FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 2
"Y, ¿sabes tú, niña mía por qué en tu cuna
ningún hada había?
Porque allí, cerca de ti estaba quién tu nacer bendecía:
la Reina de las Estrellas,
aquella que aroma los cielos y la tierra". Rubén Darío
Buenos Aires 1798
La luna los sorprendió desnudos, amarrados por una pasión ardiente, febril. Los cuerpos sudorosos brillban bajo la luz titilante de una vela de sebo ajenos a la precariedad que los rodeaba. El aroma a heno que inundaba el establo, los excitó.
Un vals erótico, salvaje , bestial, regía cada uno de sus movimientos. Labios unidos, brazos y piernas enlazadas… la mirada encendida.
Lentamente, gozando, la mano viril abrió con delicadeza las piernas. Ella no opuso resistencia, se entregó con urgencia.
El, un aristócrata inglés; ella, una esclava. Ella una de las tantas negras capturadas en el continente africano, unidos por un amor peligroso y prohibido.
Philip Alvey, conde de Lancashire, hombre enigmático y soberbio, cayó derrotado al verla por primera vez.
Andra, se abría paso entre los invitados en la tertulia de don Alfredo Torres, socio comercial de Philip, con movimientos cadenciosos y sensuales. En una mano sostenía un lujoso mate y en la otra, una pava de plata repujada. A todos, damas y caballeros, les servía la dulce infusión con una sonrisa triste y sumisa.
De repente, alguien, un señorito petulante, la empujó con desprecio.
– Este mate está frío – le gritó arrojándola contra Philip.
El cuerpo del conde se tensó al entrar en contacto con la piel morena, tibia y suave. "Huele a vainilla", pensó.
Andra, sin levantar la vista, le pidió perdón por haber caído sobre él y con rapidez abandonó el salón.
Philip, sin pensarlo, la siguió. La detuvo en medio del patio antes de llegar a la cocina. El aroma a azahares lo hechizó.
– Ese estúpido te a hecho daño – le dijo en su incipiente castellano.
– No – apenas pudo responder sorprendida por el interés del caballero.
Ella intentó continuar su camino, pero Philip la detuvo sujetándola de un brazo.
– Wait...espera – se corrigió.
– ¿Qué desea Su Señoría? – Andra se asustó por la insistencia del hombre, supuso lo peor...lo que su amo buscaba de ella todas las noches.
– No temas, sólo deseo saber tu nombre – dijo con cortesía reteniéndola por la cintura.
– Andra – contestó mirándolo a los ojos sin perder la timidez.
En ese preciso instante, Philip quedó prendado de sus ojos oscuros y luminosos como dos ópalos y supo con certeza que en su corazón no habría lugar para otra, sólo para Andra. Ella, asustada, se soltó del abrazo del caballero y temblando, corrió a refugiarse en la cocina.
A partir de esa noche, Philip visitó con mayor asiduidad la casa de su socio prolongando su estancia en Buenos Aires.
– Mi querido Philip, sospecho que no son nuestros negocios de importación y exportación, ni mucho menos mi tediosa conversación lo que lo retiene en esta hermosa provincia. ¿Será acaso una cuestión de polleras? – lo indagó risueño. Bebían un sabroso café en la biblioteca.
– Ha acertado Mr. Torres – contestó encendiendo un cigarro adquirido en La Habana.
– ¡Humm!, delicioso aroma – dijo Torres encendiendo otro y deleitándose de su sabor dulce con una nota de caramelo – Cuénteme, entonces, ¿quién es la hembra que lo tiene a mal traer? – continuó entre bocanada y bocanada.
– Una de sus esclavas – pronunció con desfachatez – Se llama Andra.
Torres, ante la afirmación del inglés, se ahogó con el humo provocándole tos, una tos nerviosa.
– ¿Ha dicho Andra? ¡Imposible! Ella sólo me complace a mí – recalcó perdiendo toda empatía con el conde.
– Se la compró – insistió el otro.
-- De ninguna manera. Desahóguese montando a cualquier negra. Cualquiera menos Andra, ésa es de mi exclusividad, ¿entendió? – el viejo comerciante se alteró hasta ponerse rojo como la grana.
– Calma, Mr. Torres, no se altere, pondré los ojos en otra. Negras, sobran – aseguró palmeándole la espalda.
– Bueno, ahora que nos pusimos de acuerdo en ese asunto, dediquémonos a lo que es realmente importante: nuestros negocios – respondió de malhumor. Andra le pertenecía. Sólo él tenía el derecho de someterla, de saborearla.
Los hombres pasaron toda la tarde cerrando tratos comerciales en los que ambos se beneficiaban. Torres importaba tejidos de algodón siendo Philip su nexo con las fábricas británicas. Luego, la mercadería importada la transportaban en carros al interior del país. La irrupción de productos británicos perjudicaba el comercio nacional, pero esto no tenía relevancia para Torres, quien veía con sumo agrado crecer sus arcas.
Esa noche, al término de una copiosa cena y luego de despedirse de sus anfitriones:Torres, su lánguida esposa y sus dos hijas, adolescentes y pizpiretas,Philip simuló regresar a la casa que alquilaba cerca del Cabildo. Cuando estuvo seguro de que nadie lo seguía regresó a la residencia de su socio. Esta vez entró por los establos. Recompensó el silencio de los dos negros que custodiaban el lugar con unas cuantas monedas de plata. Ellos, agradecidos, le indicaron dónde encontrar a Andra.
Ella estaba en el tercer patio cortando chauchas en la huerta para el almuerzo del día siguiente. Él la abrazó por detrás y le besó el cuello. La muchacha ahogó un grito de temor. Supuso que era su amo.
– No temas, no te haré daño – manifestó haciéndola girar hacia él.
