FELIPA EN CARNE VIVA --- Capítulo 3
Buenos Aires, Noviembre de 1809
Alejo regresó a su casa rumiando su encuentro con la misteriosa niña. ¿Una niña blanca, hija de una esclava negra? "Extraño, muy extraño", pensó mientras apuraba el paso, llegaría tarde al almuerzo y su padre volvería a regañarlo. "¡Cuánto te odio padre!", con rabia pateó una piedra que encontró en el camino. Abelarda, la esclava que lo cuidó desde su nacimiento, lo esperaba en la puerta principal.
– Amito Alejo, su padre está furioso. ¿Dónde estaba? -- le dijo con el ceño fruncido.
– Fui a tomar un poco de aire. En la iglesia me ahogaba...mucho incienso – y con picardía le guiñó un ojo.
– Usted me va a sacar canas verdes, amito. Corra, corra, que todos están en la mesa esperándolo – y lo empujó con delicadeza.
Alejo entró silbando, sabía que eso enfurecía a su padre.
– ¡Patán! Al fin apareces – rugió Manuel – ¡Y deja de silbar como un miserable vendedor ambulante!
Alejo, contrito y ocultando una sonrisa de satisfacción por encolerizar a su padre, tomó asiento junto a su hermano Rubén y frente al Obispo Lué.
– Su Excelencia, le reitero mis disculpas por el retraso y por esta lamentable interrupción. ¡Este hijo mío es un incordio, un verdadero dolor de cabeza! – se lamentó mirando de reojo al niño.
– Tranquilo don Manuel. Y a usted, caballerito, lo espero mañana por la tarde en la iglesia para confesarse. Su conducta no me complace en absoluto – lo sermoneó el obispo al tiempo que le temblaba la papada como un flan de dulce de leche.
"Y a mi no me complace confesarme y menos con usted, viejo enclenque", caviló Alejo.
– Allí estaré Su Excelencia. Le prometo ser puntual – respondió con respeto, mientras pensaba: "Vas a esperar sentado porque no voy a ir, cuervo pollerudo".
– Zanjado este problemita y retomando el hilo de nuestra conversación, subrayo mi beneplácito por la decisión del virrey Cisneros de ajusticiar a los insurrectos. Es pecado mortal rebelarse contra el gobierno. ¡Habráse visto semejante actitud! – se escandalizó el clérigo.
– Aplaudo también la prohibición de fijar pasquines en las calles y plazas con leyendas que incentiven los ánimos contra el gobierno. Los revoltosos no dan tregua y es necesario ponerles un freno – agregó el anfitrión.
– Así es. Precisamente ayer estuve de visita en la casa del Virrey y lo felicité por sus disposiciones. Prohibir los juegos de azar en los cafés y pulperías, antros del demonio, es un logro que agrada a Nuestro Señor.
Mientras los adultos discutían sobre política y se deleitaban con un exquisito locro, Alejo se extravió en pensamientos que lo llevaban hacia una niña de ojos azules. "Debo descubrir dónde vive", se propuso.
Al finalizar el almuerzo y antes de refugiarse en su dormitorio, pasó a saludar a Darío. Su padre le tenía prohibido sentarse a la mesa con ellos, la enfermedad de Darío lo alteraba. Por lo tanto, el niño vivía confinado en su habitación. Sólo Alejo y Abelarda le hacían compañía. Lo encontró leyendo Las fábulas de Iriarte.
– No sabés de lo que te salvaste. El obispo Lué es insoportablemente aburrido – exclamó tirándose en la cama junto a su hermano que lo observaba sonriendo.
– Sin embargo, me hubiera gustado participar del almuerzo. Esta soledad es horrible, extraño tanto a mamá. Ella nunca me dejaba solo, en cambio papá...
– Papá es un monstruo, es una mierda, es un hij...
– No sigas Alejo, es nuestro padre y le debemos respeto ¡a pesar de ser un hijo de puta!
Los hermanos estallaron en carcajadas. Darío, delgado y de rasgos suaves, era cuatro años mayor que Alejo y como su hermano menor tenía el cabello del color del maíz maduro. En cambio sus ojos eran azules a diferencia de Alejo que eran grises como un amanecer lluvioso. Alejo era feliz cuando veía reír a Darío ya que eran pocas las veces que lo hacía.
– Yo también extraño a mamá. Estamos muy solos sin ella, ¿verdad?
– ¿Te cuento un secreto? – Darío dejó el libro sobre la mesita de luz y miró fijamente a Alejo – La última vez que hablé con mamá me dijo que siempre confiara en vos y que ella velaría por nosotros tres desde el cielo.
– ¿Por el maldito de Rubén también? – se ofuscó.
– Por Rubén también. Mamá nos quería a los tres por igual – Darío era un hombrecito justo, que su padre y su hermano mayor lo marginaran no era motivo para que los odiara. Todo lo contrario, soñaba con el día en que lo abrazaran con cariño.
