FELIPA EN CARNE VIVA ---- Capítulo 1


 


Una leyenda

Cuando el Sol y la Luna se encontraron por primera vez se enamoraron perdidamente y allí comenzó una gran historia de amor.

Pero Dios decidió que que el Sol iluminaría el día y la Luna, la noche. Por ese motivo deberían vivir separados..

Ambos fueron invadidos por una gran tristeza.

La Luna lloró su pena y el Sol, a pesar de haber ganado el título de "Astro Rey", tampoco fue feliz.

Dios se compadeció de ellos y los mandó llamar.

"Tú, Luna, iluminarás las noches, encantarás a los enamorados y serás protagonista de bellas poesías.

En cuanto a ti, Sol, el más importante de los astros, iluminarás la Tierra durante el día y darás calor a los mortales. Tu presencia provocará bienestar y felicidad".

La Luna se puso más triste aún con ese cruel destino y lloró amargamente. El Sol al verla tan compungida decidió pedirle un favor al Creador.

"Señor, ayuda a la Luna, mi amada, es más débil que yo; no soporta la soledad".

Y Dios, apiadándose, creó las estrellas para hacerle compañía a la Luna.

Hoy ambos viven así...el Sol fingiendo ser feliz y la Luna sin poder disimular su tristeza.

El Sol arde de pasión por ella y ella vive en las tinieblas su pena.

Dicen los que saben que la Luna debería ser siempre llena y luminosa, pero nunca lo logró porque es mujer y las mujeres tienen fases. Cuando por momentos consigue ser feliz, resplandece "llena"; pero cuando la melancolía la invade es "menguante" y ni siquiera es posible apreciar su brillo.

El Sol y la Luna siguen su camino. Él, solitario pero fuerte; ella, en compañía de sus amigas las estrellas, pero frágil.

Sucedió, entonces, que Dios proclamó que ningún amor fuese imposible en este mundo, ni siquiera el del Sol y la Luna...y en ese preciso instante provocó el "eclipse".

Hoy el Sol y la Luna viven esperando con ansias ese momento en que logran unirse.

Cuando el Sol cubre a la Luna es porque se acuesta sobre ella y comienzan a amarse. Ese acto de amor se denomina "Eclipse"

Es importante recordar que el brillo de su éxtasis es tan grande que por eso se aconseja no mirar al cielo en ese momento, ya que los ojos pueden cegarse al ser testigos de tanta pasión.





“Y colgados los brazos de las últimas estrellas de la noche, busco tu nombre en el sueño que se  extingue dentro del aire de la quietud. Y tu aroma de rosas mientras duermo impregna mi alma, un ungüento de suaves caricias disfrazadas… me abarcan y me llevan en delicadas ondas del dolor al gozo".  José Martí


 Estancia "Los Cerrillos", Buenos Aires 1819


La siente sobre él. Su piel de alabastro lo hipnotiza, lo subyuga, lo enloquece.

Con un movimiento artero la pone debajo de su cuerpo famélico de caricias y besos.

"Te adoro", se escucha decir. "Sos tan bella".

La fragancia a rosas de su largo cabello, espeso y oscuro como las sofocantes noches de verano, lo embriaga. Hunde su rostro entre esas hebras fragantes que alteran su pulso.

Sus manos callosas se apoderan de los pechos desnudos de la joven que gime y se retuerce. Pero no se detienen allí, sino que atrevidas se deslizan lentamente hacia zonas secretas y peligrosas que atentan contra su cordura.

Prueba su humedas y es deliciosa. Se sumerge en ella y el mundo estalla.

"¡Seguí, seguí, no te detengas!", la escucha gritar tras un velo de lujuria.

" Así, así, mi amor, más, por favor ...¡más!", ella le reclama y él goza. Está en el paraíso.

De repente, su cuerpo se paraliza. El fuego se convierte en hielo y un frío abrasador lo arrasa.

Ella ya no está, se desintegra ante sus ojos. El miedo lo atenaza, lo quiebra.

"¡Felipa!", aúlla.

El grito desgarrador lo despierta. Otra vez la cruel realidad, otra vez la soledad lastimosa.

Alejo se levanta del catre, cubre su desnudez con un poncho y sale presuroso del rancho. 

" Necesito aire, aire fresco para calmar esta tremenda sed que tengo de vos", piensa desconsolado.