– Señor Conde...¿pa´que me anda necesitando? – Andra, asustada, buscaba con la mirada un lugar hacia donde huir.
– Si te lo digo saldrás corriendo, y eso es lo que menos deseo – rió Philip – Ven, sentémonos bajo aquel sauce – y para confusión de Andra le dijo – Háblame de ti, quiero saber todo de ti, mi muñeca de ébano.
Y así comenzó una relación que con el tiempo fue estrechándose hasta convertirse en amor real.
Philip admiraba la fortaleza y la humildad de esa muchacha que nunca se quejaba de su despiadado destino. Siempre lo recibía dispuesta y con una sonrisa, a pesar del trabajo pesado que debía realizar cada día y de soportar los caprichos de las niñas , el malhumor de su ama y los avances libidinosos de Torres.
Gracias a una treta que le enseñó Philip, Andra consiguió frenar los ataques sexuales del comerciante.
– Andra friega sobre tus piernas esta resina que se extrae de una hiedra venenosa – la animó a seguir el consejo a pesar de su reticencia – Tranquila, no es peligroso. Te provocará un sarpullido que inquietará a Mr. Torres cuando lo note. Te aseguro que te dejará de molestar. Y este frasco contiene aceite esencial de manzanilla, te ayudará a calmar el enrojecimiento y el picor – le dijo estrechándola entre sus brazos al tiempo que la besaba con desesperación. El deseo que sentía por ella era tan grande, no podía controlarlo.
Mientras Philip la acariciaba, Andra pensaba,"soy capaz de hacer cualquier cosa con tal de no tener a ese cerdo entre mis piernas".
La noche siguiente, Torres acudió al encuentro de Andra y al notar las manchas rojizas temió que le contagiara esa extraña enfermedad y dejó de frecuentarla maldiciendo su suerte,
Por mucho tiempo Andra fue solamente de Phillip, amándose siempre a escondidas, hasta esa noche de verano de 1799.
– Andra, amor, hay algo que debes saber.
– ¿Qué cosa amo? – cientos de veces le rogó que no lo llamara de ese modo. "Dime Philip o Felipe, en tu idioma". Pero ella se empecinaba en contradecirlo y continuaba llamándolo amo. Ella sentía que Philip era su amo, su único y verdadero amo.
– Mañana parto hacia Inglaterra – logró decir con el alma hecha trizas.
Andra ya lo intuía. Descubrió el mal augurio en el dolor que escondían los ojos azules de su amado, un azul tormentoso.
– Siempre va estar en mi corazón, amo – le confesó sin poder contener el llanto.
– Andra, mi muñequita de ébano, te prometo que volveré y nunca nos separaremos. Convenceré a Mr. Torres y serás mía. Toma, para que siempre me tengas presente.
De su alforja extrajo una muñeca de trapo, engalanada con sedas y tules – La distancia no podrá separarnos – le prometió besando sus lágrimas.
Ella lo esperó, él nunca regresó.
Lo que Andra nunca llegó a saber fue que Philip enfermó gravemente en alta mar y murió antes de llegar a Inglaterra.
Pasado dos meses de su partida, Andra supo que estaba embarazada. La felicidad del primer momento se truncó por el miedo a la reacción de los amos, sobre todo de Alfredo Torres.
– ¡Preñada! ¡Negra inmunda! ¿De quién es el engendro? – vociferó como un endemoniado.
– ¡Anselmo! – llamó al negro que controlaba a los demás esclavos – ¡Treinta latigazos a esta puta! – sentenció.
Andra padeció cada golpe con entereza. Latigazo tras latigazo nombraba en voz baja a Philip y él le daba la fuerza para soportar aquella agonía.
Torres no la vendió a pesar de los ruegos de su esposa, que vio en el desliz de la esclava la oportunidad de librarse de ella. Su marido la deseaba y ella la odiaba.
Poco le duró el enojo al comerciante que sucumbió al deseo y comenzó a visitar la cama de Andra nuevamente. Ella no volvió a utilizar el urushiol que le provocaba sarpullido. Prefirió tolerar los embates lujuriosos del viejo a hacer daño a la criatura que crecía en su vientre.
Hasta que una soleada mañana de noviembre nació la hija de Andra y Philip.
Lorenza, la negra comadrona, invocó la protección de Ochún, diosa del amor y de la sexualidad, al ver a la pequeña.
"Blanca como la leche y lo´ojo azule como el mar que nos trajo pa´estas tierras", le dijo a la parturienta entregándole la bebita envuelta en una mantilla de algodón basto.
La pequeña se prendió inmediatamente al pecho. Andra sonrió acariciando la suave pelusa oscura de la cabecita.
Alfredo Torres apareció de improviso y al ver a la criatura quedó alelado. "Blanca", pensó con estupor, "¡Maldito conde!".
Se acercó al catre para observar de cerca al fenómeno.
Andra, asustada, le rogó con angustia:
– No me separe de ella amo, hago lo que usté quiera – le suplicó tomándole la mano que él apartó con brusquedad.
– Ya veremos...¿Así que lo que yo quiera? – exclamó regodeándose en los pechos de la muchacha.
Andra afirmó con la cabeza. Sintió náuseas, pero si el precio por permanecer junto a su hijita era yacer con ese cerdo libidinoso, lo haría sin dudarlo.
"Una esclava blanca...excelente, excelente", meditó. Clavó sus ojos porcinos en ella y abandonó el lugar silbando. Torres no separó a la madre de la hija.
Lorenza suspiró con alivio al ver al amo alejarse.
– ¿Qué nombre le vas a poner? – preguntó curiosa.
– Felipa – susurró con ternura mientras besaba la coronilla de la niña.

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