Al día siguiente, Alejo se levantó al amanecer. Con sigilo se dirigió a la cocina. Abelarda se sorprendió al verlo.
– Amito, ¿qué hace dispierto tan temprano?
– ¿Dónde está Lautaro, Abe? – preguntó con ansiedad.
– ¿Y se puede saber pa´qué lo quiere? – se interesó presintiendo una nueva travesura.
– Necesito que me ayude – dijo tajante.
– ¿Pa´qué? – insistió Abelarda.
– Cosa mía, no te interesa y dame una taza de ese chocolate que hierve en el fogón – le ordenó evitando la mirada escudriñadora de la negra.
En ese momento apareció bostezando un indio mapuche de unos trece años. Más alto que Alejo, desgarbado, el cabello negro y lustroso, largo hasta los hombros. Lautaro era huérfano. Don Manuel lo encontró mendigando por las calles porteñas y le ofreció trabajar en la caballeriza.
– ¡Lautaro! – se alegró Alejo.
– ¿Te caiste de la cama? – se extrañó
– Me tenés que ayudar. Tenemos que rastrear a una persona – afirmó masticando un pastelito de membrillo.
– ¿Rastriar? ¿Qué trama amito? – Abelarda se santiguó temiendo lo peor. Alejo siempre se metía en problemas que terminaban en una buena zurra. Su padre era inflexible.
_ Abe, no te metas y dejanos planificar en paz...¡y ojito con ir con el chisme a papá! – la amenazó apuntándola con el dedo sucio de dulce.
– Mejor vamos pa´ la tapera Alejo – le aconsejó Lautaro.
– Tenés razón amigo, vamos, pero antes ...¡Abe!, dame una jarra de chocolate y esa fuente de pastelitos.
Y así, bien pertrechados, buscaron la segura soledad de los galpones.
– Bueno Alejo, contame a quién tenemos que encontrar – se interesó el indio – ¡Qué rico está este chocolate! – se relamió gustoso.
– A una niña.
– ¿Una niña? – Lautaro, sorprendido, se atragantó con un trozo de pastelito – ¿Y desde cuándo te interesan las niñas?.
– No seas mamerto, ¡las niñas me importan un comino! – explotó contrariado.
– ¿Lo qué?
– ¡Un comino! Eso dice el atildado de Rubén cuando algo no le interesa – le aclaró muy ufano – En fin, la cosa es que debo encontrarla porque me da curiosidad. Es blanca y su madre es negra, ¿no te parece raro? – dijo abriendo desmesuradamente sus ojos grises.
– No, a lo mejor la madre se acostó con un blanco – reflexionó con seriedad.
– ¡Humm!, claro, ¡eso es! – gritó regocijado por haber resuelto el enigma.
Para Alejo y Lautaro el sexo no era tabú. Solían reunirse al atardecer en las afueras de la ciudad, en una tapera en ruinas y escondida entre unos matorrales para conversar sobre el tema. En realidad Lautaro explicaba y Alejo escuchaba. Lautaro dormía en las caballerizas y todas las noches presenciaba atónito citas clandestinas de amantes apasionados o violaciones del patrón Manuel a sus esclavas, a las que sometía sin piedad. Por supuesto que esto último nunca se lo mencionó a su amigo. Allí también, Alejo enseñaba a leer y escribir a Lautaro a escondidas de su padre.
– Y ahora que lo pienso, creo que conozco a esa niña – dijo rascándose la cabeza.
– ¡Desembuchá, Lautaro!, ¡desembuchá! – se emocionó Alejo.
– Se llama Felipa y vive con su abuela en El Candombe.
– Pero...¿y su madre? El otro día estaba con ella vendiendo mazamorra.
– Su madre en´ tuavía vive en la casa de don Alfredo Torres, ¿te acordás de él?
– Claro, fue socio de mi padre hasta que enfermó y quedó en la ruina. Nunca me gustó ese hombre, siempre que cenaba con nosotros miraba embobado a mi mamá.
– Me contó la Abelarda...
– ¿Abe? Esa negra chismosa está enterada de todo lo que pasa en Buenos Aires – se rió Alejo.
– Me contó la Abelarda entre mate y mate y alguna que otra torta frita – continuó Lautaro irritado por la interrupción – que Andra, así se llama la madre de la Felipa, sigue en lo de Torres porque Doña Aurelia Torres la manda a vender tuitos los días mazamorra. Ella y la cocinera son las únicas esclavas que tienen los miserables porque a los jóvenes los vendieron y a los más viejos los echaron como si jueran perros por no poder mantenerlos. Todos están en El Candombe viviendo en la miseria – concluyó. Sediento por tanto hablar, bebió de un solo trago todo el chocolate de su taza.
– ¡Vamos! – Alejo se levantó de un salto desparramando los tres últimos pastelitos que tenía en su regazo.
– ¿A dónde? – preguntó Lautaro recogiendo los pastelitos y metiéndose uno entero en la boca.