Se sienta sobre un tocón de chañar y mientras su mirada se pierde entre las estrellas, se arma un cigarro de chala, su único vicio.

"¿Dónde estás Pipa? ¡Carajo!, ¿dónde estás?", como un niño desamparado llora bajo la luz de la luna. "Hace meses que te busco sin resultado, esta espera me abruma, me angustia. Te necesito, tu ausencia me hirió de muerte".

En la oscuridad de la noche, entre las sombras de un pasado amenazante, los amantes lloran la separación.

Ella y él...sus cuerpos tan lejos el uno del otro y ¡sin embargo sus almas tan unidas por un amor bendecido por killa, la luna, la diosa que todo lo ve!

"Killa, escuchá mi ruego, devolvémela. Ella es mi aliento, sin ella estoy muerto", la letanía, como sangre derramada, se repite noche tras noche.

Muy lejos de Alejo, Felipa se une al ruego desesperado.

"Killa, escuchá mi súplica, llevame a él. Sin él no existo. Mi cuerpo lo reclama, mi alma lo ansía", llora Felipa, yermo su espíritu.

Y sin saberlo ellos, la astuta luna con hilos de plata teje su pronto encuentro...




"Manos las de mi madre, tan acariciadoras,

 tan de seda, tan bienhechoras.

¡Sólo ellas son las que aman, las que todo prodigan!

¡Las que por alivianarme de dudas y querellas

me sacan las espinas y se las clavan en ellas!".   Alfredo Espinosa



Buenos Aires de 1809



Ese domingo de principios de noviembre amaneció nublado, las oscuras nubes presagiaban una tormenta severa.

Alejo las odiaba, su madre había muerto durante una tormenta. Aquel luctuoso día pudo disimular las lágrimas con las gotas de lluvia que caían sobre su rostro, una lluvia copiosa que acompañó fielmente al cortejo fúnebre en todo el recorrido, unas pocas cuadras, desde su casa hasta la iglesia San Ignacio de Loyola.

Soportó con estoicismo la Misa, no comprendió la homilía del padre Agustín y a pesar de que lo consideraba su amigo, en ese momento lo detestó.

"Debemos aceptar la voluntad de Dios, hermanos. Él es nuestro consuelo...", exhortaba el cura.

"Mi único consuelo era el amor de mi madre y ya no la tengo porque Dios me la quitó", pensó con rabia Alejo. Con sus diez años no aceptaba las decisiones divinas.

"Carmen descansa en paz y es feliz en las mansiones celestiales...", continuaba el cura.

"Mi madre era feliz conmigo y con Darío", rezongó tragándose las lágrimas. No debía llorar. "Los hombres no lloran", le repetía con frecuencia su padre, "sólo los débiles lloran. Un Gomez Castañón nunca llora".

Ya habían pasado dos años desde la muerte de su madre y su dolor permanecía intacto. ¡Cuánto la echaba de menos! Extrañaba su sonrisa, dulce y contagiosa; su optimismo, sus caricias y sus besos.

Su padre, Manuel Gomez Castañón, nunca le demostraba cariño, apenas le dirigía la palabra sólo para dar órdenes. Agrio, duro, inalcanzable. Así lo veía Alejo.

Manuel Gomez Castañón, español de pura cepa, quien venido a menos en su tierra, amasó una fortuna en suelo americano gracias a sus acertados negocios agropecuarios.

Manuel sólo tenía ojos para su hijo mayor, Rubén, su orgullo. Alejo y Darío no existían para él.

Alejo sufría el desamor de su padre y se refugiaba en Darío, que también era menospreciado. Su estigma: la epilepsia.

Si a Alejo Manuel lo consideraba débil por estar tan apegado a su madre, Darío constituía su vergüenza.

No aceptaba que su semen hubiera engendrado semejante aberración. Estaba seguro de que la culpa era de su mujer.

El grito de su padre desde la sala conminándolo a apresurarse, sacó a Alejo de sus cavilaciones.

-- ¡Alejo! ¡Qué diantres haces! ¡Espabílate y baja ya que se hace tarde! A su Excelencia el Obispo no le gustan los retrasos! -- vociferó malhumorado.

-- Voy padre -- se apuró a responder. Terminó de abrocharse el chaleco y bajó deslizándose por la balustrada de cedro de la amplia escalera de mármol.

