me aconsejó que me olvidara de él y yo, cegada por mi amor, me empeciné en ligar mi vida a la de ese gusano. 

La negra se acercó a ella y la abrazó.

--No todo está dicho, querida. Siempre hay un camino para deshacer lo hecho. Confiá en mí -- Rosario la miró con ojos desorbitados. "Si pudiera ser eso cierto", pensó ilusionada.

-- Sí, doña Filo, siempre voy a confiar en usted. Pero ahora díganos cómo sabe que el tío está envenenado a nuestra madre.

-- Me lo dijeron las cartas y las cartas nunca se equivocan -- y las jóvenes le creyeron.

"Cómo no creerle si gracias a ella Darío sigue vivo", pensó agradecida Felicitas.

"Cómo no creerle si siempre me protegió, primero de los Torres y después de don Manuel", pensó con amor  Felipa.

"Cómo no creerle si ella me advirtió que Rubén nunca me amaría y que su violencia sería la condena por mi necedad", pensó abatida Rosario.

La vieja desapareció tras una cortina de algodón raída y regresó con un mazo de cartas. Se sentó a la mesa junto a ellas y comenzó a barajarlas. Mientras lo hacía comenzó a narrar una leyenda. Las jóvenes no apartaban la vista de los collares de cuentas amarillas y las pulseras de bronce que lucía la negra. Felipa era la primera vez que veía a su abuela con esos adornos.

-- Vagaba el hombre por los dominios de Mukuru, el dios creador, ignorante de su origen divino hasta que se encuentra con un orisha, un espíritu de bondá, que le regala el conocimiento. Tonce debe enfrentarse al placer, al poder y a las falsas creencias. Si elige el buen camino, su espíritu va a poder descubrir los secretos del alma y de esa manera, renacer. Nosotras hoy, nos ponemos tus manos Oshun, generosa diosa de los ríos, diosa de la Vida, y te suplicamos por la vida de doña Rosaura, que tu poder destruya al que le quiere hacer el mal -- luego de la súplica continuó -- Felicitas, por ser la hija mayor, cortá en dos el mazo. Pensá en tu madre.

La muchacha así lo hizo.  Doña Filomena volvió a mezclar y luego le dijo que eligiera tres. Sin darlas vuelta, las colocó sobre el mantel rojo. Cuatro cabezas se inclinaron sobre la mesa redonda iluminada por la magia, atentas todas a la respuesta de Oshun. Doña Filomena las fue dando vuelta una por una.

-- Babalorixá es el hombre virtuoso, pero invertido representa el egoísmo. Es el hombre que corre detrás de sus propios intereses. Hasta es capaz de matar pa´ conseguirlos. Oya, es la diosa del coraje, la guerrera -- dijo señalando la segunda carta -Y por último Oxalá, el padre sabio, el dios protector.

-- ¿Qué dicen esas cartas doña Filo? -- quiso saber Rosario.

-- Cosas güenas y cosas malas -- fue su escueta respuesta.

-- Por favor abuelita, no nos deje en ascuas, díganos su interpretación -- le pidió angustiada Felipa.

-- Ahora, más que nunca, estoy sigura que don Manuel quiere matar a la madre de ustedes. Las mismas cartas me salieron a mí anoche. Y no es casualidá, los orishas han hablado. Babalorixá es el hombre egoísta capaz de matar para conseguir su propósito. Don Manuel necesita algo de doña Rosaura y solamente de muerta se hará realidá. Pero doña Rosaura es Oya, una guerrera de espíritu juerte difícil de matar. Ella va a vencer, lo dice la tercer carta, Oxalá. Oxalá predice el fin de la enfermedá, la victoria.

-- ¿Por qué mi tío quiere matar a nuestra madre? -- preguntó irritada Felicitas.

-- Sacá otra carta -- la joven obedeció con prontitud -- Ajá, Xango. Xango, es la justicia, está relacionado con papeles...documentos de propiedades, ¿puede ser?

-- Sí, sí. Mamá firmó una sociedad con mi tío para la compra de unos campos pero resultó que estaban ocupados por una población indígena. Mi tío entonces, como es amigo de don Juan Manuel de Rosas, le pidió ayuda para expulsarlos. El coronel Rosas tiene un regimiento, "Los Colorados de Monte". Nuestra madre, al enterarse, se opuso. Ella está en contra del derramamiento de sangre. El tío se puso como una fiera pero ella mantuvo su posición -- les contó Felicitas. Su madre no tenía secretos con ella.

-- Así que la única forma que el tío pudiera hacerse con esas tierras sería sacando del medio a mamá y eso sería matándola --concluyó horrorizada Rosario.