– ¿A donde va a ser? Al barrio El Candombe – afirmó y cuando Alejo tomaba una decisión, nadie lo hacía retroceder.
El barrio "El Candombe" se erigía por detrás de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat. El paraje, a pesar de no ser nada propicio debido a los pajonales, a los montes tupidos y a la gran cantidad de arroyos, no constituyó un impedimento para que los esclavos libertos y algunos indios se establecieran en aquellos lares.
Los negros, conquistados por el color de la Virgen de Montserrat a la que llamaban "La Morenita", se apretujaron construyendo ranchos de barro con techo de paja alrededor del pequeño templo.
En uno de esos ranchos vivía feliz Felipa junto a su abuela Filomena. La extrema pobreza parecía no importar a la niña que esa soleada mañana de noviembre jugaba frente a su casita.
Sentada sobre un tronco hueco acunaba una muñeca de trapo, la misma que Phillip le regaló a su madre años atrás, mientras entonaba una canción de cuna. Su voz era tan dulce como la nana.
"Mi niña se va a dormir
con los ojitos cerrados,
como duermen los jilgueros
encima de los tejados.
La voz de esta niña mía
es la voz que yo que más quiero,
parece de campanita
hecha de mano de platero.
Arroró, la Virgen
Arroró, José
y los angelitos, arroró, también".
Alejo, fascinado, y Lautaro, aburrido, la observaban escondidos detrás de unos matorrales.
Después de dar buena cuenta de la fuente repleta de pastelitos de membrillo, los niños recorrieron las calles porteñas en busca del barrio "El Candombe". No les fue difícil gracias al poder de orientación de Lautaro.
– Por algo soy nieto del gran Chacal, el mejor guerrero rastreador de todos los tiempos – se jactó Laureano.
– ¿Tu abuelo fue un guerrero? – se impresionó Alejo.
– Ajá, tenía ojo e´lince el viejo, rastriaba a los traidores y a los ladrones siguiendo sus güellas. Señales que otros no veían, él las discubría – dijo con orgullo.
Y así, preguntando al vendedor de velas, siguiendo las indicaciones del aguatero y guiados por una mazamorrera y todo ello junto al instinto de Lautaro dieron con el paradero de Felipa.
Unas risitas nerviosas alarmaron a la niña que interrumpió la canción de cuna y buscó con la mirada a los curiosos entrometidos.
– ¿Quién anda por ahí? – preguntó enojada levantándose del tronco y apretando la muñeca contra su pecho.
Silencio.
– ¡Conteste! – insistió mirando hacia todos lados.
– ¡Hola Felipa! – Alejo salió detrás de los matorrales, los pantalones manchados de barro. El indio lo seguía con una sonrisa socarrona."Parece que el Alejo está enamorado".
– ¡Ah, sos vos! – se alegró – ¿Te gustó la mazamorra de mi mamita? – preguntó con una voz aterciopelada que impactó en Alejo.
– S...s...si,si, muy rica – tartamudeó.
Lautaro se desternillaba de risa y Alejo, enfurecido, lo pateó con fuerza en la espinilla haciéndolo trastabillar.
Felipa los miraba atónita.
– No le hagas caso, mi amigo está un poco loco – dijo sacudiéndose el barro de los pantalones.
– Yo estaré loco, pero vos so´un desagradecido. Me voy pa´las casas. Arreglate solo pa´volver – bufó herido por el proceder de Alejo.
– No te vayas – lo detuvo Felipa – Mi abuela acaba de ordeñar la cabra. Los invito a tomar un poco de leche. Está riquísima – lo entusiasmó.
Lautaro cambió de idea inmediatamente, comer era primordial para él. "Me está cayendo bien esta chiquita", pensó relamiéndose de antemano.
Los tres se sentaron en el tronco con un jarro de lata hasta el borde de leche. Esa cabra era el tesoro más preciado de Filomena. Se la había regalado la esposa del oidor Cornelio Álzaga, persona que ejercía la justicia civil y criminal de la ciudad, por haber sanado a su pequeño hijo de un mal estomacal. Filomena era una curandera respetada aunque mantenía su don en secreto. Sólo en ocasiones extremas ofrecía sus servicios y a personas que prometían no revelarlo. En el barrio era muy apreciada, aunque no su hija Andra. La comunidad la repudiaba por haberse entregado a un blanco por voluntad propia.
Hacía varios años que Filomena vivía allí con Felipa, desde que la familia Torres quebró económicamente y echó de sus propiedades a casi todos los esclavos quedando desamparados y en la más absoluta pobreza. Con sacrificio levantó un rancho y gracias a su destreza para la alfarería pudo conseguir los centavos para sobrevivir vendiendo cacharros en la Recova.
– Entonces, ¿cómo se llaman? – quiso saber Felipa.
– Alejo y este mamerto es mi amigo Lautaro – se presentó.