-- El mismo arrebatado de siempre. ¿Cuándo aprenderás de tu hermano? ¡Míralo!, puntual, correcto, elegante. ¿Y tú? ¡Arréglate ese saco! ¡Mira, tiene una mancha en la solapa! -- lo reprendió.

"¡Maldición!, olvidé limpiar la mancha de chocolate. ¡Este viejo es insoportable!", rumió mientras raspaba con la uña la evidencia de su glotonería.

A paso ligero se dirigieron a la iglesia de San Ignacio. El Obispo Benito Lué y Riega oficiaría una misa en conmemoración del aniversario de la muerte de doña Carmen Castelli.

El interior de la Iglesia, grave y austero, intensificó la melancolía de Alejo. Las palabras frías del Obispo lo enfurecieron. "¡Qué sabrá él de mi madre! Aquí hay mucho boato y poco amor".

De pie, junto a su padre y a Rubén, buscó con la mirada al padre Agustín y lo descubrió saliendo de un confesionario. El sacerdote le guiñó un ojo y siguió su camino hasta perderse en la sacristía.

El padre Agustín más que su confesor, era su confidente. Atrás quedó su enojo con él por la homilía que pronunció en el sepelio de su madre y que en ese momento consideró ajena y distante.

Una vez finalizada la misa, los pocos familiares y los muchos amigos de la familia, se reunieron en el atrio para saludar a Manuel y a sus hijos.

Alejo no soportó las voces cargadas de pena mal disimulada con que trataban de brindarle consuelo.

"¡Falsas! Ninguna de estas viejas arpías vino a visitar a mamá cuando estuvo en cama y menos cuando agonizaba por miedo al contagio".

Carmen enfermó gravemente durante la primavera de 1807. "Tabardillo", fue el diagnóstico del doctor irlandés Redhead, una enfermedad peligrosa que se manifestó en una fiebre con manchas pequeñas como picaduras de pulga.

"Padre nunca se acercó a ella, él también temía contagiarse. ¡Cobarde! Ella en su delirio lo llamaba, pero él permanecía sordo a sus ruegos".

El recuerdo de esos terribles momentos hizo que Alejo huyera del atrio de la iglesia.

Corrió por las calles polvorientas de Buenos Aires sin destino, quería alejarse de tanta hipocresía.

Al llegar a la esquina de la Santìsima Trinidad, se sentó bajo la sombra de un álamo solitario.

De un tirón se quitó el molesto corbatín y se desabrochò los primeros botones de la camisa. Acalorado, se deshizo del chaleco y del saco dejándolos olvidados a un costado sobre la tierra.

Se repantigó contra el tronco grueso y liso del árbol y cerró los ojos. Necesitaba descansar, sobre todo de su padre.

De repente sintió una presencia. Abrió los ojos y la vio. Una niña de unos diez años lo observaba con curiosidad.

Alejo se sorprendió admirando la belleza de aquella criatura. Piel blanca como la leche, cabellos oscuros como el alquitrán que utilizaba la peonada para rellenar las juntas de las baldosas del patio de la estancia y unos ojos...¡qué ojos!, azules como los zafiros del anillo de su madre.

Sin embargo, se sobrepuso enseguida de su embeleso y cortante le preguntó:

-- ¿Qué mirás?, ¡entrometida!

-- Perdón si te molesté. Sólo quería ofrecerte un poco de mazamorra. Mi mamá la vende. Allí está, ¿la ves? -- su voz era prístina, musical.

Alejo se la quedó mirando como hechizado. ¿Qué tenía esa niña? Seguramente el cansancio era el culpable de su fascinación, él odiaba a las niñas. Sus primas siempre lo fastidiaban con juegos absurdos invitándolo a participar. Por supuesto él siempre se negaba. 

-- ¡Fuera!, dejame en paz -- le ladró contrariado.

-- Es que mi mamá hoy casi no vendió y necesitamos la plata, si no nuestro amo la castigará -- le rogó al borde del llanto.

Alejo se extrañó al escucharla y más aún al ver a su madre detrás de un enorme fuentón de mazamorra.

-- ¿Esa es tu madre? -- se extrañó.

-- Sí -- dijo saludándola con una manito.

-- Pero...pero si es una negra -- tartamudeó sorprendido.

-- Será negra, pero es mi mamá -- contestó ofendida.

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