-- ¿Los Colorados del Monte? En ese regimiento se incorporó Alejo para luchar contra las fuerzas de Estanislao López. ¿Él está al tanto de los deseos de su padre? -- se alarmó Felipa.

-- No lo creo, Alejo tiene una sola cosa en su cabeza hueca...vos, Felipa. El que sí debe saber es Rubén -- sentenció Felicitas.

-- Últimamente lo pesqué muchas veces conversando en voz baja con su padre y cuando yo aparecía cambiaban inmediatamente de tema -- Rosario estaba desconcertada aunque sabía que Rubén era capaz de todo por dinero. Hasta casarse con ella sin amarla para después tratarla peor que a un perro sarnoso.

-- Doña Filomena, usted dijo que mi tío está envenenando a nuestra madre. ¿Sabe cuál es el veneno? -- la apuró Felicitas.

-- Por los síntomas que me describió la Felipa hace unos días, creo que le está dando arsénico. Siguramente lo está poniendo en el agua de doña Rosaura o quizás en sus comidas. No lo dejen solo con ella y no permitan que le de de beber o comer. Vigilen sus movimientos -- les encomendó la vieja.

-- Ahora les voy a dar un menjunje para quitar del estómago el maldito veneno. Va a vomitar hasta las entrañas, pero eso la va a salvar -- agregó doña Filomena y acto seguido volvió a desaparecer en el cuarto de atrás.

Las jóvenes se miraron anonadadas. Lo que estaba sucediendo superaba cualquier novela de intriga de los folletines literarios que leían a escondidas cuando eran niñas.

Doña Filomena apareció esta vez con una paloma. Sin dudarlo, le retorció el cogote y con un cuchillo la abrió en dos. Segundos después le arrancó el corazón y lo depositó en un mortero de piedra. La sangre la juntó en un frasco. Luego cortó en trozos pequeños el corazón, agregó semillas de girasol y pétalos de geranio, la flor preferida de Oshun. Trituró todos los ingredientes y le agregó una cuchara de miel. Colocó la misteriosa mezcla en un recipiente de gres y lo tapó con un lienzo. Las amigas observaban en silencio, hechizadas por los movimientos certeros de la negra.

-- Esto se lo van a dar a doña Rosaura ni bien regresen. Queda poco tiempo, debemos apurarnos. Como les dije, primero va a vomitar hasta las tripas. No se asusten, tiene que limpiarse. Cuando pasen las arcadas debe tomar mucha agua. Tiene que mear mucho, también pa´ limpiarse. Mañana por la noche va a estar como nueva. Confíen, la voluntad de Oshun es que su madre viva. Y antes de que se vayan quiero que cada una saque una carta del maso.

Felicitas fue la primera.

-- Yemayá, la diosa de la fertilidad. Esta carta anuncia un embarazo -- Felicitas no se sorprendió. Una semana atrás confirmó sus sospechas, esperaba un hijo de Darío.

-- Esto es increíble, las cartas dicen la verdad! -- exclamó convencida. Felipa y Rosario la abrazaron felices.

La negra se quitó una de las pulseras de bronce y se la puso a la joven.

-- El bronce es el metal de Oshun, ella te va a proteger y a tu crío también. Es un amuleto poderoso, no te desprendas de él.

Rosario fue la siguiente. Eligió la carta con temor.

-- Oba, espíritu de la fidelidá. Cerca tuyo hay un hombre que te quiere con sinceridá. Va a arriesgar su vida por vo´ pero todo va a salir bien, no tengás miedo.

"Es Lautaro, lo sé", cantó el corazón de Rosario.

Felipa pensó en Alejo y señaló la carta.

-- La tierra. Esta carta anuncia un viaje que puede ser peligroso, un distanciamiento.

-- Abuela, ¿qué significa eso? ¿Voy a perder a Alejo? -- se desesperó.

-- No lo sé querida, no lo sé. Pero te prometo que voy a rezar por voS a Oshun pa´que los proteja de todo mal.

Felipa abrazó llorando a su abuela. Sus pensamientos volaron hacia Alejo. "¿Dónde estás amor? ¿Te volveré a ver?"

Cuando las jóvenes partieron, doña Filomena cavó un pozo en la huerta, entre el tomillo y la menta. Allí enterró a la paloma. Regó la tumba con la sangre mientras desgranaba una oración a los oshibas, a los espíritus que todo lo ven y todo lo saben.

"Doña Rosaura pronto va a estar bien, sin embargo el diablo está llamando a don Manuel", tarareó mientras su contoneaba al ritmo de una melodía imaginaria.

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