– ¡Eh!, no ofendás – se defendió indignado Lautaro.
– Me alegra que hayan venido, yo no tengo amigos, todos los chicos del barrio me dejan de lado – sus enormes ojos azules se llenaron de lágrimas, hasta Lautaro se conmovió.
– Ahora nosotros somos tus amigos – declaró con decisión Alejo limpiándose el bigote de leche con la manga de su camisa.
– ¿De veras? – sonrió ilusionada.
– De veras – asintió con seriedad Lautaro sorprendiendo a Alejo.
Los pocos niños que vivían en "El Candombe" rehuían a Felipa por ser blanca. No comprendían como una niña blanca podía ser hija de una esclava. La consideraban tabú, un engendro de los espíritus malignos. No la maltrataban físicamente por miedo a Filomena, pero la marginaban y despreciaban.
– Para sellar nuestra amistad haremos un pacto de sangre – anunció con gravedad Alejo.
– ¿Un pacto de sangre? – se asustó Felipa.
– Sí, un juramento por el cual nos comprometemos a cuidarnos y defendernos mutuamente hasta la muerte – agregó con formalidad.
De su bolsillo extrajo una navaja, regalo de su padrino y se hizo un corte en la cara interior de su brazo izquierdo. Enseguida se lo pasó a Lautaro que hizo lo mismo.
Felipa tomó con miedo el cuchillo, indecisa, pero al ver el rostro expectante de sus nuevos amigos se decidió. Gotas de sangre, semejantes a rubíes, asomaron por el corte tiñendo su piel de alabastro.
– Ahora juntemos los brazos para que nuestras sangres se mezclen – ordenó imperioso Lautaro.
– Como hoy se unen nuestras sangres, así estaremos unidos hasta el fin de los tiempos poniendo nuestras vidas al servicio del otro – recitó Alejo con solemnidad remedando un texto que leyó de un libro que pertenecía a su padre y que mantenía oculto en la biblioteca.
Luego de la improvisada ceremonia permanecieron en silencio asimilando el sublime voto que acababan de realizar.
– Muchachos, es hora de que regresen a sus casas – los apremió Filomena preocupada por la presencia de un niño blanco en el barrio de negros.
– Ya nos vamos y gracias por la leche, abuela Filomena – Alejo lo dijo con tanta naturalidad que derritió el corazón de la vieja.
Felipa los acompañó un buen trecho tarareando una alegre canción.
Se despidieron de la niña no sin antes citarse para la tarde siguiente en la tapera abandonada que frecuentaban Alejo y Lautaro, allí donde planificaban las descabelladas aventuras que tanto irritaban a don Manuel y amargaban a la negra Abelarda.
El grato momento se ensombreció con la aparición de Casilda, una negra achuradora. Fabricaba morcilla con intestinos y sangre coagulada de vaca. Su aspecto era nauseabundo. Sobre la cabeza llevaba una cesta cargada de tripas, sebo, patas y cabeza de vacas, despojos abandonados en el matadero que ella traía a su casa para alimentar a sus dos hijos. Miró a Felipa con odio y escupió a sus pies. La niña frenó a Alejo que como un caballero medieval se propuso defender a su dama con arrojo y valentía.
– No vale la pena – sollozó temiendo un enfrentamiento con la achuradora.
– Esta será la última vez que te insulten, te lo juro Felipa – le aseguró Alejo escoltado por Lautaro.
Alejo llegó a su casa con el corazón oprimido. "¿Por qué los mayores son tan crueles?". Su inocencia le impedía comprender la rígida actitud de los adultos.
"Si no fuera por el cariño de su madre y la protección de su abuela, Felipa viviría torturada por sus vecinos, ¡personas imbéciles! Gente parecida a mi padre. ¿Qué le habré hecho para que me odie tanto? Siempre retándome, castigándome...nunca me escucha. Él es el dueño de la razón. ¡Cuánto me gustaría que desapareciera, que se muriera! No, no, ¡que no se muera!, sólo quiero que me quiera...aunque sea un poquito", pensó abatido. Un grito ensordecedor lo sacó de su cavilación.
– ¡Alejo! ¿De dónde vienes? Seguramente has estado vagabundeando en compañía de ese indio zaparrastroso – el reto lo hirió como el restallar de un látigo.
Su padre, con los brazos cruzados y mirada lobuna, lo escrutaba con fijeza desde el ventanal que daba al jardín del primer patio.
Alejo sintió el sabor amargo de las bilis en su boca, sometió las arcadas que lo atacaron provocadas por el miedo. Ese hombre sin sentimientos no conseguiría doblegarlo, él era fuerte y resistiría.
– Estaba en "La Alameda". Leía cerca del río – mintió – Sin Lautaro, él tiene trabajo en las caballerizas – mintió otra vez con descaro acercándose a la figura temible que lo observaba con el ceño fruncido y los brazos en jarra.
– Seguramente poesía. ¡Lectura de bujarrón! – rió despectivo.
– ¡No soy ningún maricón, padre! – indignado, se abalanzó sobre el vientre abultado del hombre golpeándolo con la cabeza.
– ¡Niño malcriado! ¿Cómo te atreves a enfrentarme? Te daré una buena zurra – explotó ante el sorpresivo ataque de Alejo.
Manuel lo tomó del cuello de la camisa y lo arrastró por el comedor hasta un aparador de madera repujada. Con rabia extrajo un rebenque que guardaba para corregir a sus hijos. "A golpes se hacen los hombres", era el refrán favorito de su padre y lo seguía a pie juntillas.
Se sentó en uno de los suntuosos sillones de la sala y colocó al niño sobre sus rodillas. De un manotazo le dejó el culo al aire y lo castigó golpeándolo con brutalidad cinco veces.
Alejo no lloró, no gritó. Se mordió los labios hasta saborear su sangre.
"Viejo de mierda, te odio", repetía para sí cada vez que el rebenque lastimaba su trasero.
– Mocoso rebelde, ya verás como te doblego – juraba el padre con cada golpe.
Abelarda estaba en el dormitorio de Darío sirviendo el almuerzo, locro de gallina, cuando escuchó el escándalo proveniente de la sala.
– Presiento que Alejo se metió otra vez en problemas. Este niño nunca escarmienta – suspiró intranquila la negra.
– Escucho el chasquido del rebenque. ¡Pobre hermanito! – susurró Darío atemorizado. Todavía estaba fresco en su memoria el recuerdo de esas caricias de fuego cuando apenas contaba tres años, aunque fueron pocas gracias a la irrupción de su madre.
– ¡Estás loco Manuel! ¿Por qué lo golpeas? El mal que aqueja al niño no se cura con un rebenque – le había reclamado enfurecida quitándole de un tirón el rebenque.
– Siempre lo apañas, mujer. Nunca llegará a ser el orgullo de los Gómez Castañón, linaje de hombres duros, sin estigmas vergonzosos. Sólo Rubén es mi esperanza – rezongó sudando ira.
– Lo importante es que llegue a ser un hombre honorable, ¿algún día lo comprenderás, querido? – y con dulzura le acarició la mejilla barbuda suavizando la tensión del momento. Darío los observaba en silencio oculto detrás de la pollera vaporosa de su madre.
Manuel tomó la delicada mano y se la llevó a los labios. Él la amaba, pero no aceptaba la forma en que educaba a sus hijos: mucha poesía, mucha religión, mucha música...¡no!, sus hijos necesitaban rigor.
Ahí estaba Rubén, su primogénito. "Él sí es de buena madera, un verdadero Gómez Castañón", pensó mientras veía alejarse a su mujer llevando en brazos a Darío. "No permitiré que tu delicadeza lo arruine", se prometió.
Rubén nunca probó el cuero del rebenque. Astuto y artero, de pequeño supo ganarse el cariño del padre mostrándose inflexible y despiadado con los esclavos y hasta con sus propios hermanos.
"Así es como se comporta un Gómez Castañón, con autoridad y soberbia", se enorgullecía y Carmen, la madre, ahogaba el llanto ante la perversidad del niño.
– Abe, ayudalo, por favor – le rogó Darío despertando de sus recuerdos. La negra abrió apenas la puerta y espió con cautela. El dormitorio de Darío quedaba en el primer piso, de modo que Abelarda poco podía atisbar, sólo escuchaba los gritos del amo y eso bastaba para hacerla temblar.
– Ta´bien amito, ahora mesmo abajo y que la Virgen me proteja – y se santiguó tres veces seguidas.
Bajó la escalera de forma atropellada. En el último escalón se tropezó y rodó por el suelo golpeándose las rodillas y los codos.
– ¡Negra estúpida!-- vociferó Manuel – ¡Qué coño haces! – dijo interrumpiendo los azotes. Alejo aprovechó la distracción y corrió a refugiarse en la cocina emplazada en el tercer patio.
– ¡Ay, amo! casi me rompo el alma – se quejó mientras se ponía de pie con dificultad – Es que me apuraba pa´servirle el almuerzo – se le ocurrió de improviso, más tranquila al darse cuenta que Alejo había huído.
– Entonces no te quedes ahí parada como una burra sin su zanahoria y sirve el almuerzo de una vez por todas. Quita un plato de la mesa, Alejo está castigado. Hoy no almuerza ni cena, ¿has entendido? – gruñó buscando con la vista al sabandija. "El granuja ha desaparecido", bufó.
– S-s-si.si amo, como su señoría ordene – Abelarda contestó y desapareció más rápido que un rayo en la tormenta.
– Más te vale obedecer negra holgazana, sino, te moleré a palos – los rugidos amenazantes llegaron hasta el tercer patio. Abelarda ocultando una sonrisa rebelde, pensó, "así me despelleje, viejo e´mierda, mi Alejo no va a pasar hambre".
Entró muy oronda en la cocina, arreglándose el pañuelo colorado que se anudaba en la cabeza para mantener a raya su pelo crespo.
– ¡Adela! – llamó a una negrita de unos trece años, atrevida y desenvuelta – Con cuidado llevá la olla del locro y serví a los amos. Están esperando, ¡apurate! ¿Y ahora qué mirás? – Abelarda siguió la mirada de la chica y descubrió a Alejo escondido en el cajón de las papas.
– ¡Alejo!, salí de ahí y vo´, mové las tabas que te están esperando, ¡carajo! Y ojito con contar que el Alejo está acá, sino te vua a colgar de las trenzas en aquel urunday – se desquitó con Adela señalando el árbol que crecía solitario en el centro del patio junto al aljibe.
La negrita, con paso rápido y cara de susto, se escurrió de la cocina cargando la enorme olla humeante.
– Gracias Abe, sos tan buena como mi mamá – Alejo la abrazó y le estampó dos besos en la mejilla regordeta.
– ¡Soltá, soltá! – dijo emocionada – Y ahora, comé. El locro está pa´chuparse los dedos. Y en dispué se me come un tazón llenito de arroz con leche y canela.
Alejo se encaramó a un banco que la negra empujó hacia la sólida mesa de quebracho donde picaba la verdura, trozaba la carne de vaca y amasaba el pan.
– ¡Coma despacio m´hijo, no sea angurriento! – lo amonestó sonriendo.
– Es que está riquísimo, Abe – respondió chupándose los dedos.
Un mohín de satisfacción iluminó el rostro redondo y lustroso de la negra."Mi niño lindo, ¡cuánto te quiero!".
– Y contame grandísimo sinvergüenza, por dónde andabas – le preguntó de forma distraída mientras exprimía una naranja.
– Por el "El Candombe” – dijo con la boca llena de garbanzos y porotos.
– ¿¡Cómo!? – se alarmó la mujer – Ese lugar es muy peligroso pa´un niño blanco.
– Tranquila Abe, no fui solo, me acompañó Lautaro – trató de calmarla.
– ¡Qué gran compañía! ¡El Lautaro! Ese indio malparido me va a escuchar. Alejo, los negros de ese barrio son muy peligrosos...
– Es que ahí vive una amiga mía – le explicó mientras se deleitaba con el jugo de naranjas que le sirvió Abelarda.
– ¿Qué amiga? – se preocupó. Abelarda salía de un susto y se atragantaba con otro.
– Felipa, una niña blanca que vive con su abuela Filomena. La conocí hace unos días en La Recova. Su mamá vendía mazamorra y ella me pidió que le comprara – explicó con lujo de detalle.
– La hija de la Andra – dijo en un suspiro.
– Sí, así se llama la madre, ¿la conocés? – se interesó.
– Es esclava de los Torres. Muchas veces me la encuentro en la feria que está cerca del puerto. ¡Pobrecita! – meneó la cabeza con pena.
– ¿Por? – receló Alejo.
– Me contaron las comadres que la esposa de Torres, todas las noches, la muele a latigazos, ¡la gran perra!
– Pero, ¿por qué hace eso? ¿Se quiso escapar? – Alejo estaba desconcertado
– ¡Nooo! Lo hace por entretenimiento. La señora se divierte castigándola. Por suerte la pequeña está con su abuela sino... – Abelarda calló por temor a asustar al niño
Doña Aurelia Torres odiaba a Andra. Desde que la compraron su marido abandonó la cama matrimonial para perderse por las noches en los galpones donde dormían los negros...donde dormía Andra. También odiaba a Felipa, fruto de un amor prohibido, amor que ella nunca conoció. Antes de enfermar su marido comprobó como el muy infiel pasaba las tardes viendo jugar a la niña a los pies de su madre. Aurelia, con asco, comprendió que el hombre deseaba a Felipa.
– Esa mujer es peor que papá – Manuel recurría al látigo sólo cuando se lo desobedecía.
"Felipa me necesita, no permitiré que esa bruja le haga daño, yo la voy a proteger", se propuso Alejo.
Antes del canto del gallo, Alejo estaba despierto y preparado para la gran aventura que había planeado durante la noche. Le había costado conciliar el sueño, pelearse con su padre siempre le causaba insomnio.
Buscó en el ropero las prendas que usaba para sus escapadas, un pantalón remendado en las rodillas y una camisa marrón de tela basta. Revolvió en el cajón de sus tesoros que escondía debajo de la cama, extrajo la gomera y unas cuantas canicas de barro cocido. Se calzó con unas sandalias de cuero de caballo. Un sombrero de paja de ala ancha serviría para protegerse del sol de fines de noviembre.
Bajó con sigilo y espió a través de la puerta de la cocina. Abelarda tomaba mate cerca del fogón donde en una sartén tiznada freía unos buñuelos de manzana. Sobre la mesa, una fuente repleta de tortas fritas despertaron su apetito.
"No debe verme sino va a empezar a sermonearme", pensó con fastidio.
"¿Qué hago para deshacerme de Abe?...¡Ya sé!", chasqueó entusiasmado los dedos.
Como la negra estaba de espaldas a él, Alejo aprovechó para escabullirse por la puerta que comunicaba a la cocina con la despensa. Allí buscó las trampas para ratones, él era el encargado de instalarlas, pequeñas jaulas con trozos de queso que encarcelaban vivos a los roedores golosos.
"¡Eureka!", se alegró al hallar dos trampas con inquilinos. Con cuidado sacó los ratones y los puso dentro de una bolsa de arpillera que encontró en una de las estanterías. Volvió a espiar a Abelarda por la rendija de la puerta de la despensa. Cuando la mujer se agachó para agregar más leña al fuego, Alejo aprovechó para dejar en libertad a sus amiguitos que corrieron directamente hacia ella.
Uno de ellos se prendió de la pollera colorida de Abelarda y el otro se encaramó a la mesa zambulléndose dentro de la mezcla de los buñuelos.
–¡Madre santa!¡Ratones! – aulló asustada – ¡Juera, juera maldito, juera! ¡Ay por Dios, que ajco!-- con la cuchara de madera y a los saltos trataba en vano de quitarse de encima al roedor.
Cuando por fin lo logró, lo persiguió por toda la cocina con una escoba. El fugitivo logró escapar hacia el jardín y fue entonces cuando descubrió al segundo entrometido nadando en la mezcla de los buñuelos.
– ¡Ahijuna!, ¿por qué me pasa esto a mí? ¡Qué ajco! – tomó el fuentón de cobre y con aversión arrojó su contenido entre los helechos del patio.
Alejo, que la observaba desde su escondite, se desternillaba de risa. Ni bien la negra abandonó la cocina, llenó su alforja de tortas fritas, algunas naranjas, unas cuantas manzanas rojas y un puñado de alfeñiques, caramelos de azúcar en forma de nudo. Antes de que Abelarda regresara, Alejo ya estaba en la caballeriza despertando a Lautaro.
– ¿Alejo?, ¿qué mierda querés tan temprano? – rezongó al tiempo que bostezaba.
– Vamos a buscar a Felipa y del Candombe nos vamos al "Hueco de las cabecitas".
– ¡Con Felipa! Estas loco Alejo. ¿Cómo se te ocurre ir a ese lugar con una niña? – se asombró entre enfadado e intrigado.
– ¿Qué tiene de malo? ¡Vamos, será una aventura inolvidable! – lo alentó con entusiasmo.
– Si,si, inolvidable _–ironizó mientras se desperazaba.
– Salgamos rápido antes que se levante mi padre y que Abelarda note mi ausencia.
– Antes tengo que comer, si no como no pienso, si no pienso no camino, si no camino....
– ¡Basta ya! Le robé un montón de comida a Abe – agitó satisfecho su alforja en las narices del indio – Comeremos en el camino – lo apuró con fastidio.
– Por tu culpa, un día de estos don Manuel me va a cortar el cogote. No puedo desaparecer siempre Alejo, tengo trabajo que hacer.
– Dejá de quejarte como una niñita tonta – le recriminó.
– Al nieto del Chacal naides lo llama niñita tonta – se empacó.
– Entonces, si sos tan macho no le vas a tener miedo a unos cuantos latigazos – dijo con suspicacia tentando a Lautaro con una enorme torta frita que agitaba delante de su nariz.
– ¡Claro que no! Pero uno tiene sus responsabilidades… – y de un manotazo se adueñó de la torta frita.
– ¿Responsabilidades?, ¿vos? No me hagas reír. Sos más haragán que el viejo Vizcacha – Alejo se refería al mensajero de su padre, hombre escuálido adicto a la ginebra, pero leal hasta la muerte. Virtud apreciada por Manuel y por la que le perdonaba sus continuas borracheras.
Eran alrededor de las ocho de la mañana cuando avistaron la casa de Felipa.
Golpearon la puerta soportando las miradas curiosas de los negros que pasaban por la zona.
Filomena se sorprendió al verlos.
– ¿No les parece muy temprano para andar molestando? – se despachó con voz agria.
– No se enoje abuela Filo – la llamó confianzudamente Alejo – Con Lautaro venimos a invitar a dar un paseo a Felipa...con su permiso, claro – dijo en tono lisonjero.
– ¿Un paseo? Y, ¿por dónde? – se inquietó.
– Por acá cerca no má. La Felipa nos contó que se aburre sin amigos pa´jugar – intervino Lautaro
– Sea buenita, dele permiso, nosotros la cuidamos – le suplicó zalamero.
– Muy bien, pero ojito con meterse en problemas – los chicos negaron con la cabeza tratando de parecer lo más convincente posible.
Felipa saltó de alegría al verlos.
"¡Qué bonita es!", pensó Alejo cuando la niña se asomó por la puerta. Llevaba un vestido azul con lunares blancos bastante gastado, pero muy limpio. El cabello le caía suelto hasta la cintura; una cinta a modo de vincha, enmarcaba su bello rostro. Llevaba abrazada contra el pecho su adorada muñeca.
Nuevamente en camino y luego de saludar agitando el brazo por tercera vez a su abuela que permanecía como una estaca en la entrada de la casita, Felipa preguntó emocionada:
– ¿A dónde vamos?
– A un lugar mágico.
Lautaro frunció el ceño al escuchar la respuesta de Alejo. "¿Mágico, ese lugar lleno de pulperías y burdeles? Este Alejo es un abombado".
Había poco de bucólico en el paraje al que se dirigían animados. Allí estaban los corrales y el matadero donde se faenaban ovejas y carneros. El entorno no era lujoso: reñideros de gallo, pulperías y casa de juego. Era una zona de cuchilleros.
Aquel lugar se denominaba "Hueco de las cabecitas" porque las carretas lo elegían para descargar las cabezas de los animales. Una hondonada poco agradable de transitar.
– Me contó el viejo Vizcacha que acá se trenzaron en un duelo el negro Segismundo con el mulato Gamboa. Se enfrentaron con estacas con punta de fierro – Lautaro se dio aires con la información. Alejo y Felipa lo escuchaban asombrados.
– ¿Y por qué se pelearon? – preguntó con interés Felipa.
– Por los amores de una morena. Segismundo mató al mulato pero no pudo disfrutar de la mujer porque tuvo que escuenderse para no terminar jusilado.
– Bueno, bueno, se acabaron los duelos es hora de divertirnos. Vamos para la hondonada, les apuesto que ninguno de ustedes tiene mejor puntería que yo – los desafió Alejo.
Felipa y Lautaro lo siguieron hasta el borde de la hondonada. Alejo cargó la gomera con una canica de barro cocido y apuntó contra una de las tantas cabezas de vaca pútridas que se arracimaban en el pozo dando siempre en el objetivo. Cada vez que lo hacía gritaba jubiloso.
– Algún día seré soldado y ganaré batallas – le confesó a sus amigos.
– Y yo voy a vivir con mi tribu, los ranculches, y seré un gran rastreador, orgullo de mis ancestros – manifestó exaltado Lautaro.
– Y yo...yo sólo quiero ser libre algún día – expresó con pesar Felipa.
– Pero si ya sos libre, ¿no vivís con tu abuela lejos de la familia Torres? – le preguntó extrañado Alejo.
– Vivo con mi abuela hasta que doña Aurelia Torres cambie de parecer. Yo, como mi mamá, le pertenecemos. Amenaza a mi mamá con llevarme de nuevo a la casa si no vende mucha mazamorra y si no cumple con todas las tareas que le ordena. ¡Pobre mi mamita!, está tan cansada... – las lágrimas comenzaron a correr como pequeños arroyuelos por sus mejillas rosadas.
Alejo tiró la gomera y la abrazó. Lautaro hervía de furia, él sabía muy bien lo que significaba vivir sometido a otro.
– Te prometo que yo voy a comprar tu libertad cuando sea grande, pequeña Killa – le prometió con decisión Alejo.
– ¿Por qué me llamás así? – Alejo sonrió al ver desconcierto en esos enormes ojos azules.
– En quechua, killa significa "Luna". Vos te pareces a la luna, tan blanca...tan luminosa.
Lautaro carraspeó. ¿Qué le sucedía a su amigo? Mejor volver a la diversión.
– Vayamos a la riña de gallos. Conozco un lugar por donde podemos colarnos – propuso.
– Buena idea, pero antes comamos, me muero de hambre, ¿y ustedes? – propuso Alejo.
Lautaro aplaudió la moción devorando con fruición toda la fruta y las tortas fritas. Felipa y Alejo se conformaron con los alfeñiques.
Festejaron la victoria de un gallo que dejó inhabilitado a su oponente y abuchearon a otro "con poca casta" que huyó herido de la pelea.
Al atardecer regresaron a "El Candombe". Dejaron sana y salva a Felipa junto a su abuela Filomena y ellos reemprendieron la marcha hacia la ciudad.
– Alejo, estoy cagado en las patas. Don Manuel hoy me mata – tembló el indio.
– No jodas Lautaro, seguro que el viejo ni se dio cuenta que faltabas...espero que a mí tampoco me haya extrañado – deseó de todo corazón.
Felizmente el deseo de Alejo se cumplió.
Lautaro se quedó en la caballeriza cepillando a Trueno, el caballo de Rubén y Alejo entró por la cocina que estaba desierta.
En la sala escuchó voces, aguzó el oído reconociendo la voz portentosa de su padre.
– ¿Está segura que quiere venderme a la niña blanca, doña Aurelia?

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